Barenboim cumple en Ramala el sueño de Said

JUAN CIERCO CORRESPONSAL
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Ramala se convertirá hoy en un escenario histórico, testigo del diálogo (musical) entre judíos y palestinos. Barenboim dirigirá a la orquesta West Eastern Divan en el concierto «Libertad para Palestina»

No es hoy un día cualquiera para Daniel Barenboim. No es, el de esta tarde en Ramala, un concierto más que dirigir. No es una cita musical de alto calado ante un público entendido, exigente, megalómano. No. Es algo mucho más importante. Para el maestro. Para su auditorio del Palacio Cultural de la capital administrativa de la Cisjordania ocupada.

Para el maestro, para su auditorio habrá mucho de todo esto cuando la Orquesta West Eastern Divan, formada por músicos israelíes, libaneses, sirios, jordanos, egipcios y andaluces, entre ellos tres palestinos, arranque con Beethoven, interprete a Mozart en un concierto que lleva por nombre «Libertad para Palestina».

De recuerdo. Minutos antes de salir al escenario, en un rincón de su camerino acondicionado para la ocasión, Barenboim pedirá quedarse a solas. Cerrará los ojos. Su rostro dibujará una tímida sonrisa de complicidad. En realidad, no estará solo. La figura nada difuminada del escritor palestino, Edward Said, impulsor junto al pianista judío del proyecto radicado actualmente en Sevilla, estará con él. «Tenemos que llevar la orquesta a Palestina», se dijeron poco después de recibir juntos el premio Príncipe de Asturias de la Concordia de 2002. «Lo hemos conseguido, amigo», le dirá poco antes de tomar la batuta.

De emoción. Por lo que significa traer a músicos sirios, egipcios, jordanos y libaneses a esa Palestina que no existe todavía pero sufre cada día. Han llegado gracias a la concesión por parte del Gobierno español (que esta tarde estará representado en Ramala por el secretario de Estado de Asuntos Exteriores, Bernadino León) de pasaportes diplomáticos . Por lo que supone que intérpretes israelíes den lo mejor de sí mismos ante un público palestino. Por el poso que puede dejar entre aquellos jóvenes que, como fue el caso del viola Ramzi Abu Redwan, otro candidato palestino a incorporarse muy en breve a la orquesta, optan por aparcar las piedras, por ignorar las bombas, para acariciar un piano, dialogar con una guitarra, coquetear con un violín.

Contra la violencia desbocada

De solidaridad. Así lo expresó Barenboim ayer en la rueda de Prensa celebrada en la reformada «Muqata» de Ramala, cuartel general que lo fue de Yaser Arafat durante el asedio israelí hace tres años, que lo es de Mahmud Abbas. Solidaridad hacia un pueblo, el palestino, que tiene el derecho, como cualquier otro, de disfrutar de su libertad, en igualdad, en justicia, en paz. De esperanza. Con un nubarrón negro hoy menos que ayer tras la histórica evacuación israelí, casi completada ya, de la Franja de Gaza. En un futuro digno, sin humillaciones gratuitas, sin muros (que ayer visitó tras la rueda de prensa Barenboim), con puentes, sin violencia ni sinrazón.

De tolerancia. Los palestinos e israelíes deben vivir juntos, codo con codo, aprovechando lo bueno, que es mucho, de ambos pueblos. Con intercambios culturales, económicos, sociales, científicos, comerciales y, por supuesto, musicales. Palabras del maestro en Ramala, palabras que faltan sobre un terreno donde los únicos avances positivos proceden de discutibles y poco provechosas decisiones unilaterales.

De compromiso. Con un proyecto que le debe mucho a la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo, a la Junta de Andalucía, a la implicación de consulados y diplomáticos españoles, alemanes; a hombres de bien, árabes e israelíes, dispuestos a poner toda la carne de su sabiduría, capacidad, influencia en el asador de Oriente Próximo.

De respeto. A una trayectoria, a una decisión tomada en su día contra el viento de la cerrazón y la marea de la violencia desbocada. Aquí estuvo Barenboim, solo o en compañía de otros, en 2002, el peor año de la Segunda Intifada. Cuando no pudo tocar en marzo en la anticuada escuela del «Friends Boys», pero vino para decirlo. Cuando regresó, tal y como había prometido pese a las prohibiciones hebreas, pese a las amenazas de ver su nacionalidad israelí revocada por pisar territorio comanche, para interpretar al piano, en septiembre, la sonata del «Claro de Luna» de Beethoven. Cuando volvió un año después, al mismo sitio, bajo condiciones igual de duras, para ofrecer un recital, siempre con Bethoven como protagonista, en el que participó su hijo en el último minuto con su violín.

De música. Sobre todo, de música. Notas que vuelan altas, que suenan libres, como alto quieren volar los habitantes de Ramala, de Cisjordania, de Gaza; como libres quieren sentirse los palestinos por encima de esos muros por cuyas grietas escapa Beethoven, asoma Mozart; de esas vallas en cuyos recodos se apoya un violín, descansa un piano, pasea un arpa y los instrumentos de viento observan en silencio a los de percusión.

Se trata de todo esto. De recuerdo. De emoción. De solidaridad. De concordia, como el premio asturiano. De esperanza. De tolerancia. De compromiso. De respeto. Y de música, sobre todo de música.

Y Barenboim a solas, en su camerino acondicionado para la ocasión, minutos antes de salir al escenario de Ramala con su orquesta West Eastern Diván, con sus intérpretes israelíes, sirios, jordanos, egipcios y libaneses, todos con pasaporte diplomático español, se lo dirá con los ojos cerrados, con una leve y tímida sonrisa esbozada en su rostro, en voz baja pero orgullosa, a su amigo del alma quebrada, Edward Said.