Armand Basi y Antonio Miró dan en el blanco en

DOLORS MASSOT
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PARÍS. Recordarán muchos de ustedes la imagen en blanco y negro de Salvador Dalí y Federico García Lorca paseando por las rocas de Cadaqués. Pues el sábado, su pelo, su piel tostada mediterránea y su desenfado irrumpieron en la pasarela de París de la mano de Armand Basi. La colección del diseñador catalán Lluís Juste de Nin es un homenaje a la Barcelona de las vanguardias de comienzos de siglo XX, que sigue a la evocación del Modernismo que presentó hace seis meses. De ahí que, antes de que nos inunde la locura daliniana en 2004 con el centenario del nacimiento del artista, el blanco de paredes encaladas y de casas de pescadores comparte protagonismo con otros grandes nombres e ideas de aquel momento. Es la hora del homenaje al cartelismo y a la expresividad de colores puros, rotundos y llamativos a la retina, como son el rojo y el amarillo, combinados siempre con blanco o con negro pero nunca entre sí (la moda no lleva banderas sino ideas).

Los croquis para el Pabellón de la Exposición Universal del 29, de Mies van der Rohe, construyen nuevas geometrías sobre las camisetas. Las anotaciones de cuadernos de dibujo se encaraman por los tejidos de algodón, mientras que aquellas letras que recordamos grabadas sobre algún saco rústico de café o de azúcar, ahora se convierten en emblema de Armand Basi, con un BACAN leído de derecha a izquierda por aquello del regreso al siglo pasado. Es, al mismo tiempo, un pretendido recuerdo al «Gatcpac», el grupo estético liderado por arquitectos y críticos que dieron un paso más en la hoy llamada Barcelona del diseño. Armand Basi extrae para el hombre de la próxima primavera los detalles más internacionales de aquella corriente y, cómo, no, las conexiones con París llegan a mares: sin ir más lejos, Joan Miró en el uso de los colores puros y en la forma de la cruz que más tarde Tàpies hace suya. Las formas sirven básicamente a tres conceptos: flexibilidad, comodidad y naturalidad. Pantalones cargo con grandes bolsillos y cremalleras a la vista. Los zapatos, de piel extremadamente flexible. Las camisas, con algún juego de superposición de camiseta corta sobre manga larga en una sola prenda. Las chaquetas, de algodón resinado que les permite mayor resistencia. Prima la naturalidad, sí, pero estudiada y con singularidades como la de elaborar una serie de camisetas numeradas con grafismo distinto en cada una de ellas. Un peldaño más en la voluntad de desdibujar la frontera entre arte y moda.

Por su parte Antonio Miró se inspiró cerca y lejos de casa. Su blanco rotundo es mexicano y algo gachupín (como llaman en tierras del D.F. a los conquistadores), porque basa su colección en el fotógrafo Agustín Víctor Casasola. De él pudo verse esta primavera en la Casa de América una exposición que ahora ha viajado a Huesca. Sus prendas no hablan de Revolución pero invocó la banda sonora del filme «Frida Khalo» para dar un toque a las formas amplias tanto en chaquetas como en pantalones largos de talle alto. En la camisería se ve esmero con los algodones y el bordado suizo. Aunque el blanco lo invade casi todo, queda tiempo para fijarse en el gris o el negro, cuando no en el color cálido de algún estampado vegetal robado a la pintura mexicana o al desierto. Su desfile tuvo sorpresa: el modelo Jesse Wood, hijo del batería de los Rolling Stones. En su currículum sólo advertía que es «hijo de músico» porque no vive de la fama de su padre. Los hijos están cotizados: también desfiló Sam Branson, heredero del presidente de Virgin, que lo hizo para Oswald Boateng´s. Con todo, Antonio Miró contaba con otros dos lujos en pista: Davé, el propietario de un afamado restaurante chino de París, y el diseñador de zapatos Carlos Puig, que trabaja en Francia desde hace años. Posdata para buenos olfatos: en septiembre habrá nueva colonia Antonio Miró.