Agitadora poética

Se nos ha ido a vivir al otro lado del espejo Fina de Calderón, la agitadora poética más genial que han disfrutado Madrid y España entera en las últimas décadas. La presencia de Fina durante tantos

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Se nos ha ido a vivir al otro lado del espejo Fina de Calderón, la agitadora poética más genial que han disfrutado Madrid y España entera en las últimas décadas. La presencia de Fina durante tantos años al frente de los Miércoles de la Poesía era, a su modo, una especie de garantía de supervivencia, no sólo de la poesía española contemporánea, sino también de nuestras pobres vidas terrestres, que alzaban vuelo de inmortalidad cuando se encontraban en presencia de nuestra queridísima amiga, que habitaba un lugar fuera del tiempo con minúscula que marcan los relojes y devanan las Parcas. Fina fue siempre Tiempo con mayúscula, y lo seguirá siendo con más razón ahora, que se fue al país de los mitos, en la memoria de cuantos la quisimos y admiramos, una criatura que nunca creció, un ser-para-la-vida, un símbolo de permanencia. Yo la llamaba siempre Shirley, evocando a Shirley Temple, la niña-actriz que triunfó en la pantalla durante la infancia de Fina.

La recuerdo en su casa, hablándonos a Alicia y a mí de Colette, de Jean Cocteau, de Francis Jammes, de Henri de Montherlant, de André Malraux, de François Mauriac. Era de cultura francesa porque su peculiar sensibilidad la condujo desde siempre al país vecino, y porque pasó muchos años en Francia tratándose de su coxalgia, y porque no pudo evitar que la música del idioma de Hugo y Chateaubriand se le quedase en el alma, como al maestro Rubén Darío, a quien tanto admiraba. Pero su radical españolidad está fuera de toda sospecha, pues se relacionó con gente tan granada de nuestra cultura contemporánea como Juan Ramón Jiménez, los hermanos Machado, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Gerardo Diego, José Bergamín, Antonio Buero Vallejo, José Hierro, Claudio Rodríguez y cuantos nombres queramos añadir de los que vinieron después a poblar la logia mayor de la literatura castellana. Por no hablar de su vinculación a la música, terreno en que sobresalió de manera brillantísima, colaborando con maestros de la talla de Joaquín Turina, Manuel de Falla, Joaquín Rodrigo y Ernesto Halffter, por citar sólo cuatro nombres ilustres, y sobresaliendo en el terreno de la canción moderna, contando con Maurice Chevalier y Edith Piaf como introductores de excepción en su breve pero intensa carrera como letrista.

Varias eran las Musas que se repartían el pastel de la poesía en la antigua Grecia. En España contábamos hasta hace tan sólo unas horas con una Musa que no compartía su señorío indiscutible de la poesía con nadie. Se llamaba -y se llama ahora, allá arriba, en el cielo- Fina de Calderón. Puso, a lo largo de una dilatada y fecunda existencia, toda su sensibilidad y su talento al servicio de la palabra oral y escrita. Dejó dicho que su epitafio debía rezar simplemente: «Amó la poesía e intentó servirla». Rica herencia la que nos deja, aunque no sea más que el rastro de tan inmenso amor y la huella indeleble de tan generoso servicio.

LUIS ALBERTO DE CUENCA