Los restos del avión Yak-42 momentos después del impacto
Los restos del avión Yak-42 momentos después del impacto

Afganistán, españoles en peligro

¿PODRÍAN los talibán recuperar el poder en Afganistán si se marcharan los soldados norteamericanos y los de la OTAN. ¿Puede Washington establecer un calendario de retirada gradual de Irak en tres años

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¿PODRÍAN los talibán recuperar el poder en Afganistán si se marcharan los soldados norteamericanos y los de la OTAN. ¿Puede Washington establecer un calendario de retirada gradual de Irak en tres años con garantías de estabilidad para el actual régimen de Bagdad? La primera de las preguntas afecta directamente a España, con casi ochocientos soldados en aquel país asiático, con ochenta y siete muertos en el conflicto bélico y con otros doscientos en el ataque terrorista del fundamentalismo islámico el 11-M. Hace menos de un mes cayeron nuestros dos últimos soldados en Herat y, pocos días después, el 14 de noviembre, se conocía un vídeo distribuido por los habituales canales yihadistas, en el que, con la bandera española en primer plano, se amenaza directamente a nuestras tropas si no se retiran de Afganistán.

Ambas guerras, la de Afganistán y la de Irak, están estrechamente ligadas a la confirmación de Robert Gates en su cargo de secretario de Defensa por parte de Barack Obama y con el anuncio de que el nuevo presidente norteamericano está dispuesto a enviar siete mil soldados más a Afganistán. Ambas noticias habrán sorprendido mucho al progresismo europeo de salón esperanzado en un giro revolucionario en la Casa Blanca durante el próximo mandato presidencial.

Acostumbrados al sectarismo político que se respira en España, y al simplismo en las opiniones sobre los Estados Unidos, constituye toda una lección de realismo el hecho de que Obama haya confirmado a Robert Gates, un hombre nombrado para el cargo hace dos años por George Bush, y de que enviará en principio una brigada de 3.500 a 4.400 hombres más a Afganistán a finales de enero de 2009 para desplegarlos en el este del país y ayudar a frenar la entrada de insurgentes desde Pakistán

Cerca de seiscientos soldados norteamericanos han perdido la vida en Afganistán desde octubre de 2001 en que se inició la intervención armada, y se mantiene una presencia de 36.000 solados, más 50.000 efectivos internacionales de la ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad), en los que participa España con setecientos cincuenta soldados. Con el reciente ataque terrorista en que murieron dos soldados españoles en Herat, las víctimas de nuestro país ascienden a ochenta y siete hombres, incluidos los del avión Yakolev (sesenta y dos muertos), más diecisiete en el helicóptero Cougar cerca también de Herat. Barack Obama considera el país asiático como un punto esencial en su política exterior, donde prevé desplazar alrededor de 7.000 soldados e incluso aumentar las operaciones militares en Pakistán, que hasta ahora han sido limitadas y clandestinas, autorizadas por órdenes ejecutivas puntuales.

Sobre los hombros de Robert Gates continuará el peso del Pentágono y la responsabilidad de dos guerras, la de Afganistán y la de Iraq. El confirmado secretario de Defensa es un espía profesional que pasó cuarenta años de su vida en la CIA, de la que llegó a ser director en 1991, bajo la presidencia de Bush padre. Hubo un intento anterior por parte de Reagan de encaramarle al primer puesto de la Agencia en enero de 1987, tras la inhabilitación de William Casey por grave enfermedad, pero el nombramiento fracasó por la oposición del Senado. Robert Gates aparecía involucrado en la operación Irán-Contra, la venta clandestina de armas por parte de la CIA a Irán a cambio de rehenes y de dinero para financiar a la contra nicaragüense. «El servicio clandestino -diría después Gates- es el alma de la Agencia. Y es también la parte de ella que puede hacer que acabes dando con tus huesos en la cárcel».

Robert Gates no acabó en la cárcel. Después de cinco meses como director en funciones de la organización, y del veto del Senado, George Bush pudo nombrarle, tres años más tarde, director de la CIA. Era mayo de 1991 y otros acontecimientos internacionales habían relegado al olvido pasados errores. En 1990 Sadam Hussein plantó cara a los Estados Unidos, de los que había recibido ayuda, durante ocho años, en su guerra contra Irán. Pero la Agencia no supo valorar el testimonio de los satélites espías que mostraban la concentración de dos divisiones de la Guardia Republicana en la frontera con Kuwait.

Para su confirmación Gates hubo de soportar seis meses de durísimas audiencias parlamentarias en el Senado, en las que se exhibieron toda una cultura de falsedades y engaños en la Agencia. Pero al fin salió victorioso. Eran los días del desmoronamiento del gran enemigo durante más de cuarenta años, la Unión Soviética. Gates elaboró un documento en el que pedía a todas las ramas del gobierno americano que definieran lo que querían y esperaban del servicio de inteligencia para los próximos tres lustros. Pero dos años más tarde llegaba Clinton a la Casa Blanca y nombraba un nuevo director de la CIA. Gates se dedicó entonces al mundo académico, dirigiendo la Texas University, a la que colocó entre las mejores universidades públicas del país.

Un republicano para dirigir desde el Pentágono las guerras de Afganistán e Irak. Obama confia en el hombre elegido por Bush, tras la dimisión de Donald Rumsfeld en diciembre de 2006, para convertirle en secretario de Defensa, nominación confirmada entonces por unanimidad en el Senado. En la decisión de Obama han debido pesar los resultados obtenidos por Gates en poco tiempo, con un cambio de estrategia en Irak que ha hecho disminuir la violencia en los últimos dieciocho meses.

Gran parte de esta estrategia se debe al general David Petraeus, quien durante su mandato en Irak negoció con líderes tribales sunitas para unir sus fuerzas en la lucha contra Al Qaida, lo que se tradujo en una mejoría pacificadora en algunas de las zonas más castigadas por la violencia. La duda es si ahora, tras asumir la jefatura del Mando Central militar, Petraeus va a obtener efectos positivos en Afganistán, en particular en las provincias limítrofes con Pakistán, donde la fuerte insurgencia se alimenta de la permeabilidad fronteriza. Los pronósticos son tan malos que Obama hizo saber inmediatamente a su elección que estaba dispuesto a incrementar el esfuerzo bélico americano en Afganistán.

Esta situación nos afectará gravemente a los españoles, al mando de la Base de Apoyo de Herat, con equipos de reconstrucción en la provincia de Qala, con personal en el Cuartel General del Mando Regional de Herat y con presencia en el Cuartel General de la ISAF en Kabul, más los instructores de soldados y policías afganos. Nuestros ochenta y siete muertos en Afganistán son motivo suficiente para la inquietud ante una previsible escalada de la guerra, especialmente tras las amenazas contra España en el vídeo yihadista de Al Qaida.

Del fanatismo de Al Qaida puede esperarse cualquier cosa. En su monumental libro (mil quinientas páginas) La gran guerra de las civilizaciones, el periodista británico Robert Fisk, uno de los grandes expertos en Oriente Medio y Asia Central, narra tres entrevistas que mantuvo con Osama Bin Laden, una en Sudán y otros dos en Afganistán. Conducido a presencia del líder terrorista en medio de medidas de seguridad y clandestinidad cinematográficas, las respuestas de Bin Laden son de un fanatismo escalofriante. En un momento le plantea el tema de su país, Arabia Saudí, contra cuya monarquía combate, y le pregunta si, en el caso de derribar al régimen de Riad y establecer un nuevo Estado, mantendría la decapitación pública para el asesino, o la mutilación de la mano para el ladrón, y Bin Laden responde: «El Islam es una religión completa que abarca todos los detalles. Si un hombre es musulmán de verdad y comete un delito, se sentirá contento si es castigado con justicia. Eso no es crueldad. El origen de esos castigos viene de Dios por medio del profeta Mahoma, que la paz esté con él».

Estados Unidos y la OTAN parecen condenados a permanecer en Afganistán mientras éste país no esté en condiciones de hacer frente a la amenaza talibán.