El futbolista Juan Mata se hace un «selfie» con un joven fan en Oviedo
El futbolista Juan Mata se hace un «selfie» con un joven fan en Oviedo - REUTERS

La «letra pequeña» que esconde ser famoso en España

Dinero, glamour, carisma, fans... ¿es nuestro país un lugar ideal para vivir si eres un personaje de interés público?

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Cuando en el verano de 2012 el futbolista Juan Mata fichó por el Chelsea inglés, pocos imaginaban que todo un campeón del mundo pudiera coger el «underground» para acudir a los entrenamientos de su nuevo club. Ni siquiera el mismo, como quedó plasmado en varias entrevistas de la época. Algo similar le ocurrió a Pepe Reina. Tras dejar atrás una brillante etapa en el Liverpool y aterrizar en la bella ciudad de Nápoles, el portero explicó una de las principales diferencias que había encontrado entre ambos países: en la ciudad de los Beatles podía acudir—acompañado de su familia— a un restaurante con la certeza de que los hinchas no le iban a interrumpir hasta que no hubiera terminado la cita. «Aquí la cultura es diferente, muy similar a la española», vino a decir.

¿Es España un país ideal para vivir si eres un personaje de interés público? Para encontrar la respuesta al enigma, es preciso analizar si la sociedad considera que la invasión de la privacidad de este tipo de individuos es un hecho totalmente normalizado. «Partimos de la base de que son personajes públicos y se deben, dada nuestra concepción de falta de respeto por la humanidad de los demás, que diría el célebre Zygmunt Bauman, a su público», explica Ramón de Marcos Sanz, coordinador del Área de Ciudadanía e Integración en el Colegio de Politólogos/as y Sociólogos/as de Madrid. O dicho de otra forma, en la mentalidad de muchas personas está arraigada la certeza de que los famosos han obtenido reconocimiento y fortuna gracias a ellos, lo que se traduce en la ausencia de empatía por preservar la intimidad de los mismos. «Consideran que el que paga manda, y por tanto deben obedecer a los deseos de consumo de los que pagan. Y su vida privada constituye un bien de consumo».

«Cuando alguien publica que va a comer lentejas, es que algo funciona mal»

El 'boom' de las nuevas tecnologías en general, y de las redes sociales en particular, ha logrado implantar una visión exhibicionista de la vida. «Internet lo transmite todo; cuando alguien envía imágenes de que se va a comer un plato gigantesco, o dice que ha comido lentejas, es que algo funciona mal. Por otro lado, las 'estrellas' venden su imagen, el público considera que si es así está autorizado para invadir su privacidad porque ellos son los primeros en exhibirla para venderla», resume José Antonio Gómez Yáñez, secretario ejecutivo de la Federación Española de Sociología, quien además expone un claro ejemplo de que a largo plazo este comportamiento puede volverse en contra del propio protagonista. «¿Era necesario que Sergio Ramos se presentase con toda su familia, sobrina incluida, para la firma de su contrato? Cuando en unos meses o años algunos de los 'de la foto' de problemas a Ramos, que no se queje, él los hizo famosos».

No obstante, gracias al desarrollo de una sociedad cada vez más interconectada, ahora no solo los tradicionales rostros populares copan la atención del resto. El perfil del 'famoseo' ha mutado hacia la universalización. «Asistimos en las televisiones, basta recordar 'Gran Hermano', y las redes (Facebook, Instagram, Twiter, Linkeding, Blogs,...) a un exhibicionismo de la privacidad que ha dinamitado cualquier vestigio de lo que antes se consideraba pudor e intimidad, que hoy solo unas minorías muy conscientes tratan de preservar» señala De Marcos Sanz. En la misma dirección apunta el sociólogo Santiago Pardilla, autor del blog Ssociólogos, para destacar el fin de la privacidad, no solo para famosos, sino también para el resto de los mortales. «No queremos ser anónimos. Queremos que la gente nos vea y hable de nosotros, eso sí con información filtrada, eligiendo nuestras fotos y aspectos más relevantes».

Demanda de información

De especial interés resulta el crecimiento exponencial de programas, revistas y páginas webs dedicadas a revelar el día a día de las 'celebrities'. Pocos escapan al mediático mundo del corazón, cimentado en la existencia de un determinado público que aguarda impaciente la avalancha de este flujo informativo. Y es en este foco, donde Pardilla coloca el epicentro de la controversia. «Este público no cree que está invadiendo la privacidad, solo se está informando sentado en el sofá. Para ellos, quién realmente está invadiendo la privacidad son los fotógrafos, revistas o agencias que realizan esas fotos 'infraganti' o esas declaraciones 'picantes'. Ya que aunque demanden este tipo de contenido, no tienen relación directa con estas acciones. La sociedad no tiene sentimiento de culpabilidad pues solo está recibiendo y compartiendo información, no ha participado directamente en su búsqueda y obtención».

Aunque parezca una utopía, aún hay personajes relevantes que consiguen pasar de puntillas frente al avance de los flashes. «Los muy ricos pueden establecer barreras aunque se exhiban, o también los sujetos que toman como opción personal ser reservados. Se puede, en el mundo de la empresa o la cultura hay famosos que son muy discretos. Albert Boadella es un soberbio ejemplo», puntualiza Gómez Yáñez.

Albert Boadella
Albert Boadella

Volviendo al inicio del texto, en palabras de De Marcos Sanz, no resulta tan descabellado comprender los diferentes niveles de tolerancia según el país en el que se encuentren peloteros de lujo como Juan Mata o Pepe Reina. «El concepto de respeto y las reglas de educación, en Reino Unido, en Europa Central y del Este y en los países nórdicos difiere de los países mediterráneos en los que el exceso de confianza, puesto de manifiesto por el tuteo, y el intrusismo con el otro, ya sea familiar, amigo, conocido o desconocido, constituye una deficiencia de educación y cultural que revela nuestra vulgaridad como pueblo, y a la cual la familia, y la escuela, como agentes educadores, deberían prestar más atención».

Presión mediática

«No es lo mismo ser famoso por destacar en algo, que serlo porque sí»

Convivir con los múltiples condicionantes que debe soportar un personaje público no es una tarea sencilla. En ocasiones, ni siquiera posible. A pesar del grado de dificultad, Esteban Cañamares, psicólogo clínico especialista en adultos, da las pautas fundamentales para saber llevar la presión y no caer en la extravagancia. «Una personalidad totalmente hecha en sus puntos básicos (los adolescentes no la tienen y pueden ser desbordados por la fama más fácilmente), una autoestima basada en varios parámetros y no sólo en el que les da la fama, valores humanos, empatía para con los demás y buenas relaciones humanas y familiares».

Un listado de cualidades que pueden manejar con mayor o menos maestría los individuos que centran la atención mediática. Pero, ¿qué pasa cuando se se ven afectados los hijos y la pareja (incluso la familia), cuya identidad deja de ser anónima? «De momento pueden sentir agrado, a corto plazo. Pero a la larga pueden ver alterada su intimidad, y en lo profundo sentir que no importan nada, que no son nada, salvo ser hijos de... cónyuge de.... es decir, que no tienen valor propio».

En cualquier caso, como todo en la vida, siempre habrá famosos y 'famosos'. La posición que ocupa la fama en la escala de valores marcará la diferencia, y lo que es más importante, el devenir de la propia existencia una vez decaiga el interés. «No es lo mismo ser famoso por algo en lo que destacas, como ser un buen deportista o un pintor original, que serlo de forma tan artificial como lo son los personajes de los programas de corazón. Este segundo tipo de fama no va acorde al interior de uno mismo, y por tanto deja más vacía a la persona cuando ya no sale en la tele o en las revistas», apostilla Cañamares.