Montaje del «Burning Man», cuya quema pone fin al festival
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«Burning man», un festival en pie de guerra contra Silicon Valley

Con más de dos décadas de historia, este evento reune a 70.000 personas en Nevada (Estados Unidos). Muchas de ellas, magnates de la tecnología que desvirtúan la idea original

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En el desierto de Nevada, un lugar inhóspito de los Estados Unidos donde las temperaturas diurnas rozan los 50 grados para caer por debajo de los cero por la noche, está la ciudad más exclusiva del mundo, Black Rock City. Al menos, esta semana. Hasta allí se han desplazado miles de personas para celebrar el festival Burning Man, definido por sus promotores como «un experimento en comunidad de autoexpresión y autosuficiencia radical». Porque en la ciudad más exclusiva del mundo está prohibido el dinero. Y el trabajo en equipo. Y los ordenadores o teléfonos móviles son inútiles, porque ni hay wifi ni cobertura. Y hay que sobrevivir con la comida que lleve cada uno, porque lo único que se vende en Black Rock City son hielos y café.

Entonces, ¿por qué querría alguien pagar 400 dólares por una entrada al festival? «Porque te cambia la vida», simplifican los «buners», como se conoce a los participantes en un evento nacido en 1986 en una playa de San Francisco, gracias a Larry Harvey y Jerry James, quienes decidieron celebrar el solsticio de verano quemando una figura de madera de un hombre de más de dos metros de altura. A principios de los 90, el festival había crecido tanto que decidieron trasladarlo a Nevada, donde se llegan a juntar hasta 70.000 personas para disfrutar de un acontecimiento único.

Sin embargo, la llegada en los últimos años de ricos y famosos dispuestos a vivir la aventura sin perder las comodidades a las que están acostumbrados ha puesto en pie de guerra a los «burners». Y es que Black Rock City recibe cada año a caras tan conocidas como Paris Hilton, Puff Daddy, Alexandra Von Furstenberg, Francesca Versace, David Rothschild o Tatiana Santo Domingo, entre otros. Especialmente molestos son los huéspedes que llegan desde Silicon Valley, como los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, o el creador de Facebook, Mark Zuckenberg. Curiosamente, fue «Burning man» lo que inspiró al famoso buscador para crear sus «Doodles», el primero de ellos inspirado en el hombre en llamas.

El primero en llamar la atención sobre la disparidad entre los «burners» originales, que llegaban a «Burning man» gracias a la invitación de veteranos del evento, y los nuevos «burners», que llegan a pagar hasta 25.000 dólares por un alojamiento en la calle «K» (también conocida como Paseo de los Multimillonarios) fue «The New York Times». El periódico estadounidense lamentó que los famosos se peleasen por ser el que más dinero gastaba en agasajar a sus invitados, llegando a trasladar hasta Black Rock City cómodas camadas, aire acondicionado o baños portátiles; así como menús diarios preparados por chefs con estrella Michelin o la ayuda de los «sherpas», guías en la intrincada ciudad de quita y pon.

De hecho, la llegada de las celebridades terminó con el secretismo del festival, una de sus principales características. Sin embargo, los organizadores admitieron su derrota ante la incapacidad de controlar las fotografías y videos que se colgaban en las redes sociales. Uno de los momentos más representativos -y representados en Instagram- es la quema de la figura del hombre de madera que da nombre al festival, y que lejos de sus 2 metros originales alcanza ya los 13. Una celebración cargada de fuegos artificiales y explosiones que muchos no dudan en comparar con las Fallas valencianas. Se realiza siempre en la noche del sábado, entre los gritos, la música y la alegría.

«Leave no trace»

Cuando el último rescoldo del hombre de madera se apaga, viene la parte difícil. «Burning man» tiene dos reglas básicas: una, llevar algo que regalar a los demás. La otra, no dejar ningún rastro de Black Rock City. Durante el festival, se montan diferentes construcciones de madera que se alternan con piezas luminosas e interactivas, entre las que circulan los Art Cars, vehículos disfrazados de dragones, barcos piratas, discotecas gigantes o tuneados siguiendo los diseños de la película «Mad Max».

Una labor que, en teoría, corresponde a todos los «burners». Sin embargo, y priorizando al máximo aquello de «siempre ha habido clases», los adinerados dejan el trabajo en mano de sus sherpas, lo que igualmente indigna al resto de asistentes al festival. Una diferencia cada vez más patente entre los habitantes de Black Rock City que se cobró una vida en 2007. Entonces, el veterano «burner» Paul Addis decidió prender fuego al hombre de madera cuatro días antes de lo programado, como acto de rebeldía.

Y aunque su actuación no debería haber ido a mayores, el equipo directivo del festival antepusieron el mandamiento de «responsabilidad cívica» al de «autoexpresión radical». ¿Resultado? Addis fue condenado a dos años de cárcel y al destierro de Black Rock City. A su salida, se lanzó a las vías de un tren para terminar con su vida.