Imagen de archivo del príncipeAl Waleed bin Talal en Croacia
Imagen de archivo del príncipeAl Waleed bin Talal en Croacia - Igor Kralj
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Al Waleed bin Talal: la otra cara del hombre más rico de Arabia Saudí

El excéntrico príncipe saudí vuelve a buscar los focos con su conversión a la filantropía, cuando su nombre sigue sonando en el juicio que se sigue en Nueva York por el 11-S

francisco de andrés
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La lista de benefactores de la humanidad se ha enriquecido con la incorporación del polémico príncipe saudí Al Waleed bin Talal, número 34 en la lista «Forbes» de los más ricos del mundo. Bin Talal anunció recientemente que donará toda su fortuna personal —valorada en unos 29.000 millones de euros— a su propia fundación caritativa (Alwaleed Philanthropies). El objetivo de esta fundación es «fomentar el clima de tolerancia y el diálogo de culturas en el mundo, y dotar de más poder a las mujeres y a los jóvenes». Nada sorprendente. El príncipe saudí —nieto del fundador de la dinastía Saud y emparentado con otros monarcas árabes—, ha sabido resolver muy bien la situación personal de las tres esposas de las que se ha divorciado, y presume además de contar en sus empresas con un amplio «staff» femenino.

Bin Talal es propietario del grupo de inversión Kingdom Holding, que tiene la propiedad de algunas de las cadenas de hoteles más lujosos del mundo así como participaciones en bancos, medios de comunicación occidentales, la industria del cine, y empresas tecnológicas punteras como Apple y Twitter. El príncipe afirma haber tomado la decisión de incorporar su fortuna personal a la fundación por razones de fe islámica (los musulmanes acaban de cumplir con el mes de ayuno del Ramadán, en el que se exhorta a la limosna y a las obras de caridad). Otra fuente de inspiración para Bin Talal ha sido la «admirable labor» del matrimonio Gates, que en 1997 puso en pie una formidable fundación humanitaria que lleva el nombre de Bill y Melinda Gates.

El príncipe saudí, de 60 años, hizo sus pinitos en el mundo rutilante de la filantropía cuando contrajo matrimonio con su tercera esposa, Amira al Taweel, una belleza beduina que estudió en Estados Unidos y se convirtió enseguida en vicepresidenta de la fundación de su marido.

Con Amira, el príncipe aterrizó instantáneamente en el papel cuché. La flamante princesa saudí, de orígenes plebeyos, compitió durante dos años con Rania de Jordania, la Jequesa de Qatar y la malvada Asma al Assad, mujer del presidente sirio, en la pugna por alzarse con la corona de la prensa del corazón como prototipo de la nueva mujer árabe.

Pero el divorcio a finales de 2013 —precedido por una fuerte exposición de Amira a los medios occidentales— echó por tierra los planes del príncipe de introducirse en los salones de la alta sociedad. La joven esposa del multimillonario saudí reivindicó en los platós de la televisión norteamericana el derecho de la mujer a conducir («yo conduzco en Occidente y en el desierto») y a no llevar velo (ella nunca lo porta en el extranjero), y Bin Talal tuvo que escuchar en público críticas muy duras de parte de influyentes miembros de la familia real saudí.

Una noche en Ibiza

Sin el entorno de glamour que le proporcionaba Amira, han vuelto a reaparecer algunas sombras en la relación del magnate saudí con las mujeres. En particular, el oscuro caso de la denuncia presentada por una joven modelo española, que acusó al príncipe Bin Talal de una violación a bordo de su yate, fondeado en Ibiza, el 12 de agosto de 2008.

El caso se cerró, volvió a abrirse, y finalmente el tribunal de Palma de Mallorca decidió clausurarlo definitivamente en marzo de 2012, después de cuatro años de pugna en los juzgados. La parte demandante, según el juez español, no presentó pruebas concluyentes de que el jeque árabe que abusó de ella fuese efectivamente Alwaleed bin Talal, que afirmaba por su parte estar el día de autos en París.

En febrero de este año vino otro golpe aún más duro para la reputación del príncipe saudí, hoy reconvertido a la filantropía sin fronteras. Un prominente miembro de la red terrorista Al Qaida, el francés Zacarias Musaui, acusó —durante un juicio en Nueva York por los ataques del 11 de septiembre— al príncipe Bin Talal de ser uno de los financieros de Osama bin Laden antes de los atentados terroristas contra Estados Unidos de 2001.

El «número veinte»

Musaui está considerado como el «secuestrador número veinte», junto a los 19 yihadistas que murieron a bordo de los aviones en los ataques del 11-S. Se había preparado también para pilotar en Estados Unidos, pero fue detenido semanas antes de los atentados. Musaui, encargado de elaborar una base de datos de donantes, citó en su declaración en Nueva York, a los príncipes saudíes Al Waleed Bin Talal, Turki Al Faisal, Bandar Bin Sultan, y Mohammed Al Faisal, entre las doce personalidades saudíes que habrían ayudado a Al Qaida antes de que Bin Laden decidiera atacar EE.UU.

El nuevo curso filantrópico que ha marcado Bin Talal a su vida es, para los bienpensantes, un camino de redención del príncipe frente a los errores de su vida pasada. Entre otros, su pasión por el lujo, que ha convertido al hombre más rico de Arabia Saudí en la quintaesencia del jeque derrochador que cabalga a lomos del dinero fácil del petróleo.

Las excentricidades de Al Waleed bin Talal precedieron casi a sus golpes de fortuna en los negocios. En 2007, el príncipe se convirtió en el primer comprador privado de un Airbus A380, que reformó para adaptarlo a sus gustos extravagantes; entre otros, los 200 kilos de oro que utilizó para adornar paredes interiores y estatuas del avión reconvertido en jet privado. Ese tipo de gastos ya son historia. Ahora toda su fortuna será destinada a obras de caridad.