Ignacio de Medina, duque de Segorbe, posa para ABC en la Casa de Pilatos
Ignacio de Medina, duque de Segorbe, posa para ABC en la Casa de Pilatos - juan flores

El duque de Segorbe: «En los Medinaceli no hay ninguna guerra»

Ignacio de Medina desmiente los roces familiares por una veintena de títulos nobiliarios y habla sobre los desafíos de gestionar el inmenso patrimonio de la Casa Ducal

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Don Ignacio de Medina, duque de Segorbe, es el único hijo vivo de los cuatro que tuvo Victoria Eugenia Fernández de Córdoba con Rafael de Medina. Cuentan que el aristócrata, el más pequeño de esta noble familia entroncada con los mismísimos Reyes de Castilla, era el ojito derecho de su madre, la ya fallecida duquesa de Medinaceli. Contra el orden natural que rige en la aristocracia vernácula, la matriarca alentó desde muy temprano al benjamín a coger las riendas de la gestión del vasto legado de la Casa Ducal. Hoy, a sus 68 años, Segorbe continúa presidiendo la fundación que creó su madre en 1980 para aglutinar el fabuloso patrimonio arquitectónico y artístico de su estirpe.

«El actual duque de Medinaceli es mi sobrino Marco de Hohenlohe, primogénito de mi hermana mayor, Ana. Pero la Fundación Casa Ducal de Medinaceli es una institución independiente de la persona que ostente esa dignidad», dice el duque antes de aclarar que sus dos hijas y sus siete sobrinos también forman parte del patronato de la institución. Eso incluye a Rafael y Luis de Medina, los mediáticos hijos de la aún más mediática Naty Abascal. Pero también a expertos en Derecho, Historia y Arte y a empresarios «con sensibilidad hacia la cultura». «Todos ellos con una relación directa a la fundadora, mi madre, y a mí mismo», añade. Escuchándole queda claro quién manda en la familia con mayor solera nobiliaria de España (con permiso de los Alba).

Tiene su lógica que Segorbe, un respetadísimo y premiado arquitecto y restaurador, artífice de la recuperación de la antigua judería de Sevilla, esté al mando de esta fundación, que tiene en su haber joyas arquitectónicas como el palacio sevillano Casa de Pilatos, el toledano Hospital de San Juan Bautista o el pazo gallego de Oca, además de otra docena de palacios, castillos y fortalezas esparcidas a lo largo y ancho del país.

Tras la muerte de Mimi Medinaceli, y cumplido el año de luto que dictan las buenas costumbres, su único hijo vivo ha solicitado casi una veintena de títulos nobiliarios que también podría reclamar su sobrino Marco. La prensa habla de una lucha de títulos en el seno de la dinastía con más títulos de España. Pero Segorbe quita hierro a los supuestos roces consanguíneos. «En los Medinaceli no hay ninguna guerra, ni de títulos ni de nada. Simplemente cada uno está defendiendo sus derechos según la interpretación del Derecho», aclara. La prueba de esta «paz fría» es que su sobrino Pablo de Hohenlohe, hermano de Marco, trabaja codo con codo con él en los nuevos proyectos de explotación del patrimonio de la Casa Ducal.

«Prefiero hacer que estar»

Medina no está dispuesto a airear su intimidad ni la de su familia. «No son asuntos de los que quiera hablar. Hacerlo solo serviría para alimentar los chismes», se excusa. Tampoco quiere poner la cara para «hacerse la foto junto a la chimenea» en una de esas exclusivas que produce su excuñada, la estilista Naty Abascal, para la revista «¡Hola!». «No dedicamos ningún recurso a la propaganda, pero quizás la pregunta habría que dirigirla a los medios y a su escala de valores de lo que es relevante y lo que no», advierte. «A un ministro de Cultura con una singular formación se le cesó, según confesión propia, por falta de glamour. Los medios deberían reflexionar sobre la realidad que reflejan». Mea máxima culpa.

Más de una vez el «couché» lo ha querido tentar para protagonizar uno de esos reportajes que ya han arrastrado a tantos Grandes de España a posar sin pudor en sus regios dominios. Pero él siempre ha rehusado la oferta porque no quiere «reducir mediáticamente» la fundación a su nombre ni alimentar el mito del señorito que vive en palacio. «En Casa de Pilatos solo tengo mi oficina. Y cuando visito Toledo no duermo en el Hospital de Tavera. Prefiero quedarme en casa de unos amigos», aclara. El duque tiene una regla de oro en materia de public relations: «Como principio, prefiero “hacer” que “estar”».

Hacer, y también decir. O, mejor dicho, denunciar la falta de atención que recibe la inmensa labor cultural de los Medinaceli. «Es sintomático que muchas fundaciones vinculadas a empresas hayan dejado de financiar actividades ligadas a la conservación patrimonial por carecer ésta de tirón mediático. Yo dimití recientemente del patronato de una muy conocida por haber cambiado sus actividades de la protección del patrimonio histórico español a la colección de fotografía contemporánea extranjera y exposiciones temporales carísimas que en nada contribuyen a la cultura española», dice. ¿Se referirá a la Fundación Mapfre, la misma de la que formó parte durante años? Como buen «gentleman», el duque prefiere callar y huir de las polémicas.

El valor de la taquilla

Una de las nuevas iniciativas de los Medinaceli es la apertura del interior del Pazo de Oca, en Pontevedra, a los turistas. «Mi sobrino Pablo (Hohenlohe), que forma parte de la gestión de la Fundación y es adjunto a la presidencia, se está encargando de la promoción de productos vinculados a la Casa y de fomentar las estancias cortas de visitantes interesados en la jardinería, la naturaleza y el patrimonio histórico», explica. Pero, como él mismo reconoce, no hay nada nuevo bajo el sol porque el pazo gallego y las otras residencias de los Medinaceli están abiertas al público desde hace siglos. «Ya en el siglo XVIII la familia alquilaba algunas áreas de Casa de Pilatos y permitía la visita de viajeros curiosos», señala.

Segorbe apoya estas nuevas aventuras comerciales porque sabe mejor que nadie que el mantenimiento del patrimonio familiar depende de ello. «El ingreso de la taquilla es fundamental, representa un porcentaje muy relevante de nuestros ingresos, el resto se debe a cesiones de las propiedades para eventos. Al contrario que otros que tienen financiación externa, bien como una esponsorización privada o como subvención pública», dice.

Para el aristócrata, la cultura en España es eminentemente estatal. «Y hay quien cree que no puede haber nada fuera del Estado. Por eso no hay deducciones importantes para los espónsores, ni ayudas para estimular la apertura de monumentos privados ni un IVA especial para fundaciones como la de Medinaceli. Todo son trabas, trabas y más trabas...», se lamenta. «España es pantomimesca». Es palabra de duque.