Paco Carvajal, Cristian Domecq y Pedro Oriol en el Museo ABC
Paco Carvajal, Cristian Domecq y Pedro Oriol en el Museo ABC - isabel permuy

Los retratistas de la alta cuna

Sus apellidos ilustres les abrieron puertas, pero superaron recelos hasta asentarse en el arte

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Son una rareza en esta época de selfies y narcisismo, cuando el retrato por encargo podría parecer que cede terreno ante el avance de otros soportes. Empezaron muy jóvenes y hoy, pasados los 50, mantienen los pinceles en ristre y un buen número de grandes personajes en sus agendas: realeza, aristócratas, ricos, famosos...

Tienen en común unos apellidos ilustres, una educación exquisita, grandes dosis de rebeldía (más de lo que se esperaba de ellos) y unas familias que, contra todo pronóstico, les brindaron su apoyo. No les gusta definirse, aunque el término «figurativo» es el que les parece más apropiado. «Clásico» les resulta pretencioso. Paco pinta del natural, Cristian se apoya con fotos y Pedro utiliza ambas técnicas. Y los tres coinciden en que el suyo es un oficio de viejos: «Aquí no hay ‘‘niños prodigio’’ –dicen–, sólo ‘‘ancianos prodigio’’. Los grandes pintores lo fueron de gente mayor». Les reunimos en el Museo ABC de Madrid.

PACO CARVAJAL (Madrid, 1963). Empezó Cunef, como se esperaba en una de las familias ligadas a la banca, pero lo abandonó para estudiar en Londres. Le apasiona el retrato del natural: «Enriquece mucho, aunque a veces captas tantas energías del que posa que no tienes más remedio que parar». Cuenta que empezó durante los años de la movida madrileña, un tiempo en el que «noté cierto rechazo, como que si estuviera invadiendo un terreno que no era el mío. Es un peaje que hay que pagar –explica–. Al margen de eso, para mis clientes el hecho de pertenecer a un determinado estamento abre puertas».

Ha retratado a la Infanta Elena con su hijo Felipe Juan Froilán, como regalo para Jaime de Marichalar; también, a la Princesa Lilian de Suecia, a los Aosta o al hijo de Anthony Chevenix Trench, quien fue director de Eton. Le hubiera encantado pintar a Lucien Freud y a Carlos de Inglaterra, por su interés en el arte. «Él suele ir en sus viajes oficiales con un grupo de gente que escoge para pintar en sus ratos libres; cuando estuvo en nuestra casa de Valldemosa, hizo unas acuarelas».

Recuerda como un episodio terrible el retrato encargado por un cirujano plástido de su mujer, a quien usaba como modelo de sus «experimentos». Era una muñeca a la que había que animar. «La puse un poco en picado, con la cabeza en un extremo para darle más vida. Al tercer día, el doctor me explicó que quería incorporar la nueva operación de su esposa al cuadro. Me retiré… ¡claro!».

PEDRO ORIOL (Berango, 1959). Estudió Bellas Artes en Madrid y en Sevilla, y completó su formación en Florencia. Ha practicado todos los géneros.

Empezó a pintar de niño; no en vano, sus dos abuelas fueron artistas (una escultora, y la otra pintora). Su madre escribe y su padre es arquitecto. «Yo capté esa sensibilidad, aunque una vez que tomas la decisión de ser pintor te recuerdan que esto va para largo». Su maestro fue don Amadeo Roca y el primer retrato se lo hizo a una de sus abuela, Maru Ybarra. «Luego vinieron el Rey Felipe VI, cuando era Príncipe de Asturias; el Infante Don Carlos, Esperanza Aguirre, que sólo pudo posar un cuarto de hora para el retrato del Senado... Y ministros, presidentes de bancos y de empresas». Coincide con los demás en que el apellido es un hándicap «para los que creen que por llamarte de una determinada manera te pueden torpedear, pero en general siempre son una ventaja la educación recibida y los caminos que se abren». Se reconoce como un pintor «ordenado para que la aventura pueda aparecer y darse».

Si tiene que definir su estilo, asegura que intenta captar al personaje en movimiento. «El enfrentarte a tu pintura es algo que te agota. Yo puedo ir a Layos, a casa de mi padre, correr por el campo durante doce horas y volver a casa tan fresco. Pero estar en el estudio, cara a cara con tu cuadro, te deja exhausto».

CRISTIAN DOMECQ (Jerez, 1953). Empezó de adolescente, y hasta hoy. Ha retratado a numerosos exministros. «En una ocasión le hice un dibujo a Doña Sofía cuando era Princesa, mientras escuchaba un ensayo de la Orquesta Nacional en Granada, y luego se lo regalé. Yo sólo tenía 16 años. Creo que conservo también uno de Cayetana de Alba en Pascualete y otro de Pitita Ridruejo».

Su obra está inspirada en la tradición: retrato, paisaje, objetos... Ahora introduce la anamorfosis en sus pinturas, porque entiende el retrato como ficción. Sus padres también dibujaban. Ellos le alentaron y le sugirieron cambiar Arquitectura por Bellas Artes. «Mi primer dibujo se lo hice a mi hermana Sandra, que se convertiría en mi musa de la infancia. Fue muy paciente». Su estudio es su casa «y tengo cierto síndrome de Diógenes. Soy rigurosamente reciclador».

Le gustaría retratar a gente de todo tipo, «personas que sufren o que son felices. A una jequesa, una reina, un capo... Cualquiera me interese».