Alexander McQueen junto a Sarah Jessica Parker en mayo de 2006
Alexander McQueen junto a Sarah Jessica Parker en mayo de 2006 - AFP

Un cruel drogadicto con problemas mentales, el otro Alexander McQueen

En víspera de que Londres ensalce al genio de la moda con una gran exposición, una nueva biografía lo destroza

Actualizado:

Se titula «Belleza salvaje». Será una de las grandes exposiciones de la primavera londinense. El próximo 14 de marzo, el majestuoso museo Victoria & Albert de Kensington, dedicado a la moda y el diseño, inaugura una muestra que evoca el talento iconoclasta de Alexander McQueen, que el 11 de febrero de 2010, con solo cuarenta años y en la cima, se colgó con su cinturón favorito en un armario de su casa del prohibitivo barrio de Mayfair.

El eco del talento de McQueen -Lee en su vida privada- no se eclipsa. La marca que lleva su nombre perdura sin él. Los especialistas reconocen su rara habilidad para combinar la sastrería exacta de la escuela de Savile Row con la irreverencia del pálpito callejero y una impactante teatralidad barroca. Pero mientras la catedral victoriana del diseño se prepara para entronizar al modisto, las librerías lo van a bajar del pedestal. La documentada biografía que ha escrito Andrew Wilson, «McQueen, la sangre debajo de la piel», presenta al creador como un ser humano desagradable: despótico, irascible, un egoísta que traicionó a la periodista snob que lo ayudó a escalar hacia la fama y que estaba atenazado por sus miedos e inseguridades. Un modisto agobiado por la producción estajanovista que él mismo se impuso y por su condición de seropositivo, que se activaba con alcohol sin tasa y montañas de cocaína. Un crápula que se desfogaba en orgías de tres días y padecía un cuadro psiquiátrico serio, con ansiedad y desorden depresivo. En sus últimos tiempos, Lee consumía incluso cristal, una metanfetanima de efectos devastadores sobre el físico y la psique.

Isabella Blow era nueve años mayor que McQueen y provenían de dos galaxias lejanas. Ella era una estilista que trabajaba en revistas de moda glamurosas, una snob excéntrica , de familia de raigambre aristocrática. Mujer de rostro caballuno y buen humor, comparaba su dentadura aparatosa con las ruinas de Stonehage. Él era el sexto hijo de un taxista escocés emigrado al Este de Londres y de una profesora, un gamberro de barrio, corpulento y provocador. Isabella, Issie, fue la primera en detectar que McQueen era un diamante en bruto. Incluso fue quien lo convenció de cambiar su primer nombre de pila, Lee, por el segundo, Alexander, más sonoro. «Alejandro el Grande», le solía llamar arrobada. Casada, en realidad estaba enamorada hasta el tuétano del modisto y de su ropa.

McQueen mantenía con ella una relación de amor-odio. Un amigo cuenta como en una ocasión, minutos antes de la llegada de Isabella a su piso, le gastó un bromazo: cortó unos trapos de muselina rápidamente con unas tijeras y cuando ella apareció, le explicó que se trataba de su última creación. «Me encanta, cariño, ¡me encanta!», cloqueaba ella, mientras los otros dos se partían a sus espaldas. Issie lo promocionó con una tenacidad que dio frutos. En 1996 Givenchy ficha al joven londinense para sustituir a Galliano. Aunque Issie Blow lo acompaña a firmar a París y lo celebran juntos con champán y caviar, él pronto decide dejarla atrás. Una traición que la hunde y cabará con el suicidio a los 48 años de la inestable Blow, que se retira de este mundo bebiéndose una botella de insecticida. Meses antes lo había intentado tirándose desde un puente ataviada de Prada. Se partió los pies y los tobillos. Cuando se recuperó bromeó: «Se me acabaron por un tiempo los zapatos de tacón».

Un dineral en videntes

McQueen, desolado en su funeral, musitaba como un mantra un «pude haber hecho más por ella». Cierto que le había pagado su último tratamiento psiquiátrico, pero los amigos de ambos dicen que la trataba con una enorme crueldad, con mofas y humillaciones constantes.

Tras su muerte, obsesionado con el más allá, se gastó un dineral en videntes intentando contactar con ella. La obsesión por el suicidio era constante. McQueen se había comprado una casa en Mallorca por dos millones de euros. El diseñador español Sebastián Pons ha contado que allí, en una conversación hasta el alba, el diseñador le confió que planeaba en su mente su última colección. Cuando Pons le pidió detalles, le contó que sopesaba suicidarse en la pasarela, pegándose un tiro en una cabina de pleixiglás, que quedaría ensangrentada. El modisto mallorquín alertó a los directivos de la firma de McQueen de los evidentes problemas mentales del jefe. Le contestaron que era lo habitual, nada especialmente grave.

McQueen asumió un ritmo de producción inhumano cuando llegó a Ginvenchy: cuatro colecciones al año, más las que sacaba por sí mismo. Ese ritmo, que mantuvo cuando se pasó a Gucci, lo hizo rico, pero le pasó factura y le agrió el carácter. A su muerte dejó una fortuna de 18 millones de euros y seis millones más en propiedades. Sus tres perros, distinguidos en su testamento con el mismo dinero que el matrimonio que cuidaba su casa (82.000 libras) pasaron a ser los canes más potentados de Inglaterra. Incluso los citó en su escueta nota de suicidio, acción que consumó el día anterior al funeral por su madre: «Cuidad de mis perros. Os quiero. Lee». Antes de colgarse, Lee había tomado enormes cantidades de droga y lo logró al segundo intento.

«El hooligan de las pasarelas»

El McQueen triunfador pronto se convirtió en un déspota insolente en el trabajo, rodeado de asistentes sumisos, que se plegaban a todos sus caprichos y le suministraban su vitamina para mantener el tirón: cocaína. En 1997, en un desfile en Nueva York, llamó «jodida puta» a gritos a la top Eva Herzigova mientras le daba los últimos toques antes de salir a desfilar. Era el tono habitual de un modisto misógino. El hombre cuyas creaciones maravillaban a Nicole Kidman, Lady Gaga, Björk o Sarah Jessica Parker en realidad odiaba a las mujeres. Tampoco estaba feliz con su propio cuerpo: su mala alimentación y el alcohol lo llevaban a engordar, cuando él era la imagen de su marca, un querubín travieso, un hooligan rubio de gran sonrisa y ojos azules. Pero camino de los 40 en realidad era un sujeto adiposo, de rostro enrojecido por la priva, que se sometió a una liposucción e incluso a un anillo gástrico para no engordar.

La vida personal no iba mejor. Ebrio constituía una compañía inquietante: morboso, con una fijación enfermiza con la muerte, violento. Pronto dejó de haber parejas estables y los chaperos caros corrían por su vida. «Si esos peces pudiesen hablar…», bromea un amigo, aludiendo al enorme acuario que se había hecho instalar en el dormitorio de su piso de Mayfair.

Billy Boy, un amigo que lo conoció en 1989, antes de la fama, y lo observó también en la cumbre, afirma que existían al menos tres Lee McQueen: «El sobrio era inseguro e infeliz. Luego estaba el brillante genio, que se ayudaba con las drogas y el alcohol. Y también existía el yonqui borracho de comportamiento psicótico. Entonces podía ser muy, muy desagradable».

McQueen, personaje bipolar, también tenía sus grandezas: su genio para su oficio, los restos de un buen corazón que lo llevaron a crear una fundación para becar a jóvenes modistos, o el hecho de haber legado mucho dinero en su testamento a asociaciones benéficas. Pero el hombre al que llamaron en su día «el hooligan de las pasarelas», seguramente nunca dejó de ser eso, un hooligan, hecho añicos cuando todo dejó de ser un juego de provocación y tuvo que asumir la responsabilidad ingente de ver su nombre convertido en una empresa global. Uno de sus hermanos, de 48 años, trabaja todavía hoy conduciendo un taxi por Londres. Ese era el destino de Lee. Pero las tijeras y la aguja lo convirtieron en un artista, enorme, atormentado y a veces cruel.