El pub Flying Horse de Londres, una institución a la hora de beberse una cerveza fría
El pub Flying Horse de Londres, una institución a la hora de beberse una cerveza fría - reuters

Monopolio cervecero

El Parlamento del Reino Unido ha derribado una norma del siglo XVII que permitía a los dueños de los pubs controlar el precio de los barrilles de cerveza

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Los pubs son un asunto muy serio en el Reino Unido. Muchos tienen el valor de un trozo de historia. Salas llenas de sabor, con siglos de existencia, donde aún se rastrea el paso de parroquianos ilustres, como ocurre en los habitáculos cavernosos del Ye Olde Chesire, en Fleet Street, donde se pillaban sus contentos el doctor Johnson, Dickens o Conan Doyle. En las poblaciones pequeñas suponen un soporte clave de la vida comunal, un punto de encuentro ciudadano en un país que es más de cervecería que de iglesia. Además constituyen un opíparo negocio. Las empresas que dominan el mercado incluso cotizan en bolsa. Los 50.000 pubs del Reino Unido son un tema tan importante en la vida británica que el Parlamento se ocupa de ellos.

En una votación histórica en la cámara de Westminster se acaba de suprimir el llamado «Beer Tie», el vínculo de la cerveza, que castigaba a la mitad de los pubs del país. En la cuna del liberalismo, en la nación de Adam Smith, seguía vigente una práctica monopolística de hace 400 años, que obligaba a los arrendatarios a comprar la cerveza a los propietarios de los pubs. Hoy en día los dueños de la mayoría de los establecimientos son grandes compañías, que cuentan con miles de ellos. Hasta esta semana, la manera de funcionar consistía en que el arrendatario pagaba una renta muy baja y además el casero le facilitaba la televisión de pago y el seguro del inmueble, pero a cambio el inquilino estaba obligado a comprar en exclusiva la cerveza que le suministraba el dueño del pub, no podía acudir al libre mercado. Eso se ha acabado, aunque en una votación reñida, porque 15 diputados conservadores votaron contra su Gobierno.

Se calcula que el «Beer Tie» provocaba que al arrendatario del pub le saliese cada pinta unos 60 céntimos más cara. Una carga relevante, porque el precio de la pinta en Londres está entre las tres y las cuatro libras. Hablando en barriles se percibe todavía mejor el lastre del monopolio: si un barril de Kronenbourg se puede comprar en el mercado abierto por 82 libras (102 euros), con el «vínculo de la cerveza» se pagaban unas 133 libras (160 euros). Aun así, la patronal de los dueños de pubs asegura que la liberalización provocará 7.000 despidos, porque pretexta que sin esa ventaja no le saldrán las cuentas y clausurará muchos de ellos.

En los últimos veinte años han cerrado más de 20.000 pubs en Reino Unido. ¿La razón? La gente sale menos a beber fuera y lo hace más en casa (en 2001 el consumo de cerveza fuera del hogar era de 700 ml al año y hoy ha caído a 355 ml). La prohibición de fumar supuso otro golpe, así como la crisis y la competencia de los supermercados, con su espectacular oferta, con marcas de medio mundo en cualquier tienda de barrio (y este cronista no va contar la dicha que le supuso encontrar su Estrella Galicia en un colmado londinense regentado por unos indios).

Con la cabina de teléfono roja liquidada por el móvil, con Escocia que se quiere ir y con la gastronomía continental ganando terreno, ¿qué sería de la identidad británica sin sus pubs? Hasta los políticos los adoran y en el Parlamento se ha creado un «lobby» multipartidista llamado «Save de pubs», que ha metido por fin a Adam Smith debajo del grifo. El fin del monopolio cervecero ha castigado las acciones de las compañías que dominan el mercado, con caídas de hasta un 16,8%.