La duquesa de Dúrcal en la corrida de San Isidro de 1973
La duquesa de Dúrcal en la corrida de San Isidro de 1973 - archivo abc

Las intrigas de la duquesa de Dúrcal

Un primo lejano de Alfonso XIII se casó con ella por su fortuna. Bella e inteligente, ayudó al Rey hasta el final. Hoy su bisnieta es princesa

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Leticia Dúrcal era una mujer con dos caras. Quizá con más de dos. Para lo que interesa, dos de ellas se pueden ver, incluso, hoy en día. La primera Dúrcal quedó para la posteridad en un retrato –no fue el único– que Manuel Benedito le dedicó en 1910. Por entonces tenía poco más de 18 años y una belleza que, sin duda, facilitó su impactante irrupción en la sociedad madrileña. Benedito pintó un retrato precioso, de esos que Boldini y Laszlo vendían a decenas en Europa y que, para bien o para mal, han desaparecido de la Historia del Arte. Quizá esta sería su cara más conocida, con la que supo convivir (y que siempre fomentó) durante toda su vida.

Era una mujer hecha por y para la vida social, algo que se vio impulsado por un matrimonio bastante desgraciado con un primo lejano del Rey Alfonso XIII. Su boda en 1912 la convirtió en duquesa, la Dúrcal, algo que no escondía su apellido Bosch-Labrús ni su origen catalán y sus posibilidades económicas (era hija de unos ricos comerciantes). Las guías de sociedad enseguida recogieron su dirección: paseo de la Castellana, 19, buen sitio para entrar en el gran mundo. Esa intensa vida social llena de fiestas y reuniones, bodas, tés y capillas públicas no puede hacer olvidar –como ha confundido a muchos historiadores– que estas mujeres de la aristocracia alfonsina no siempre terminaban su vida en el salón o en el foyer del Real. Y Leticia Dúrcal lo dejó muy claro.

Vértice de un triángulo

Alguien que lo supo ver a su manera fue Anglada Camarasa. El pintor catalán le dedicó un retrato en 1922 donde había muy poco del que realizó Benedito más de diez años atrás. No solo era cuestión de estilo ni del paso de los años. Leticia Dúrcal era más que una mujer de sociabilidad perpetua, y Anglada Camarasa lo transmite en una mirada que hoy sigue impactando en la sala que alberga aquel retrato en el museo Reina Sofía. Seco Serrano dijo de ella que fue de las mujeres más influyentes en la política de los años veinte –junto con la condesa de Casa Valencia y Piedad de Hohenlohe–. Por muy aburrida que nos resulte, la etapa del general Primo de Rivera fue decisiva en los cambios políticos posteriores, y, en sus fracasos y aciertos, Leticia Dúrcal tuvo un papel destacado.

Fue puente entre Madrid y Barcelona durante unos años en los que Cambó parecía solución tanto para Cataluña como para España. Emilia Landaluce, en «Jacobo Alba» (La Esfera), la sitúa como vértice de un triángulo entre Alfonso XIII y el duque de Alba del que surgió más de un intento por cambiar la situación política del país.

De su trato con Jimmy Alba surgió una más de esas facetas que transmiten la complejidad del personaje. En 1926 Leticia Dúrcal fue nombrada presidenta de la Sociedad de Cursos y Conferencias, institución inseparablemente unida a la Residencia de Estudiantes. Aunque a nadie se le escapa que el peso de la misma lo llevó Alberto Jiménez Fraud, la asociación presidida por Dúrcal dio a la Residencia dos elementos de los que hasta entonces carecía: una dimensión internacional consolidada en las conferencias financiadas por la sociedad, que iban de Louis Aragon a Le Corbusier, pasando por Stravinsky; y en segundo lugar, la Sociedad otorgó a la Residencia un perfil aristocrático que hasta aquel momento no había tenido, del que algunos se mofaron, pero sin el cual no se puede entender la institución en el Madrid de los años veinte.

En 1931, Leticia Dúrcal casó a su hija mayor nada menos que con Antenor Patiño, el hijo del «rey del estaño» boliviano. Patiño ya había salvado a más de una familia aristocrática española comprando sus casas en París. La boda, sin duda, aseguraba la posición de su hija en el futuro, y también la continuidad del linaje. Sin embargo, y a pesar de que la duquesa viviera nada menos que hasta los años ochenta, el tiempo de Leticia Dúrcal había pasado. Su figura, a caballo de un mundo social difícil de separar de la política, atenta a la cultura sin pretender domesticarla, resultaba a la altura de 1931 un perfil de otra época.