El embajador y su pareja ofrecieron una fiesta
El embajador y su pareja ofrecieron una fiesta - instagram

James Costos, Michael Smith y el trampolín de su caniche

Gistau describe la fiesta de los embajadores de EE.UU. Empezó en la piscina y acabó en...

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Viernes 26 de septiembre. A la entrada de la residencia del embajador norteamericano, lado de Castellana, un guardia jurado consulta la lista de invitados a la fiesta con la que James Costos y su pareja, el decorador Michael Smith, celebran el primer aniversario de su llegada a Madrid: «Aquí está: Eibisi Newspaper». «Pero tronco, que tú eres de aquí, ¿qué Eibisi?, ¡el Abecé!». Las banderas de todos los estados de la Unión penden de la fachada del edificio, que irradia luces melosas como de chill-out en Ibiza. Algo empieza a no encajar. Más allá del complejo de colado, pues la lista se ha confeccionado consultando las de gays más influyentes –y por lo menos de que no soy influyente sí estoy seguro–, de una fiesta no protocolaria en la embajada norteamericana uno espera a tipos con sombreros Stetson enlazando terneros y disparando contra latas arrojadas al aire mientras suena Dolly Parton. A eso iba uno, al menos. Lo que luego veremos dentro mantendrá a un amigo que frecuenta el turismo épico en las playas de Normandía sumido en profundas reflexiones acerca de si no ha visto un síntoma de relajación imperial comparable a lo que fueron para la República romana las piscinas de lampreas de Lúculo.

En la piscina de Costos no hay lampreas. Devorarían al caniche Lily, que accede al agua mediante un diminuto trampolín que le ha sido instalado. Alrededor de esa piscina arranca una memorable, extraordinaria parranda que luego, a la hora del baile, se mudará hacia el vestíbulo para que Michael Smith pueda danzar a lo gogó para sus invitados en lo alto de una escalera a la que ni Escarlata O’Hara habría sacado tanto provecho. Insisto: la fiesta es extraordinaria. Tanto que, cuando Costos, en su breve discurso a los presentes –un discurso a dos voces, lleno de calidez y de ternura de buena gente, en la que Smith agradecerá haber podido conocer a un rey... y luego a otro–, dice que cualquiera que esté allí puede considerarse un amigo personal de la pareja, estoy tentado de tomarle la palabra y de presentarme en adelante para ver fútbol y series de la HBO con helado y cervezas. Quiero ser amigo de los Costos/Smith. Quiero estar en su círculo. Aunque me digan Eibisi. Porque sólo una noche con ellos en la más bizarra mezcolanza social –veteranos de la Movida/ actores/farándula en general y Marines– me ha hecho sentir como si hubiera vivido con retraso la histórica visita de Andy Warhol a la Movida. Hay algo impagable en la posibilidad de ver a Mario Vaquerizo acercarse pegando saltitos a dos miembros de una unidad de intervención rápida de los Marines basada en Rota que acaban de regresar de una misión «somewhere» en Sudán y gritarles «¡Viva los Marines!» mientras se cuelga de sus cuellos y Alaska y Topacio aplauden y secundan los hurras. A una hora temprana, los Marines de esa unidad se reúnen junto a la piscina, escuchan unas palabras de Costos, cuyo padre sirvió en los Semper Fi, y desaparecen hacia las estancias en las que pernoctarán dejando atrás una estela de suspiros.

La fiesta alcanza a partir de entonces su apogeo. Interrumpo aquí la emisión. A partir de cierta hora, lo que ocurre en las fiestas de Costos se queda en las fiestas de Costos.