Eduardo de Rojas, V conde de Montarco, junto a su hija Blanca, VI condesa
Eduardo de Rojas, V conde de Montarco, junto a su hija Blanca, VI condesa - abc

Los Montarco, una saga entre los ideales y la juerga

Eduardo de Rojas fundó la Falange con José Antonio Primo de Rivera, su abuela terminaba de copas con los serenos tras las fiestas en su casa. Ana de Rojas cuenta a ABC los secretos de su familia

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Guadapero es un pueblo salmantino al que se llega tras recorrer seis kilómetros de camino asfaltado. Allí se fue a vivir hace ocho años Ana de Rojas Pardo-Manuel de Villena, 70 años. Buscaba un lugar en el campo, y esta pedanía era idónea al estar alejada de todo. Ana de Rojas vive con siete gatos y una perra llamada Pepa, tiene amigos en todo el pueblo y, pese a la menudez de su cuerpo (apenas levanta 160 centímetros del suelo), es la vecina más ilustre del lugar. No en vano, es la hija pequeña del conde de Montarco y María Pardo Manuel de Villena Jiménez. Mientras prepara un libro sobre las condesas de Montarco a lo largo de la historia, Ana recibe a ABC en su casa.

El condado de Montarco llegó a manos de los Rojas cuando aún se podían comprar títulos. Clemente de Rojas lo adquirió para saldar una deuda de Juan Francisco de los Heros y de la Herrán. El título, que fue concedido por Carlos IV en 1798, se depositó en manos de una familia presente en momentos claves de la Historia de España.

Es del V conde de quien Ana tiene más recuerdos. Eduardo de Rojas era su padre, murió a los 96 años y su vida ocupó tanto páginas en la sección de política de los principales diarios como en el papel cuché. Se volcó en la agricultura y fue columnista de ABC. Amigo personal de José Antonio Primo de Rivera, juntos fundaron la Falange. Por sus ideales se alistó en la División Azul y estuvo detenido en Bielorrusia. Fue durante el encierro cuando conoció a Ramón Serrano Súñer, a quien le uniría una amistad durante años. El Conde solía escribir todos los días en unas pequeñas agendas, en una de ellas reflexiona: « He visto a Ramón, parece que lo suyo con Sonsoles (de Icaza) va en serio».

En los años cuarenta, el conde y María Pardo de Villena formaron su familia, con seis hijos. La mayoría del tiempo lo pasaron en el palacio de Ciudad Rodrigo, ahora habilitado como lugar para bodas. Ana pasea por sus estancias como por casa. La hija pequeña del matrimonio recuerda cómo uno de los cuartos era «la habitación de Fraga», porque el político se hospedó allí durante un viaje. «También vino una vez Loyola de Palacio, aunque la casa estaba a punto de caerse». Pero los invitados más ilustres de palacio fueron el Duque de Windsor y Wallis Simpson. Tentados por la promesa de que si Eduardo VIII conseguía un acuerdo entre Gran Bretaña y Alemania Hitler le devolvería el trono, el matrimonio estuvo cuatro semanas en el palacio.

Quizá el carisma de «el conde», como llama Ana a su padre, era una mezcla de los acontecimientos que vivió y la genética. Antes de él hubo cuatro condes. Manuel de Rojas y Lafer fue el segundo. Su padre, Clemente, había comprado el título y era hijo único. Trabajó como escribano de Fernando VII y se enamoró de Isabel Alonso Aranda, su amante. Se casaron en marzo de 1836. Dos meses antes había nacido su primogénito y heredero del título: Eduardo de Rojas Alonso.

Serenos y aristócratas

Eduardo fue diplomático y político. Pese a que algunas crónicas destacan su inteligencia, la opisición le bautizó con el nombre de «conde de Tontarco». Alelado o no, lo cierto es que sabía disfrutar de la vida.

Escogió a su mujer, Carmen Vicente Ortega, cuando la vio pasar en un landó. «Con ella me voy a casar», dijo. Y lo hizo, en 1868, sin el permiso del padre de la novia. El matrimonio unió el condado con la fortuna de ella. Se instalaron en la quinta Santa Engracia, en el centro de Madrid, mandaron a Cecilio Rodríguez el acondicionamiento de los jardines, compraron casi todas las propiedades de Monte Igueldo, en San Sebastián, y construyeron la primera piscina de la capital en su finca de Vaciamadrid. En los 29 años de matrimonio tuvieron nueve hijos.

La primogénita se instaló en un pabellón de la quinta de Santa Engracia y, una vez casada con el conde de Villamonte, se convirtió en un alma crápula. Tenía una aristocrática pandilla con la que salía a cenar y bailar. Cuando sus ilustres contertulios se marchaban a casa, ella se quedaba departiendo con los serenos. «Ustedes abren demasiado temprano los portales», les reprochaba.

Esta amistad le valió para que durante la guerra, instalada en San Sebastián, los milicianos de la CNT le consiguieran coches para seguir sus juergas. Mientras, su hijo Carlos se malcriaba con los condes de Montarco. Carmen Vicente le dejó de heredero universal en perjuicio de sus hijos.

Aunque no heredó la fortuna de su madre, Manuel Rojas Vicente sí obtuvo el condado. Ana se refiere a él como «el bueno». El conde tuvo que sufrir el abandono de su mujer. Manuel se casó en 1908 con Blanca Ordóñez Lecaroz. La joven era hija de Ezequiel Ordóñez González, un rico hombre de negocios del que se conservan numerosas fotografías, y Juana María. Su madre era una mestiza que nació tras una noche de amor en Manila entre Juan Francisco Lecároz, de 59 años, y Sebastiana Anareta, de 19. Su padre no la reconoció hasta su muerte. La condesa de Montarco siempre renegó de su madre.

Ezequiel conoció a Juana María cuando se marchó a Filipinas para fundar la fábrica de cerveza San Miguel. De su amor nacieron Jaime, Blanca y Enrique. La niña, que se convertiría años después en condesa de Montarco, mostró su rebeldía desde pequeña. Así, Ana conserva cartas de Don Ezequiel en las que reprocha el comportamiento de su hija en el internado donde fue educada. «¿Qué haría yo, hija mía, para que cambiaras de carácter? Porque no se trata de que hayas cometido faltas que merecen el nombre de graves, la gravedad es que faltas por sistema, pensándolo y calculándolo».

La dureza de las palabras de don Ezequiel hicieron reflexionar a Blanca, que se casó en 1908 con Manuel «el bueno». Pero la formalidad se quebró entre 1915 y 1917. Blanca se fugó con el diplomático extremeño Francisco Marroquín. Llegó a París para vivir durante treinta años con el que siempre consideró el amor de su vida. Además de abandonar a sus tres hijos, nunca reconoció a su madre como propia.

Eduardo de Rojas Ordóñez fue el V conde de Montarco. Nació en 1909 y murió en 2005. En 1931 contrajo matrimonio con María Pardo-Manuel de Villena y Jiménez. La boda se celebró en la parroquia de San Jerónio el Real en una ceremonia a la que solo acudieron el tío de Eduardo y la hermana de María.

Más allá de su trabajo en favor del campo y como político, muchos recuerdan a Eduardo de Rojas por su último matrimonio, el que le unió con Charo Palacios. Aunque en 2005 el título pasó a manos de Blanca de Rojas, muchos reconocen en la musa de Elio Benhayer a la condesa. Las desavenencias entre Charo, condesa viuda, y la primera familia de el conde es manifiesta tras un reportaje publicado por la revista «Vanity Fair». «Nosotros hemos callado mucho y ellos no van a responder porque no les conviene», deja entrever Ana, aunque no quiere entrar en detalles.

El título lo ostenta desde hace unos meses Eduardo Zuazo, que tiene una sola hija, sobrina nieta de Ana de Rojas, Paula. Algún día será la VIII condesa de Montarco y llevará en sus apellidos parte de la historia de España.