Esther Arroyo, la pasada semana en Marbella
Esther Arroyo, la pasada semana en Marbella - FRANCIS SILVA

Esther Arroyo: «No quiero mirar atrás, solo pido que me dejen rehacer mi vida»

La actriz y modelo habla con ABC de las razones que han llevado a aplazar el juicio por el accidente de tráfico que sufrió hace seis años

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Tiene Esther Arroyo (46 años) una carcajada que es una azotea llena de ropa blanca, por eso cuando me recibe en su casa con sonrisa prieta se le adivina la pena llamando a los labios. Me ofrece una infusión relajante, que se ha acostumbrado a ingerir como agua. Tras seis años de espera, con mochila de calmantes, antidepresivos y esperanzas aplazadas, se ha pospuesto el juicio por el accidente de tráfico que en octubre de 2008 costó la vida a su amigo Ulises y dejó secuelas a su marido, y por el que a ella a punto estuvieron de amputarle la pierna.

-¿Por qué se ha aplazado el juicio, Esther?

-Porque Pelayo, la aseguradora, argumentó que había recibido una documentación por sorpresa que le producía indefensión, cuando lo cierto es que desde 2010 dispone de ella. Si nadie lo remedia, el 10 de octubre se cumplirán seis años de espera, en parte por negligencia del juzgado de Barbate, en parte por desinterés de la aseguradora en negociar.

-Pero la versión que ha trascendido les hace responsables del aplazamiento a ustedes…

-Sí, soy la víctima, pero se me quiere hacer parecer culpable, como si mis pretensiones fueran desproporcionadas. Se intenta, además, que el causante del accidente parezca otra víctima. Como consecuencia del golpe sufrió lesiones, pero fue su imprudencia la que causó la colisión. Aquí la que está tomando decisiones que arriesgan la libertad de su asegurado, con el fin de limitar el pago de las indemnizaciones, es la aseguradora.

-Y esos seis millones de euros de los que se habla…

-Es lo que el juez ha obligado a ingresar como fondo en el juzgado, no lo que yo pido. Lo que a mí me corresponda lo decidirá el juez si no se llega a un acuerdo.

«Yo me he despedido de mi profesión, de mi salud y de muchos sueños»-¿Qué reclama?

-El derecho a rehacer mi vida, porque recuperarla es imposible. No percibo ningún ingreso, la invalidez permanente me impide desempeñar el trabajo que hacía, y además tengo gastos de rehabilitación de por vida, porque mi pierna se me acorta dos centímetros cada dos por tres. Pelayo pretende que acabar con mi carrera profesional resulte poco menos que gratuito, además de someternos a las víctimas a una estrategia de desgaste.

-¿Qué sintió usted cuando le comunicaron el aplazamiento del juicio?

-Empecé a dejar de oír, creí que me desmayaba, sentí un dolor que no es comparable al dolor físico de todos estos años.

-Dice Vila Matas que para sobrellevar la vida hay que convertirse en un perito de las despedidas.

-Yo me he despedido de mi profesión, de mi salud, de muchos sueños, pero no tuve la oportunidad de despedirme de mi amigo fallecido, ni tampoco me dan la oportunidad de despedirme del pasado.

«Desde el aplazamiento el día a día ha vuelto a ser un horror»-¿Tiene la sensación de que le han robado seis años?

-Sí, la sensación de haber perdido los años más bonitos de mi vida, porque siempre he creído que, para la mujer, los 40 son una edad maravillosa, con tu madurez, tu seguridad, tu experiencia... Entraba en una etapa con el equilibrio profesional y personal que siempre quise, y he acabado medicada y necesitada de tratamiento psicológico.

-¿Ha llegado a no reconocerse?

-Cuando pierdes tu fuerza, tu personalidad, tu energía, es inevitable. He luchado por vivir el día a día, sin esperar, y lo conseguí gracias a la última operación. Aunque sigo con dolores, puedo hacer una vida más normal. Antes no podía ni cocinar. Pero desde el aplazamiento el día a día ha vuelto a ser un horror. Me despierto queriendo que llegue la noche. El primer impulso de la mañana es tomar algo para dormir el día entero.

-En esos días que piden solo noche, ¿qué le dice uno a la pareja?...

-A mi marido le pido paciencia y le pido perdón porque no soy capaz de llevar muchas veces esta situación y entiendo que la carga es para todos. Siento que no puedo aportar nada, ni económicamente ni personalmente, y me siento culpable. También le pido perdón a mi madre, a mi familia.

-¿Entiende su hija pequeña lo que le pasa?

-He tenido que hablar con ella para explicarle que mamá no está enfadada con ella -Esther rompe a llorar-. Imagínate la situación, que hasta mi hijo de 20 años se ha ofrecido a mandarme una beca que ha conseguido por sus buenas notas.

«Un lujo hoy es pagar la luz o ir a hacer la compra»-Cuando solo se subsiste, tiene uno la sensación de que no existe. ¿Qué es para usted hoy un lujo?

-Pagar la luz, ir a hacer la compra, un regalo para mi hija... Hasta hemos querido mudarnos a una casa más económica, pero no hemos tenido para la mudanza.

-¿Cómo lucha contra esa fatiga, que diría Celaya, de los días repetidos?

-Con lectura. No he leído tanto en mi vida. Aunque mi madre intentó que lo hiciera desde pequeña, no leí mi primer libro hasta los 18. Cuando lo terminé me pregunté qué había estado haciendo tantos años sin leer -se ríe por primera vez, una risa verdadera, un eco dispuesto sobre un mantel.

-¿Alguna vez, viendo la tele, se dice: «Lo bien que estaría yo ahí»?

-Intento no desear lo que no puedo tener. Me pasó con los zapatos de tacón, porque solo puedo usar zapatillas, y me pasa con la tele, pero hay muchas veces que veo una serie, un personaje, un programa que me gustaría hacer. Más frustrante aún ha sido rechazar ofertas; además, estaba a punto de hacer teatro. Pero no quiero mirar atrás, lo que reclamo es mi derecho a mirar hacia delante.

-¿Cómo le gustaría que fuera el final de este cuento para no dormir?

-El que sea, pero mañana. O ayer. No pido ni mi salud de antes, ni mi pierna de antes ni mi trabajo de antes, tampoco puedo pedir al amigo que perdí; solo pido que me dejen rehacer mi vida.

Esther posee un tipo de belleza que las lágrimas no diluyen, pero estos seis años han dejado en ella esa forma de caminar que tienen los niños a los que un día tras otro roban el bocadillo del recreo, que es, como la vida, una ilusión entre lección y lección. La espera de Esther recuerda a aquella otra del coronel de García Márquez, quince años aguardando por una pensión. «¿Y mientras tanto qué comemos?», le preguntó su mujer. -«Mierda».