Marina Dodero, amiga y confidente de Cristina Onassis, posa para ABC en su casa de Buenos Aires
Marina Dodero, amiga y confidente de Cristina Onassis, posa para ABC en su casa de Buenos Aires - foto: tadeo jones

Marina Dodero: «Cristina Onassis no se suicidó. La mataron los refrescos de cola»

La mejor amiga de la heredera griega habla en exclusiva para ABC sobre los últimos días de Onassis: «Bebía veinticuatro Coca-Colas diarias y por eso no dormía»

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Veinticinco años. Ese es el tiempo que lleva la «socialité» argentina Marina Dodero custodiando los secretos de su íntima amiga, la multimillonaria griega Cristina Onassis (1950-1988). Se conocieron en las exclusivas playas uruguayas de Punta del Este durante el verano de 1966. Marina tenía 17 años, y la hija de Aristóteles Onassis, 15. «Desde entonces, nunca más nos separamos. Estuve con ella hasta el final», dice Marina en exclusiva para ABC.

El apellido Dodero está muy vinculado al de Onassis, al del emigrante griego que levantó un imperio naviero en el Buenos Aires de los años veinte del siglo pasado. Nada menos que diez veces aparece citado Alberto Dodero, abuelo del exmarido de Marina, en «Ari», la biografía de Onassis escrita por Peter Evans. Según el autor del «best seller», fue Dodero quien bautizó a Aristóteles como Ari. Los rumbos de ambas dinastías de armadores quedaron unidos para siempre. Fue en la casa bonaerense de Alberto Dodero Jr., nieto del amigo de Onassis, donde murió Cristina un caluroso día de noviembre de 1988, víctima de un edema pulmonar. Su confidente, Marina, fue quien la encontró sin vida en la bañera.

«Me ofrecieron escribir libros y hacer muchas entrevistas. ‘‘Paris Match’’, ‘‘¡Hola!’’, ‘‘Life’’, los estudios Paramount... Durante veinticinco años todos me han preguntado sobre Cristina, sobre su muerte, sobre sus adicciones, sobre sus amores. Y siempre he dicho que no. Ahora estoy escribiendo un libro en el que voy contar la verdad, pero sin maldad», aclara en una conversación telefónica con ABC desde su piso en el barrio porteño de Recoleta. Las memorias, que se titulan «Mi vida con Cristina Onassis» (Random House), se publicarán en abril de 2014. Serán veinticinco capítulos, uno por cada año de silencio de Marina.

—¿Alguna vez la Fundación Onassis le pidió que no hablara de Cristina?

—¡Jamás! Solo una vez me pidieron, a través de la Iglesia ortodoxa, que hablara mal de Thierry Roussel, el cuarto marido de Cristina y padre de Athina. Recibí presiones de la Iglesia, de la Fundación e incluso del Gobierno griego, y yo obviamente dije que sí, que hablaría mal de Thierry. Organizaron una rueda de prensa, pero yo escapé a Brasil. No podía decir «no» a los Onassis, pero ¿cómo iba a decir algo en contra de Thierry? Si decía algo, me demandaba.

—¿Cristina tenía caprichos de rica?

—Se compraba las faldas en Yves Saint Laurent y después iba a Dior y decía: «Hágame esta misma falda en veinte colores». ¡Y se las hacían! Tenía un presupuesto de cuatro millones de dólares anuales para vestuario. Pero, para ser la mujer más rica del mundo, no gastaba como una loca. No despilfarró la fortuna de su padre, supo conservarla.

—¿Fue una «pobre niña rica»?

—Fue rica y gracias al dinero hizo todo lo que le dio la gana. Pero Barbara Hutton hizo cosas mucho peores y nadie la llamó «pobre niña rica».

—De hecho, la frase «pobre niña rica» nació con Barbara Hutton.

—¡Es verdad! (Risas). Cristina tenía auténtico pánico, pavor, de terminar como Barbara Hutton. Era una de sus obsesiones.

—¿La prensa fue injusta con ella?

—En muchos momentos, sí. No dudaban en publicar fotos de ella cuando estaba muy gorda. En cambio, a Jackie Kennedy la cuidaron muchísimo.

—Entonces es verdad que Cristina sufrió mucho su lucha contra los kilos...

—Sí, vivía a dieta y cuando se salía de ella engordaba. Yo la acompañé muchas veces a la clínica Buchinger en Marbella. Se quedaba diez días en cama y no le daban de comer. Allí bajaba de peso, pero era una batalla perdida. Tomaba veinticuatro Coca-Colas al día.

—O sea, una por hora...

—Sí, era una tras otra durante todo el día. Eso fue lo que realmente le provocó o le aceleró la muerte.

—Entonces, ¿cree que la Coca-Cola mató a Cristina?

—¿Usted sabe lo que es beber veinticuatro Coca-Colas diarias? Es una bomba de cafeína. Cristina no se suicidó. Bebía mucha Coca-Cola y, como después no podía dormir, tomaba somníferos para conciliar el sueño. Era dramático.

—La prensa fue injusta con ella. ¿Y los hombres?

—No todos. Más bien ella fue injusta con los hombres. Su primer gran amor fue mi primo, Peter John Goulandris. Ella le hizo las mil y una. Es mentira que los hombres la utilizaran.

—Usted fue testigo de la boda de Cristina y Thierry Roussel. ¿Cómo fue?

—¡El horror! La noche antes de casarse Cristina me confesó que Thierry no quería la separación de bienes. Yo le dije: «Estás loca», y ella me respondió: «Sí, estoy un poco loca, pero le quiero». Cuando el juez anunció que la boda era sin separación de bienes, se escuchó un «¡ohhh!» de todos los invitados. Le dijimos: «Cristina, ni las mucamas se casan sin separación de bienes». La fiesta fue como un funeral, todos queríamos matar a Thierry.

—¿Él era un poco interesado?

—Mire que es buen periodista (risas)... ¿Un poco interesado? El padre de Thierry le dijo: «O te casas con Cristina o con Nabila Khashoggi». Y eligió a Cristina. Ese era el arreglo. Tuvo la suerte de casarse con una mujer que lo amaba. Si él hubiera sido un buen hombre con ella, la historia de Cristina habría sido otra. ¡Que Dios lo juzgue!

—¿Fue Thierry el hombre de su vida?

—Ella lo amaba. Pero al otro lado del río, en Ginebra, se estaba engendrando Erik, el hijo de Thierry y Gaby Landhagei. Dicen que Erik tiene dos años de diferencia con Athina, pero es mentira. Solo se llevan tres meses.

—Thierry viajó a Argentina a buscar el cadáver de la heredera y lo llevó hasta la isla de Skorpios, en Grecia. ¿Estaba triste?

—Los franceses no son muy tristes. Él ya sabía que Cristina se iba a casar con mi hermano, Jorge Tchomielkgjoglou. Cristina se comprometió dos días antes de su muerte y me dijo que tenía mucho miedo de que Thierry le hiciera un chantaje para quitarle a Athina.

—¿Los últimos días estaba feliz?

—Muy feliz. Mi hermano Jorge y ella estaban construyendo una casa en Buenos Aires y querían comprar otra de fin de semana en el «country club» Tortugas, a las afueras de la capital. Su sueño era vivir aquí con Athina. Sentía que este era su lugar en el mundo y que nosotros éramos su familia. Ella intuía que algo no estaba bien, que algo malo le iba a ocurrir, y quería que nosotros nos hiciéramos cargo de Athina.

—Pero tras la muerte de Cristina nunca más vio a Athina...

—Nunca más. Y me duele en el alma. Thierry hizo lo imposible para que no nos veamos. Tanto hizo el padre, que ahora ella ni lo ve. En el momento que murió Cristina, Athina fue despojada de todos los recuerdos de su madre.

—Ahora que Athina es mayor, ¿ha intentado hablar con ella?

—Athina no quiere saber nada ni de la familia ni de los amigos de su madre. Yo creo que su marido, Álvaro de Miranda, tiene mucho que ver con ello. No sé cuál de los dos males es peor: el padre que la apartó de su familia o el marido. Porque Athina está muy apartada. Y la venta de Skorpios ha sido la gota que colmó el vaso. ¡Vendió la isla donde están enterrados los huesos de su abuelo, de su madre y de su tío!

—¿La hija sigue los pasos de su madre?

—No. Athina no está cometiendo errores. Está casada con un señor y se comporta bien. No sé por qué no tiene hijos... Los caballos le gustan demasiado.