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La nueva edad de oro de las exministras de Zapatero

Además de haber legado perlas verbales («brotes verdes» o «acontecimiento planetario»), han rehecho su vida profesional, solas o con ayuda de otros

Día 17/11/2012 - 14.28h

Vive más relajada y no le preocupa en absoluto el aluvión de murmuraciones sobre sus cambios de look. Con cardado insólito o con alguna arruga de menos, María Teresa Fernández de la Vega, la correosa escudera de José Luis Rodríguez Zapatero durante seis largos años, ha diseñado un retiro a su medida, templado y sin estridencias. El jueves asistió en la Sala Berlanga de Madrid a la proyección de la película "Imani", de Caroline Kamya, dentro de su actividad como presidenta de la fundación "Mujeres por África". "Ahora está en su salsa -dicen en su entorno- dedicada a la igualdad. África la atrapó y ha luchado mucho por ese proyecto".

Por las mañanas, la ex vicepresidenta del Gobierno acude regularmente a su despacho del Consejo de Estado, órgano del que es miembro permanente (o sea, de por vida) gracias a su currículo de jurista y a que así lo decidió el Ejecutivo de Zapatero. De la Vega cobra por ese desempeño algo más de setenta y seis mil euros al año que, garantizan sus allegados, son sus únicos ingresos.

No cobra ni un duro por el trabajo para su Fundación, a la que ha logrado atraer patronos de relumbrón como Emilio Botín, Isidoro Álvarez, Juan Miguel Villar-Mir, Florentino Pérez o Borja Prado. Pellizcos de IBEX al servicio de proyectos de desarrollo porque, según sus colaboradores más estrechos, "siempre ha tenido claro que se mantendrá en el servicio público. Jamás se ha planteado ser consejera de una empresa privada ni nada de esa naturaleza". Una puntada con hilo para colocarla en las antípodas de Elena Salgado, precozmente reinsertada en la empresa privada.

Dos años después de su salida del Gobierno (aunque "no para quieta, ella es así"), Fernández de la Vega ha logrado también recuperar tiempo para su afición al cine y a las largas caminatas al aire libre.

El «autoempleo» de Pajín

En paralelo, Leire Pajín eligió el más planetario de los días del año (el 4 de julio) para anunciar que dejaba su escaño en el Congreso y se marchaba a hacer las Américas, al fichar por la Organización Panamericana de la Salud. "Cumplo un sueño", escribió la exministra de Sanidad en el último mensaje de su ahora durmiente cuenta de Twitter, antes de instalarse confortablemente en Nueva York, a cubierto del apartheid rubalcabista después de haber apoyado a Carme Chacón.

El cargo que ahora ocupa es, según algunos, una curiosa modalidad de autoempleo: durante su etapa en el Gobierno, Pajín financió con 41 millones de euros a la OPS, dependiente de la Organización Mundial de la Salud, y ahora esa entidad la tiene contratada (de momento, por seis meses, prorrogables), en un caso calcado del de Bibiana Aído.

Así, al tiempo que las dos perfeccionan su inglés, han desaparecido de la escena pública española, aunque con matices, al menos en el caso de Pajín. Es probable que reaparezca en público en el ya inminente puente de la Constitución en Benidorm, donde el Ayuntamiento la homenajeará en calidad de hija de la ciudad que ha logrado llegar a ministra. También se agasajará en ese acto, por el mismo motivo, a Eduardo Zaplana.

Sin fiestas de Benidorm

En este tiempo, Pajín ha viajado un par de veces desde Estados Unidos a Alicante para visitar a su familia y amigos, aunque ha faltado en las recientes fiestas patronales de Benidorm, de las que era asidua.

Desde la distancia, sin embargo, conserva una enorme capacidad de influencia en el seno del PSPV (del que fue elegida vicesecretaria general en abril, tres meses antes de su tocata y fuga rumbo a la OMS), y se halla en un evidente compás de espera.

Solo tiene treinta y seis años. Llegó a diputada con veintitrés y a ministra con treinta y cuatro, con una licenciatura en Sociología y ninguna experiencia profesional fuera de la política como magro equipaje.

En un organismo en el que los cargos de gestión son técnicos del sector sanitario en lucha contra el paludismo o el VIH, Pajín justifica su presencia por su bagaje en cooperación, dado que, antes de ser ministra, fue secretaria de Estado en la materia, y mantuvo vínculos muy intensos con Iberoamérica.

Ella asegura que su labor es de coordinación entre los distinos agentes de Naciones Unidas para sacar adelante los objetivos de desarrollo del milenio, un cometido, según fuentes del sector sanitario, "nada concreto, dado su marcado perfil político. Se encarga de buscar financiación para proyectos y no figura en el organigrama de la OPS porque no ocupa ningún puesto de gestión. Simplemente, se le debían los favores recibidos y ha sido recompensada con una asesoría de lujo". Los sueldos en este tipo de puestos se sitúan en el entorno de los 150.000 euros al año.

El veloz fichaje de Salgado

Llamativo, aunque por otras razones, es también el caso de Elena Salgado, quien solo tres meses después de dejar la Vicepresidencia económica del Gobierno ya había fichado por Endesa. La exministra adujo (y coló) que no le afectaban las incompatibilidades porque su nombramiento era el de consejera de Chilectra, la filial de Chile, y, por tanto, no entraba al servicio de una empresa radicada en España.

Tras esa maniobra legal pero dudosamente ética y nada estética, Salgado se embolsa unos 70.000 euros al año de la eléctrica, ingresos que desde abril complementa además con los de su incorporación al consejo asesor de Abertis. En este caso, ni siquiera necesitó someterse al escrutinio de la Oficina de Conflictos de Intereses adscrita al Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas porque ya era consejera de esa empresa cuando fue nombrada ministra.

Según la actual legislación, los exministros no pueden trabajar para la empresa privada hasta dos años después de dejar el cargo, y por tal motivo tienen derecho a percibir el 80 por ciento de su sueldo durante ese periodo. Una normativa aparentemente estricta que ha acreditado sus escandalosos agujeros en el caso Salgado, pese a que nadie dude (a diferencia de lo que suele ocurrir en los casos de Aído y Pajín) de su formación, ya que es ingeniera industrial, licenciada en Económicas y habla fluidamente francés e inglés.

Fuera de la esfera pública, pese a haber legado al Gobierno del PP un déficit desorbitado y a haber predicho inexistentes "brotes verdes", puede seguir manteniendo con desahogo su coqueto apartamento en Niza y cultivando su afición a la escalada en parajes exóticos. La exministra presume de haber hollado la cumbre del Kilimanjaro. También practica el "bikram", sudorosa modalidad de yoga a altas temperaturas.

Atípica Garmendia

La donostiarra Cristina Garmendia no se ajusta a ninguno de los tópicos más extendidos sobre los altos cargos del zapaterismo. Tiene una brillante carrera profesional, un sólido currículo académico (es doctora en Biología y MBA por el IESE), un historial empresarial de éxito y jamás había estado en política antes de ser ministra. Cuando se publicó en el BOE su declaración de bienes (4,7 millones de euros de patrimonio) se puso de manifiesto una posición más que acomodada, por razones familiares (procede de una familia de empresarios y está casada con el armador Rubén Celaya) y por su propio éxito en los negocios.

Una vez dejado atrás su ejercicio como ministra de Ciencia e Innovación, Garmendia ha vuelto a enfrascarse en sus asuntos, que no son otros que las empresas de biotecnología agrupadas en el holding Genetrix. De hecho, acaba de cerrar una ambiciosa operación: la empresa de Genetrix X-Pol Biotech (en la que la exministra es socia de la investigadora Margarita Salas) acaba de comprar la compañía alemana Sygnis, cotizada en Bolsa y especializada en la investigación de la demencia.

Además, Garmendia ha invertido hace unos meses la red social Bananity, creada por el "niño prodigio" de la era digital Pau García-Milá y de la que es también socio el showman televisivo Andreu Buenafuente.

Pese a su intensa actividad, la exministra ha podido refugiarse de la sobreexposición pública en su confortable chalé de La Moraleja, donde vive con su esposo y con sus dos hijos, Ander y Teresa. Su última aparición pública sonada tuvo lugar en los Premios Príncipe de Asturias, en los que participó como miembro del jurado. Con su estupenda percha pero con un conjunto menos favorecedor de lo que es habitual en ella, no deslumbró como otras veces. O no quiso llamar la atención.

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