Uno de los platos de Mouth Arcade
Uno de los platos de Mouth Arcade - ABC

En la mesa sí se juega

Un proyecto neoyorquino a medio camino entre el arte, el diseño y la gastronomía desbarata las convenciones sobre la forma en la que comemos

NUEVA YORKActualizado:

«El objetivo es deconstruir la narrativa de una experiencia gastronómica», proclama desde un estrado Andy An detrás de unas gafas de sol de pasta azul con ocho lentes (las ha diseñado y construido él con su propia impresora 3D). Es la sesión inaugural de Mouth Arcade, un proyecto a medio camino entre el arte, el diseño y la gastronomía, y se celebra en una diminuta galería en la calle 14, una de las principales arterias de Manhattan.

La sala está bañada de luz violeta y llena de gente dispuesta a cuestionar la forma en la que nos relacionamos con la comida. «Esto es como una especie de circo, hay mucha energía», dije Andy, de aspecto pueril y optimismo californiano. Estudió diseño industrial en Pratt, uno de los centros punteros de EE.UU. en este campo. «Pero sabía que yo no me quería poner a diseñar batidoras», dice. Hace dos años, empezó a experimentar con su impresora 3D y con silicona para moldes de comida. De su cabeza salió la idea de comida en forma de dado, y del dado la idea de explorar nuestras convenciones culinarias desde el juego, el azar o la interacción con otros. Son ideas que la alta cocina ha explorado, pero que aquí se llevan al extremo.

La primera sesión de Mouth Arcade fue bautizada como «Meal of Fortune» (o «Comida de la fortuna», un juego de palabras con «Wheel of Fortune», el programa televisivo «La ruleta de la fortuna»). No hay mesas, ni entrantes, ni camareros, ni postres. En el minúsculo espacio se reparten varios juegos que los comensales deben ejecutar (también hay máquinas de videojuegos de aspecto ochentero y temática gastronómica). Su habilidad o su fortuna determinarán el plato. Uno de ellos es una pequeña bolera, en la que los bolos son tres saleros con diversos aderezos: polvo de berenjena asada, mezcla de sales y centeno. Al derribar los bolos, estos dejan caer su contenido sobre una rejilla, debajo de la cual está el plato: una espectacular ensalada de remolacha y crema de otros tubérculos. En función de cómo caigan los bolos, el plato recibirá más o menos aderezo, o en una u otra zona.

«Dados comestibles»

Otro de los juegos es «Dados Comestibles»: se colocan dos dados de paté de naranja sobre una cinta que, al activarse, lanza los cubitos al vacío; el comensal los recoge en su plato y, en función de la cara del dado que le haya tocado, se cubre con seis guarniciones diferentes.

El único que no juega es Theo Friedman, un cocinero dedicado a la experimentación y que tiene su propio proyecto, Theory Kitchen, cenas pop up con menús de degustación en salones de casas. Pregunta si hay algún lugar excepcional de comida española en la ciudad mientras fríe gnocchi de sémola. «Me lo esperaba», responde cuando recibe la respuesta negativa. Sus gnocchi forman parte del tercer juego, el «Teatro del Mordisco»: es un experimento interactivo para cuatro personas, sentadas en una mesa, delante de tres platillos de salsa.

La mesa está presidida por una pantalla en la que se proyecta un videojuego. En función de qué salsa eligen los comensales para untar sus gnocchi, el personaje del videojuego realiza movimientos. Es otro elemento ajeno al de una comida convencional: elegir la salsa no por lo que te gusta o apetece, sino para coordinarte con otros y ejecutar un juego. Aquí se mezclan y cohabitan los comensales, que conforman un paisaje puramente neoyorquino: una estudiante japonesa con sus padres de visita, que se pasan la noche sin sacudirse su gesto de extrañeza; dos analistas de Wall Street que dicen buscar siempre «una experiencia diferente en la ciudad»; un ex ingeniero griego que ahora ofrece guías relacionadas con la comida; dos novios que parecen aburridos, él con un anillo de Princeton como el que luce Ted Cruz; o dos artistas chinos que preparan una performance en la estación Grand Central. Algunos salen encantados, otros estupefactos, pero comparten la misma sensación: no tienen claro si han cenado o no.