Anvhoas, el plato de hoy
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El Rey Carlos I de España y las anchoas

Fue una figura que dominó su tiempo, y más que un gourmet, era un tragón con ansia

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Con la abundante literatura que existe sobre nuestra figura de hoy, es casi ocioso escribir algo más. Digamos que Carlos I de España (poco) y V de Alemania (demasiado para los intereses españoles) fue una figura que dominó su tiempo, en el que coincidió con grandes reyes como Enrique VIII de Inglaterra, Francisco I de Francia, Solimán el Magnífico… Durante su reinado, el mundo cambió. En casi todo: nuevas tierras, nuevos pueblos, nuevas formas de entender la religión…

Probablemente si Carlos se hubiera desentendido del conflicto religioso de su tiempo las cosas hubieran rodado mucho mejor para España; pero eso es fácil decirlo medio milenio después; entonces las circunstancias eran otras. En cualquier caso, lo más importante de la Conquista de las Indias (México, Perú…) sucedió durante su reinado, que nominalmente compartió hasta 1555 con su madre, Juana I de Castilla, por mal nombre «la loca». Abdicó en 1556, y se retiró a Yuste.

A comer bien, se dice. Carlos, más que gourmet, era un tragón: comía y bebía con ansia. Padeció de gota en estado avanzado; es quizá el principal culpable de que esa enfermedad sea considerada «de reyes». Una cosa que le gustaba sobremanera eran las anchoas en salazón, que se hacía llevar por delante, en barriletes, a sus numerosos destinos, y que acompañaba con la bebida que él introdujo en España de su Flandes natal: la cerveza. Por otra parte, en su reinado llegaron a España prácticamente todos los nuevos alimentos hallados en las Indias Occidentales.

Anchoas con jamón ibérico

Las anchoas de Carlos I no eran las cántabras de ahora, en aceite de oliva; eso es cosa del siglo XIX. Pero nosotros sí que las podemos disfrutar, aprovechando que es una de las mayores y más características delicias, con el jamón ibérico, de la despensa española. Combinando Indias y Cantabria, nada mejor que servir unos maravillosos filetes de anchoa en aceite de oliva sobre un aguacate, venido en aquel tiempo de lo que era la Nueva España, a condición de que el fruto esté en su punto perfecto de madurez, ni un poquito antes ni un pelín después. En esas condiciones… lo que se perdía el Emperador.