Don Álvaro Cunqueiro y el cocido
Cocido gallego - abc

Don Álvaro Cunqueiro y el cocido

El escritor gustaba tanto de la gastronomía que escribió «La cocina cristina de occidente»

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Si digo que la literatura gastronómica española tiene su cumbre en la obra de don Álvaro Cunqueiro probablemente esté exagerando un poco (muy poco, ténganlo por cierto), pero estaré haciendo de menos la genial obra no gastronómica de este fenómeno de las letras españolas y gallegas, poseedor de una erudición tal que le permitió no distinguir lo cierto de lo creado, lo histórico de lo fabuloso; Cunqueiro ideó un mundo mágico, mezcla de su Galicia natal, el Camelot artúrico, el Imperio Romano de Oriente, el Sacro Imperio Romano-Germánico… Y no sólo lo ideó: lo hizo de tal manera, tan perfectamente, que fue capaz de vivir en él… y contarlo.

Cunqueiro es algo así como Merlín, su queridísimo Merlín, metido a escritor: mágico. Leerlo, en castellano o en gallego, es un placer; es adentrarse en un mundo, como decimos, mágico, pero en el que la magia no impide atender a necesidades más prosaicas; por encima de todas ellas, la comida. La gastronomía. Cunqueiro nos lleva a mesas soñadas, sobre todo en su imprescindible «La cocina cristiana de Occidente», mesas que se alternan con otras bien reales; la cuestión es que el lector distinga unas de otras, cosa no siempre tan sencilla como podría parecer.

Quizá lo más prosaico, a fuer de contundente, sea un plato que es menú completo… y muy completo: el cocido gallego. Un cocido, como decía don Álvaro, de crego (de cura; hubo un tiempo en el que los curas rurales tenían fama de comer mucho y bien), al que hacen fiesta en Lalín, que aunque lleve patatas, garbanzos y verdura (a poder ser grelos), y hasta algo de carne de ternera y gallina, es ante todo un homenaje al cerdo. Allí están, de la cabeza, el morro (dente), las carrilleras (fuciño) y las orejas (orellas); el lacón, las costillas, el espinazo (soá), el rabo, los tocinos, los chorizos (el «de carne» y el ceboleiro, como mínimo)… y, según las zonas, otros añadidos, siempre porcinos, siempre rotundos. Un cocido cristianísimo, y muy adecuado para los duros febreros del clima galaico. Requiere, desde luego, tiempo para comerlo despacio, y tiempo para digerirlo en paz. Pero es… un monumento.