Los secretos de las nueve reinas que posaron para Macarrón
Una de las imágenes del libro, en la que el artista ultima los detalles de un cuadro de Isabel II - Archivo particular de Alicia Iturrioz

Los secretos de las nueve reinas que posaron para Macarrón

«Mi vida con Ricardo Macarrón», escrito por su viuda, recoge las anécdotas del retratista predilecto la realeza, a quien pintó hasta en el cuarto de baño

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Por necesidades de luz, Ricardo Macarrón (1926-2004) tuvo que pintar a las Infantas Beatriz y Cristina sentadas en un retrete de Vieille Fontaine, la residencia suiza de la Reina Victoria Eugenia. «Divertidas por la situación, las Infantas pedían la vez preguntando cuándo llegaba su turno para posar: ‘‘¿Me siento yo ahora en el trono?’’». Lo recuerda Alicia Iturrioz, viuda del pintor, que ha escrito junto a Joana Socías «Mi vida con Ricardo Macarrón» (La Esfera de los libros). Iturrioz, también pintora, estuvo al lado de su marido en todo momento. Así lo hizo saber él cuando en 1989 recibió una llamada de Luxemburgo: «Buenos días, soy el jefe de la casa ducal de Luxemburgo. Solicito su presencia en el ducado para retratar a los Grandes Duques».

La contestación del pintor al teléfono: «Soy Ricardo Macarrón. Le informo de que siempre viajo con mi mujer. Espero que no tengan inconveniente en acogernos a los dos». Años antes, en 1967, Macarrón había pintado a Doña Victoria Eugenia, lo que supuso un giro y un avance en su carrera. Siempre lo consideró el retrato de su vida. Durante un mes la Reina posó diez veces, hora y media en cada sesión. Con gran disciplina, la abuela de Don Juan Carlos era capaz de estar más de veinte minutos sin mover un pelo. Ricardo, que a la realeza siempre la ha pintado con traje, llegó a adelgazar siete kilos por los nervios.

Los ojos de la Reina

«Tenga cuidado, porque yo creo que no tengo los ojos azules, sino de un color más transparente», le había advertido la Reina. Y no empleó el azul, sino una sombra natural y blanca. Ese fue el retrato que ABC publicó en color cuando Doña Victoria Eugenia acudió a Madrid al bautizo del Príncipe Felipe en enero de 1968. Como homenaje, muchas personas colocaron el periódico en las lunas traseras y delanteras de sus coches. Macarrón pintaría a cinco generaciones de la Familia Real española, incluido Felipe Juan Froilán, al que se arrepintió de haber comprado juguetes para que se entretuviera porque no paró de revolverse.

Había tenido más niños en su estudio. Todos los que Doña Sofía se llevó alguna vez (tras consultarlo) cuando posaba para uno de sus retratos. Hijos y sobrinos griegos que pasaban el rato en otra estancia dibujando y merendando. De uno de esos días es la foto que el pintor tomó y a la que llamó «Las meninas del siglo XX». La Infanta Elena hace de Velázquez. La misma Infanta Elena que había hecho llorar al Príncipe (llegó más tarde) al decirle que se había comido sus patatas y su jamón.

Cualidades artísticas aparte, Ricardo Macarrón era un tipo peculiar. Prefería su Lambretta a los aviones; rechazó el encargo de Farah Diba de pintar a la Familia Real persa alegando que en Irán había muchos terremotos, y en la recepción de la embajada británica a Isabel II en 1988 se escondió detrás de una cortina para evitar saludarla. Y eso que Su Graciosa Majestad había sido encantadora y cercana con Macarrón (en Inglaterra, Macarron, acentuado la segunda a) cuando la retrató en 1982 en Buckingham. Era un cuadro para su regimiento, los Blues and Royal.

Isabel II, de incógnito

Isabel II dejó al pintor y su mujer que eligieran el traje y las joyas con los que posaría, en unas sesiones que resultaron muy divertidas. «El broche que habéis elegido se puede poner en la solapa o en el escote. Pero he pensado que mejor en la solapa, porque este no me parece lugar adecuado para sostener todo un regimiento», dijo señalándose el pecho.

La Monarca contó a Alicia que a veces se ponía unas gafas de sol y un pañuelo y salía a pasear y de compras por Londres.

Le aseguró que nunca la había reconocido nadie. A la Princesa Gracia de Mónaco la retrató en 1977 en su casa de la parisina Avenida Foch. Fue la única modelo que le dictó el ángulo de la cara y la postura en el retrato. Pero también era cercana: «¿Alguien quiere la mitad de mi plátano?». Estefanía y Carolina solían comer con ellos. Estefanía hacía ejercicios gimnásticos y fantaseaba diciendo que sería como Nadia Comaneci. Bueno, acabó en el circo.

Otros de sus retratos famosos fueron los de la Maharaní de Jaipur (y es justo el que se usó para la portada de su autobiografía, «Recuerdos de una princesa») o el de la Reina Noor de Jordania, que posó con un vestido regalado por el Sultán de Omán que pesaba 25 kilos. Se lo puso dos veces. El resto de las sesiones, el traje colgaba de un maniquí para que Macarrón pudiera pintar el detalle de los acabados.

Para el Museo Thyssen-Bornemisza, pintó los retratos individuales de los Reyes de España y de los barones Thyssen (nunca se ha visto más delgada, más alada y más de perfil la baronesa). La primera mancha que Macarrón hizo de Carmen Cervera, apenas unos trazos, debía de ser un cuadro tan bueno que Emilio Botín padre (al que el pintor estaba retratando) quiso comprarlo. Por si alguien duda del atractivo de Tita entre hombres de posibles.