Rocío Crusset, embajadora de la cadena de perfumerías Douglas
Rocío Crusset, embajadora de la cadena de perfumerías Douglas - DE SAN BERNARDO

Rocío Crusset: «No soy de las que se mira mucho al espejo»

La hija de Carlos Herrera ejerce como embajadora de Douglas y desvela sus rituales de belleza: «Me preocupa el cuidado de la piel»

MadridActualizado:

Guapa a rabiar, Rocío Crusset tiene los rasgos exóticos de su madre «y las cejas de mi padre», dice entre risas, más para contentarle con un parecido que por otra cosa. La hija de Mariló Montero y Carlos Herrera, tiene la sangre navarra de su madre y la gracia andaluza de su padre, y se desenvuelve con la soltura que da haber vivido desde los 13 años prácticamente fuera de casa. Recién llegada de Nueva York, donde vive actualmente, nos recibe con la cara lavada y somnolienta, acusando el jet lag. «Cuando voy a Estados Unidos no lo padezco porque me levanto muy temprano para trabajar, pero cuando vengo a España tardo un poco en ajustarme», declara Crusset, embajadora del renacimiento de la cadena de perfumerías Douglas.

Para despertar su rostro, cuenta que se aplica una mascarilla tisú de efecto frío que lo descongestiona («a veces me la pongo incluso cuando voy en el coche»), y si su apretada agenda se lo permite, acude al madrileño salón The Beauty Concept, donde le reajustan la cara, «y salgo con la piel tan desintoxicada como si no me hubiera fumado un pitillo en mi vida».

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Cuando está en Chelsea, su barrio neoyorquino, se pasa por un salón cercano en el que una terapeuta china, con tres gestos de drenaje, hace maravillas con su piel. Se declara poco presumida -«no soy de las que se mira mucho al espejo»- y utiliza poca cosmética. Juventud divino tesoro. «Utilizo lo mínimo para tener la piel sana». A sus 24 años solo necesita una buena limpieza e hidratación.

Agua y jabón

Su ritual es el mismo por el día que por la noche: agua fría y jabón para deshincharse -su caballo de batalla es la retención de líquidos matutina-, agua micelar de Douglas («es increíble la de suciedad que sale a pesar del paso anterior») y una crema hidratante protectora por la mañana («le tengo mucho respeto al sol») y otra nutritiva por la noche. ¿Es de las que le «roba» las cremas a su madre? «No, porque tengo la piel sensible y solo puedo usar una muy específica de Kiehls».

El cosmético que no perdona es el bálsamo labial Lip balm de La Mer, y cuando le cargan la piel de maquillaje, se aplica una mascarilla por la noche, y duerme con ella, sin retirársela. Cuando no trabaja se maquilla poco «porque necesito que mi piel respire», y solo se aplica colorete, antiojeras, máscara de pestañas y una sombra marrón-rojiza «porque me dijo una maquilladora que me aclaraba el color de los ojos».

¿Un truco para tener un poco de onda en su pelo lacio? Pulverizarse agua de mar. «En verano la tomo directamente delante de mi casa, en Sanlúcar de Barrameda, pero durante el invierno, utilizo un spray de efecto beach waves de Balmain». Aprovecha los shootings para cortarse su larga melena pero cuando quiere un buen tratamiento nutritivo acude al salón Teatro, en la calle Orellana de Madrid.

Y su genética privilegiada le permite no tener que vigilar su dieta. «¡Con mi familia sería imposible! Todo gira en torno a la mesa y mi padre cocina de maravilla. Mis platos favoritos son las papas a lo pobre con huevo, las croquetas de mi abuela paterna y la carrillera que hace Inma Hita, una amiga de mi madre». Lo quema con el boxeo y el pilates. «Y en Nueva York, que comparto piso con mi colega Marta Ortiz, esta me prepara zumos naturales». En honor a esta amiga, la sevillana lleva una manzanita tatuada en el brazo, por su hermano Alberto, se ha marcado con una A, en recuerdo de María José, la mujer que le cuidaba en Sanlúcar (era mi «segunda madre») se ha dibujado una cruz, y en la nuca asoma una flecha, «¡el símbolo de como voy por la vida!». Y no hay rastro de amores en su piel, ni tampoco, por el momento, en su corazón.