Vacaciones sin mosquitos en la isla de Marlon Brando

En Tetiaroa, al norte de Tahití, han implantado un sistema que ha reducido su población en un 95%

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Marlon Brando deseaba que Tetiaroa se convirtiera en un refugio de lujo y así ha sido. Lo que el actor seguro que no imaginaba era que este atolón situado al norte de Tahití llegase a tener una tecnología puntera en cuestiones medioambientales que hiciera de «The Brando» el eco-resort más exclusivo del mundo. Esta recóndita roca del Océano Pacífico se ha convertido en el escondite perfecto para ricos y famosos ansiosos por pasar unas vacaciones tranquilas y... sin sufrir picaduras de mosquitos.

A 3.700 euros el bungalow de dos habitaciones, Beyoncé y Barack Obama han sido los últimos invitados de Richard Bailey, su actual propietario. La cantante y el expresidente de los Estados Unidos volvieron a casa sin habones gracias a un programa de esterilización dirigido por el doctor Hervé Bossin, del Instituto Louis Malardé, con el que se ha reducido la población de mosquitos en un 95 por ciento.

Según la BBC, este sistema «cría y libera mosquitos machos que no pican y se infectan con la bacteria Wolbachia que hace que las hembras silvestres, que muerden, sean estériles». Frank Murphy, director ejecutivo de la Sociedad Tetiaroa –una organización no gubernamental involucrada en el programa–, ha asegurado que ahora «el equipo ya no atrapa a ninguna hembra salvaje». «El éxito del proyecto ha convencido al gobierno local para financiar una instalación de cría mucho más grande que podría ver la expansión del programa a otras islas del Pacífico», asegura. De hecho, en Australia, Colombia y China ya se han puesto en marcha iniciativas como ésta para acabar con enfermedades como el dengue y el zika.

Aunque para muchos el hecho de pasar unas vacaciones sin mosquitos ya es una ventaja, esta isla también destaca porque está a punto de convertirse en autosostenible. Richard Bailey ha explicado que la electricidad se genera con paneles solares y biocombustible de aceite de coco, y las aguas residuales se utilizan para el riego. Además, «un intercambiador de calor de circuito cerrado» que lleva agua de mar muy fría desde 900 metros por debajo de la superficie del Océano Pacífico, que enfría el agua dulce y el aire que circula alrededor del complejo, consiguiendo así un sistema de refrigeración que se alimenta por la presión del agua, utilizando muy poca energía.

Pese a todo, los huéspedes tienen que volar a Tahití y de allí coger otro «vuelo de 20 minutos al paraíso», por lo que siguen dejando una importante huella de carbono. Eso sí, una vez allí, podrán presumir de no haber contaminado prácticamente nada durante sus vacaciones.