Drástico cambio en 140 años. - Abc

Bola de partido

El tenis y la moda son los perfectos compañeros de juego, y así podemos comprobarlo, ahora, en el Madrid Open. Pero la suya es una larga historia de amor

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Minifaldas, microshorts, maquillaje extremo, colores primaverales... No hablamos de las nuevas colecciones de la temporada, sino de la otra gran pasarela: el tenis. Venus Williams dio el golpe de efecto en 2010, cuando se plantó en Roland Garros con un mínimo vestido lencero semitransparente, de encaje negro con ribetes rojos. Los fotógrafos no sabían hacia dónde enfocar: ¿a la raqueta o a los coulottes color carne? Consciente de la fuerza y el tirón mediático de su imagen, la mayor de las hermanas Williams había lanzado su propia firma de ropa lowcost para las pistas. Se divertía con la ilusión óptica de estar jugando desnuda. Su hermana Serena también había captado miles de flashes con sus minivestidos de colores eléctricos, que resaltaban su curvilínea figura. Eso sí, patrocinados por Nike.

Ganar con un corsé

Pero las Williams no son las primeras en poner a las gradas de pie

La etiqueta victoriana exigía corsé, enagua, sombrero y guantes

debido a sus looks. Maud y Lillian Watson destacaron por su juego a finales del siglo XIX, amoldándose sin poder evitarlo a la etiqueta de la rígida sociedad victoriana: enagua, corsé, falda larga, zapatos, sombrero y guantes. Con semejante «equipo», Maud consiguió vencer a su hermana en Wimbledon, en 1884.

En los años 20, las cosas empezaron a cambiar gracias a Lili Álvarez, tenista pionera en nuestro país, que ganó tres veces Wimbledon (entre 1926 y 1928) y una Roland Garros (1929). «La Señorita», como la llamó la prensa, revolucionó a la opinión pública de la época al romper el código del blanco total, con accesorios de colores brillantes, y al atreverse con una falda-pantalón diseñada por Elsa Schiaparelli. Fue la primera mujer en llevar esa prenda.

Al mismo tiempo, los hombres vestían pantalón largo, camisa y jersey de cuello en pico. Bill Tilden está considerado el primer icono masculino en el mundo del tenis: algo tan sencillo como remangarse creó tendencia.

Símbolos de poder

Pero la auténtica revolución llegó en los años 30. El parisino René Lacoste apareció en la Copa Davis con un cocodrilo bordado en su camisa para ganar una apuesta, sin intuir que este sería el

De la enagua al picardías: la evolución «fashion» del tenis no tiene desperdicio

emblema de la gran empresa en torno a su apellido. El británico Fred Perry tampoco sospechó que la corona de laurel que adornaba su ropa se convertiría en una de las marcas prêt-à-porter más conocidas del mundo.

A partir de entonces, las faldas se fueron acortando (Chris Evert y sus microvestidos), los tejidos se hicieron más tecnológicos y los colores, más chillones. Y la moda en el tenis se convirtió en un lucrativo negocio. El culmen del «fashion tenis» llegó con los polos de rombos by Adidas que popularizó Ivan Lendl en los 80, y con el look imposible de André Agassi, que se plantó en el Roland Garros en 1988 con melena a lo «new romantic» y shorts vaqueros. Su alter ego femenino, Anne White, se atrevió en 1985 con un mono de lycra blanco de lo más futurista para Wimbledon.

La siguiente evolución vino de la mano de las rusas: Anna Kurnikova o Maria Sharapova que, desde la cancha, no sólo marcaban puntos sino que aceleraban corazones. Pero ellos también levantan pasiones y firman contratos millonarios como imagen de distintas firmas. Nike se ha ganado a Rafa Nadal y a Roger Federer, dando dos versiones del hombre moderno: el urbano, de ahí los inconfundibles pantalones pirata del mallorquín; y el chic, porque nadie viste un polo de una manera tan limpia y sexy como el suizo. Empate en estilo.