Manuel Fraga (1922-2012)

Manuel Fraga (1922-2012)

Las filias y fobias, broncas y berrinches del «león de Villalba»

Érika MontañésÉrika Montañés

Durante varios años en la redacción de ABC Galicia, los compañeros de la delegación y el resto de periodistas preguntaban muchas veces a Manuel Fraga Iribarne por su dilatada trayectoria política, a la que durante décadas sólo había traicionado por espacio de unos meses para ser director gerente de la empresa cervecera El Águila. No dejaba de comparársele con El Cid y se le insinuaba al veterano «león de Villalba» que moriría con las botas puestas, en el regazo de la labor política. Así ha sido, en realidad, ya que solo desde el pasado septiembre se había apartado de la primera línea del frente, tras una caída doméstica que había derivado en una mala operación de cadera y le había hecho trocar el bastón por la silla de ruedas. Estaba a punto de cumplir 89 años cuando dijo que se cerraba esa agenda preñadísima de encuentros, audiencias y actos que nunca dejó de generar sorpresa.

Porque Manuel Fraga, Don Manuel como le llamaba todo el mundo incluso en su propia familia y él reclamaba que así fuese como síntoma de respeto, era un hombre fiel a sus costumbres fijas y totalmente leal a sus filias y sus fobias. Y tenía, como todo hijo de vecino, muchas de las dos.

Hombre de agenda interminable y horario escrupuloso

En su última campaña electoral como candidato a la Xunta de Galicia, ésa de 2005 en la que con 82 años consiguió ganar aunque a un escaño de la mayoría absoluta un pacto bipartito entre PSdeG y BNG le arrebató su sillón en el Palacio de San Caetano (sede de la Xunta gallega que dirigó con mayorías consecutivas durante 16 años seguidos), un día de liza electoral de Don Manuel era más afanoso que perseguir a un niño. A las 6.00 horas de cada mañana sonaba su despertador con una emisora. Con predilección sempiterna hacia Radio Nacional, procuraba sintonizar cada día una para obtener todos los datos, la noticia desde todas sus aristas. Tras el desayuno, que podía constar de una tostada de mermelada casera con cortado o té, cereales y yogur las menos de las veces (frente a una cena siempre ligera), había un rito imprescindible que mantuvo con el paso de los años y de los despachos, desde el de la residencia del mandatario gallego en Monte Pío hasta su remanso en el Senado: la lectura a conciencia de toda la prensa, sin faltar  un vistazo al «Financial Times», «The Economist» o el «Wall Street Journal», que escrutaba para su posterior recorte, subrayado y manejo.

Seguir un día de campaña a Fraga era más afanoso que perseguir a un niño

Fraga era al horario mucho más que los ingleses que acuñaron la expresión sobre la puntualidad. Escrupuloso con el reloj hasta el denuedo, no se retrasaba ni unos minutos a sus citas marcadas y odiaba cualquier cosa o persona que le pusiera una traba para llegar a tiempo. Hasta tal punto era puntual que el hoy presidente nacional del PP, Mariano Rajoy, cuenta en su biografía cómo hubo un tiempo en que para que Don Manuel no abroncase al resto de personas convocadas a las reuniones de los maitines en Génova o a otras citas en las que estuviese presente el presidente honorífico del partido, se le tenía que comunicar una hora falsa, retrasada adrede. Don Manuel se presentaba a las 10.00, pero la hora real de la reunión era a las 9.30 horas, por ejemplo. De esta forma, todos llegaban a la vez y el fundador no se enfadaba.

Dormía entre seis y siete horas por lo habitual, porque no permitía acostarse más tarde de la medianoche, a menos que se lo requiriese el Rey y algún evento en La Zarzuela o una celebración familiar con sus hijos y nietos. Infatigable, baste un dato: en 2004, el servicio de prensa de la Xunta comunicó que el lucense había trabajado 33 fines de semana, había mantenido 420 audiencias públicas con representantes de todos los sectores y presidido 875 actos públicos en 300 días.

Los consejos de asesores y externos, una batalla perdida

Fraga era muy de cumplir con sus hábitos. Ni en campaña ni durante sus mandatos hubo una sola ocasión en la que sus asesores no se jugaran una bronca por una recomendación. Por ejemplo, sobre su imagen, a la que Fraga era tan fiel como a la devoción por su esposa Carmen Estévez, a la que perdió en 1996 («Lo mejor que he tenido en mi vida ha sido una mujer leonesa: mi esposa», pronunció en un acto en León). Hombre de traje, corbata (y faja ortopédica) y mocasín, uno de esos berrinches que pasarán a los anales de la televisión fue el del «tóqueme usted las narices» que le espetó a un asesor que trataba de remendar su corbata escorada hacia un lado. 

Nunca dejó de dar un buen titular

De igual forma, los consejos de sus próximos para que moderase su discurso (sobre todo, en determinadas épocas como las electorales) pasaban a ingresar directamente en el cajón de los trastos. Fraga era directo, incisivo, verbalmente atropellado y veloz, pero nunca, nunca, ni en un solo acto, ni en una comparecencia en el Parlamento gallego, dejó de ser consciente de la valía de un buen titular. Porque siempre lo daba.

Era consciente de la valía de un buen titular periodístico y siempre lo daba

Viene a la memoria por ejemplo el último desvanecimiento que sufrió ante las cámaras, en octubre de 2005, cuando varios médicos en el Parlamento gallego tuvieron que atenderle en el segundo desmayo que protagonizaba en público en poco más de un año y que dio que hablar sobre su deterioro físico. Al reponerse, volvió como una hiena al debate político e hizo comparaciones con socarronería que eran un filón para las plumas, como el de «eso que usted dice es como hacer pis sobre el Estado» y en un pis pas se olvidaba la recaída del gallego.

Los berrinches más sonados, su Rey y su religión católica

Broncas monumentales las tuvo de todos los colores y por todos los asuntos, porque era un hombre que no se las guardaba en la recámara. Se le podía ver venir. De frente, le espetó en 2008 al diputado de ERC Joan Tardà que había deseado la «muerte al Borbón» que habría que «colgar de algún sitio» a los nacionalistas por no venerar la Monarquía.

Y algo parecido sucedía si le tocaban su religión y profunda devoción cristiana. La misa de los domingos era imperdonable, más que la partida de dominó recurrente de los sábados. Fraga abortaría el matrimonio homosexual, el divorcio exprés y la Ley de Interrupción del Embarazo, y otro de esos «momentazos» que se guardan en la retina es su rechazo determinante al preservativo: «Toda mi vida, como es sabido, he dicho verdades sin condón, y pienso morirme sin ponerme ninguno».

A propios y extraños, fiel a su verdad sobre la de las siglas

Tampoco se achantaba ante los correligionarios. Si tenía que decir algo, se decía y punto. A Mariano Rajoy le dio dos estocadas, dicen, una pública cuando se posicionaba por Alberto Ruiz-Gallardón, su pupilo, ahijado político y un hombre al que defendió siempre por encima de posturas e ideologías como relevo perfecto de José María Aznar en el PP; y segundo, ya siendo el otro gallego líder de los populares, cuando le pidió una defensa a ultranza del dibujo único del Estado español en una Junta Directiva Nacional celebrada en la sede madrileña de Génova.

Defendió a voz en grito que era arriesgado practicar el seguidismo de la Cadena COPE y abandonó una votación en el Senado para no atentar contra sus ideas autonomistas, como la participación de las regiones en la votación de magistrados del Tribunal Constitucional. Así era Fraga. Así fue. Fiel a unas siglas, sí, pero jamás impuso una disciplina de partido sobre sus valores.

En Galicia y con los «gallegos» al otro lado del charco

La familia de este lucense residió un tiempo en Cuba, un hecho que unido a que el padre de Fidel Castro era gallego le llevaron a tener buenas relaciones con el dictador. Por ello, fue dardo de jugosas críticas, pero, erre que erre, Fraga expresaba aquello de «más allá de las diferencias ideológicas, y nunca lo hemos negado, Fidel es uno de los muchos símbolos de este mundo hispánico  que tantas veces fue glorioso, estuvo dividido, fue despreciado injustamente y es un símbolo de independencia».

Mantuvo amistad con Castro y jamás impuso la disciplina de partido a sus valores

Su tierra gallega (dicen que a sus hijos les costó un mundo que se trasladase a vivir a su residencia en el barrio madrileño de Argüelles) y su Argentina adoptiva que, como «quinta provincia» que era para la Comunidad atlántica tantas alegrías le dio cuando se recontaba el voto de la emigración exterior, también eran objeto incondicional de sus amores.

Más de caldo gallego que de marisco, y de Albariño mucho antes que de Ribeiro, veraneaba siempre en su residencia en Perbes (La Coruña), por lo que el primer estío que faltó, el pasado de 2011, se dispararon todos los rumores sobre su delicado estado de salud.

El «patrón» no dejó indiferente

El que se ganó a fuerza de años y lizas políticas los sobrenombres de «el patrón» y «el león» también era cortés, en especial con las mujeres (aunque una de sus frases de las que se desprendieron críticas sexistas fue la de «si a una mujer le preguntan con cuántos hombres se acuesta no suele dar una respuesta absolutamente certera»). Confesaba siempre estar enamorado de «su mujer» y de España, y ese miramiento a las féminas le hicieron incluso que el 23-F hablase con un oficial para interceder y que el teniente coronel Tejero dejase salir del Congreso a las mujeres.

«Como anécdota: fui el único que salió de allí (por el golpe de Estado) afeitado», contó en uno de sus últimos escritos titulado «Así fue mi 23-F» publicado en ABC en el trigésimo aniversario de aquel hecho.

Sus detractores le acusaron de caciquismo electoral en Galicia para arredrar los votos de los ancianos o la condescendencia de los medios de comunicación; sus afines destacan su inconmensurable acción en el exterior y sus méritos a la hora de promocionar el turismo autonómico.

Sus últimos deseos sin cambiar el paso

Desde su despacho en el Senado confió que deseaba asistir en primera línea a la reforma de la Cámara Alta. Él, que leía «El Quijote» y en voz alta se comparaba muchas veces con él, propuso esta especie de lucha contra un molino, que no ha podido ver. En una memorable entrevista de 2009 al periódico «El Faro de Vigo», Fraga concedió que nada le hizo virar la dirección basada en su conciencia y en la conciencia histórica de España. «Por eso no me he prestado fácilmente a cambiar el paso», respondió. «¿Cree usted que irá al Cielo?», le interrogó el periodista en la ciudad olívica. «Aspiro a ello y lo pido humildemente al Señor, todos los días». Con ese deseo viaja ya, Don Manuel.

  • Fraga, durante su visita a la localidad de Caión, en el municipio coruñés de Laracha, para comprobar cómo el vertido del «Prestige» afectó a la playa (EFE)

    Fraga, durante su visita a la localidad de Caión, en el municipio coruñés de Laracha, para comprobar cómo el vertido del «Prestige» afectó a la playa (EFE)

  • Don Juan Carlos le impone el Collar de la Orden al Mérito Civil (IGNACIO GIL)

    Don Juan Carlos le impone el Collar de la Orden al Mérito Civil (IGNACIO GIL)

  • En la boda de Ana Aznar y Alejandro Agag (ARCHIVO ABC)

    En la boda de Ana Aznar y Alejandro Agag (ARCHIVO ABC)

  • Durante un mitin (ARCHIVO ABC)

    Durante un mitin (ARCHIVO ABC)

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