Afganistán, la guerra sin fin

El escándalo de las torturas

Soldados iraquíes torturados por militares estadounidenses en la cárcel de Abu Ghraib. (ABC)

Soldados iraquíes torturados por militares estadounidenses en la cárcel de Abu Ghraib. (ABC)

Abu Ghraib, la banalidad y el precio del mal

Anna Grau

De todos los errores cometidos por los Estados Unidos en Irak, ninguno ha hecho tanto daño a su credibilidad como las imágenes de Abu Ghraib, la cárcel de Bagdad donde presos iraquíes fueron sistemáticamente vejados, abusados y torturados, aunque el consenso sobre esta última palabra no es ni mucho menos total. A día de hoy el que entonces era secretario de Defensa y responsable último de la cadena de mando militar, Donald Rumsfeld, sigue negando que lo que ocurrió en Ghraib merezca la consideración técnica de tortura. El matiz es importante porque de él dependen muchas cosas en el plano legal. Por ejemplo si los carceleros de Abu Ghraib violaron consciente o inconscientemente la Convención de Ginebra y las condiciones que esta impone para el tratamiento de prisioneros de guerra.

Para otros el debate tortura sí, tortura no, es una frívola cuestión semántica que palidece ante la crudeza de los hechos acaecidos: presos (y presas) desnudados a la fuerza, amenazados con la violación o directamente sometidos a ella, personalmente por sus captores, valiéndose estos a veces de sus propios cuerpos y a veces de los instrumentos más variados, desde una linterna hasta una escoba rota. Golpes, muchos golpes, y muchas humillaciones como obligar a los presos a masturbarse, a formar una pirámide desnudos o a ser paseados con una correa al cuello, como un perro.

Precisamente la imagen más emblemática que ha quedado es la de la Lynndie England, una jovencísima soldado, físicamente diminuta, paseando a un preso desnudo de esta guisa. O apuntando risueña con el dedo a un preso desnudo, con una capucha en la cabeza y obligado a masturbarse ante la cámara. Su cara de niña no muy espabilada se convirtió al instante en el rostro del horror americano. England estuvo a punto de ser condenada a diez años de cárcel. Finalmente quedaron en tres porque el juez estimó que había gente más culpable que ella. Precisamente de uno de ellos, del que hasta ahora ha recibido la condena más alta, Charles Graner, esperaba Lynndie England un hijo. Aunque para entonces Graner ya la había dejado por otra de las acusadas que se libraron con muy poco, Megan Ambhul.

La banalidad del mal

Estos líos de faldas dan la medida de la sorprendente banalidad del mal, que diría Hannah Arendt. Para empezar no es verdad que a la guerra van los mejores. Lynndie England fue diagnosticada de niña de mutismo selectivo, un trastorno que se puede corregir pero que no deja de evidenciar una fuerte tendencia a la ansiedad y la estabilidad de una mente por lo demás ya no muy brillante. Charles Graner era otro inadaptado que purgaba un agrio divorcio actuando como el gallo del gallinero de Abu Ghraib e imponiendo a sus novias actos de crueldad hacia los presos. En la vida civil a esta gente en Estados Unidos la llaman white trash, basura blanca. En la guerra se les llama escoria.

Pero dar por hecho que el mal en Abu Ghraib empezó y acabó en estas personas es dar por buena la versión oficial de que tales métodos de interrogatorio y de tratamiento de los presos nunca fueron dictados desde arriba. Que no eran una consigna. Y esto hay mucha gente que lo duda. Por mucho que los jueces sólo hayan dictado condenas fuertes para los responsables directos, y a las altas autoridades les hayan impuesto sanciones leves, el tipo de sanción que te imponen cuando pasa algo malo en tu negociado y tú no te enteras.

¿Fue una desviación terrible de la norma lo que ocurrió en Abu Ghraib, o era la norma misma? Esto es lo que muchos cuestionaban cuando en su día pedían la dimisión de Rumsfeld, y muchos lo siguen cuestionando ahora que Rumsfeld ya no está. Megan Ambhul, casada con Charles Graner que cumple diez años de cárcel, califica a su marido de "chivo expiatorio". Y la misma Lynndie England se defiende alegando que ella tomó las fotos de los presos maltratados pero "no fui yo quien les dio difusión mundial, y eso es lo que ha costado muchas vidas". Se refiere a los actos de venganza de la insurgencia iraquí contra americanos al darse a conocer los abusos.

Existe incluso una tercera posibilidad o tercera vía: que ni Rumsfeld ni el Pentágono ordenaran al pie de la letra aquello, pero sí dieran órdenes de ser lo suficientemente "duros" como para que gente de pocas luces las cumpliera de aquella cruel y torpe manera. Significativamente en los interrogatorios de presos de Abu Ghraib estaban implicados subcontratistas privados a los que nadie ha investigado porque su contrato estipula que tienen impunidad. Como la tenían hasta hace muy poco los mercenarios de Blackwater.

En conclusión un desastre neto para Estados Unidos, que irrumpió en la región presentándose como adalid de la democracia y de los derechos humanos, y que ante las vergüenzas de Abu Ghraib sufrió un severo descrédito y un fuerte enfriamiento de sus apoyos internacionales. Desde 2004, cuando saltó el escándalo, hasta ahora, parece que las condiciones de los presos iraquíes en las cárceles norteamericanas -por lo menos en algunas- ha mejorado sustancialmente. Pero en muchos sentidos ya es tarde.