75 años del comienzo de la Guerra Civil (18 de julio de 1936)

Carlos Sala (92 años). soldado franquista

Carlos Sala

(Foto: ABC)

«En el colegio 'Caldeiro', aquí cerca, todos los días aparecían cuatro muertos a los que habían juzgado y pegado cuatro tiros»

ISRAEL VIANA

«El 18 de julio ya sabíamos que aquello era grave. Desde hacía meses había un ambiente francamente revolucionario y cuando aquello ocurrió, nos echamos a templar. Sabíamos que iba a ser muy grave y, efectivamente…tan grave que fue…». Carlos Sala nació en 1918, en Madrid, la ciudad donde ha vivido toda su vida como jardinero, al igual que su bisabuelo, y donde le pillo la guerra. Ahora tiene 92 años y una cabeza envidiable. Recuerda perfectamente el día que se proclamó la Segunda República («Yo era muy chico… hicimos lo que no dio la gana durante un par de días. Yendo a la Puerta del Sol en lo alto de un tranvía y haciendo todas las barbaridades que nos dio la gana. ¡Fue un follón muy grande, mucha alegría!»), pero sobre todo los días en los que se cernía sobre la capital la sombra de la guerra: «Los que estábamos en Madrid, estábamos cagaditos todos».

«Lo primera noticia que tuvimos es que se había sublevado la Marina en Cádiz. Al día siguiente supimos que no era sólo de la marina, sino una cosa general, y ya vimos que aquello entraba en una situación feísima», recuerda Sala sobre aquellos días «siniestros» de la historia de España en los que «empezaron a aparecer por las calles coches pintarrajeados con las letras de la CNT y UGT, con cuatro o cinco milicianos con fusil cada uno y preguntando: “¿Dónde hay un fascista?”». «Y cuando aparecía alguien del que decían que lo era fascista, pues le pegaban cuatro tiros y ya está… ese fue el principio».

De colegió de frailes a checa

«El Madrid de aquellos tiempos fue una cosa verdaderamente espantosa». Y le viene de repente a la memoria un colegió de niños al lado de su casa: el «Caldeiro». «Estaba aquí cerca. Era un colegio de frailes, junto a la plaza de toros, que pronto se convirtió en una checa. Todas las mañanas aparecían alrededor tres o cuatro muertos a los que habían juzgado allí y al amanecer les habían pegado cuatro tiros. Aquello se prolongo durante mucho tiempo».

Pero no fueron aquellas escenas las que le pusieron del lado de los sublevados. Él no tenía «carné ninguno de la UGT ni de la CNT», porque, «sencillamente, no era de esas ideas». «¡No, no, no! En ningún momento pensé en ser voluntario, porque a mí me pilló en Madrid. Si hubiera estado en el otro lado, no sé, es posible que lo hubiera hecho, pero yo con los republicamos de ninguna manera».

Así pasó los días hasta que le movilizaron en enero del 38, «agachadito y calladito, procurando no salir mucho por ahí». «Eso que se cuenta de que Madrid se echó a la calle a luchar, es una fábula. Estábamos todos cagaditos, unos por unas cosas y otros por otras, y desde luego tampoco fuimos unos héroes. Allí no había más que callar y ver qué pasaba… y que lo solucionaran los otros. Esa fue la realidad de Madrid».

Una realidad que para Carlos Sala no difiere mucho de lo que ocurre hoy: «Creo que estábamos divididos aproximadamente como ahora. Una parte de derechas y otra de izquierdas. Y había otro tercio que aquello le importaba poco, que lo que querían era vivir».

Dejándose atrapar por el «enemigo»

Aunque le movilizaron en un bando con el que no simpatizaba, tuvo «la suerte» de poder pasarse «al otro». Fue en Castellón, el único frente en el que él combatió nada más salir de Madrid, sólo cuatro meses después de ser alistado. «Saltamos de una trinchera y echamos a correr. Me di cuenta de que me había quedado el último, no sé porqué. Entonces me dije, “pues aquí me quedo”. Me agazapé y aguante, hasta que aparecieron dos legionarios muy jovencitos con el fusil en la mano, preguntando: “¿Quién hay ahí?”. Entonces yo y otro compañero que se había quedado conmigo sacamos el pañuelo, que ya no era blanco, sino negro. “¿Qué hay ahí?”, preguntaron después. “Pues una máquina, dos fusiles ametralladores y unos macutos que se han dejado estos al echar a correr”, conteste».

Después, aquellos dos jóvenes legionarios le preguntaron por el tabaco, allí, en mitad del campo de batalla, mientras le apuntaban, y en cuanto se lo dio, les dijo que se fueran hacia donde se encontraba su teniente con la bandera bicolor, «sin correr, pero deprisa, con las manos en alto». «Llegamos al teniente con la intención de meternos detrás de la piedra, porque ya había empezado de nuevo el tiroteo, pero nos dice éste: “No, no, quedaros ahí en medio, que esos son de las vuestras y no hacen daño”. Y allí nos dejo el muy cabrón de pie», recuerda con media risa.

Fue uno de «los momento más peligroso que he pasado en mi vida», asegura, sin saber explicar por qué actuó así. Lo más normal es que le hubiera costado la vida, allí, a sus 20 años. «A lo mejor el día anterior lo habría hecho de otra manera, y al día siguiente de otra, no lo sé. Las cosas ocurren como ocurren».

«Con tanques a dos pasos disparándonos»

Desde que se pasó al bando franquista hasta que se acabó la guerra no volvió a tener contacto con su familia. Recuerda lo afortunado que fue por haber visto a muchos muertos y haber estado en sitios horribles («tirados en una zanja y con tanques a dos pasos disparándonos»), pero no haber tenido que disparar a nadie: «En fin, de eso me alegro».

Se enteró de que la guerra había acabado, por fin, en Nules (Castellón). «Nos mandaron prepararnos de madrugada para atacar. Efectivamente, antes de amanecer echamos a andar hacia el frente y cuando llegamos a la primera línea de fuego vimos que los soldados que había allí ya no estaban en plan de guerra. Estaban dando saltos…!esto se ha acabado!». Entonces su comandante les mandó cortar las alambradas, tanto las suyas como «las rojas», y se pasaron caminando todo el día hacia Valencia.

«Cuando estas metido en ese follón, llega un momento en que piensas que no te pueden matar. Se te olvida, ya sea en un bombardeo malísimo o metido en una zanja… siempre te parece que vas a salir vivo», apuntilla.