75 años del comienzo de la Guerra Civil (18 de julio de 1936)

Bibiano Morcillo (96 años). Soldado republicano

Bibiano Morcillo

(Foto: Israel Viana)

«Mi oficial me dijo: “Vaya a casa a vestirse de soldado y se viene al cuartel, que esta misma tarde tomamos militarmente Madrid”»

ISRAEL VIANA

Bibiano Morcillo tiene 96 años y es posiblemente el último protagonista vivo de uno de los episodios más famosos de la Guerra Civil: el asalto republicano al Cuartel de la Montaña. Fue en aquel emplazamiento donde el general Fanjul inicio la sublevación franquista en la capital, donde más de 300 personas perdieron la vida en apenas unas horas, un 19 de julio de 1936… y Morcillo estuvo allí para verlo.

«Yo era asistente de un oficial, que al verme aparecer por el Cuartel de la Montaña el 19 de julio por la mañana, exclamó: “¡Hombre, Morcillo por aquí, me alegro mucho. Mira, va a hacerme un favor. Se va a ir usted a casita a vestirse de soldado y se viene para acá, porque esta misma tarde tomamos militarmente Madrid”». Cuenta Morcillo que el oficial se lo dijo con mucho entusiasmo, «mostrando unas ganas enormes», mientras él, escandalizado ante las órdenes de su superior e «ideológicamente todo lo contrario», intentó poner remedio.

Camino de su casa, en la calle Ferraz, interrumpió a grupo de jóvenes que se encontraban en un bar para anunciarles lo que le había dicho su oficial. Dos de ellos le acompañaron a la sede Partido Comunista para informarles, y de allí al mismo Ministerio de Guerra: «Cuando llegué creo que ya habían tomado medidas, porque allí no había más que soldados», recuerda. Aún así, él insistió. El soldado de la puerta le envió al sargento de guardia, y éste al capitán de guardia, quien a su vez le dijo que subiera a hablar con un superior suyo. Sin embargo, en las escaleras se le cruzó un coronel que rápidamente le interrumpió. Cuando le dijo a lo que venía, este se encaró inmediatamente con él, espetándole: «¿Usted no sabe que los militares no debemos meternos en política?». «No, esto no es meterse en política. Esto es traer una noticia a la autoridad que creo que es de importancia», respondió, a lo que el coronel grito: «¡Ahora mismo, a su casa, vístase de soldado y preséntese a su oficial».

Un posible chivatazo

Cadáveres de oficiales y soldados en el patio del cuartel, tras el asalto republicano. (Foto: ABC)

Cadáveres de oficiales y soldados en el patio del cuartel, tras el asalto republicano. (Foto: ABC)

Cuando llegó a su casa, su cuñada no dio crédito. Le insistió de que ni se vistiera ni saliera de casa, pues creía que aquel coronel del Ministerio era uno de los sublevados y corría el peligro de haber sido denunciado y que acabaran fusilándole. Pero él no hizo caso.

Cuando llegó al Cuartel de la Montaña (situado donde actualmente se encuentra el Templo de Debod) su oficial no parecía conocer sus pasos: «Me alegro mucho de que estés aquí –le dijo su oficial–. Sube inmediatamente arriba a que te den tu armamento. Ya estamos aquí todos preparados». El cuartel era importante para los sublevados porque en él se guardaban varias decenas de miles de cerrojos de fusiles necesarios para usar los correspondientes fusiles en manos del gobierno.

A las dos de la madrugada, cuenta, les levantaron para hacer una barricada en la puerta principal, y al amanecer lo primero que vio fue a un avión lanzando pasquines al patio. Pudo leer uno a escondidas, que decía: «Soldados, no obedezcáis las órdenes de vuestros jefes, porque el Gobierno os ha licenciado».

«¡Ataque feroz, bueno, valiente!»

Esa misma mañana del día 20, «las fuerzas republicanas hicieron un ataque feroz, bueno y valiente al cuartel de infantería», explica Morcillo, poniendo ímpetu en sus palabras. Recuerda como en uno de los rincones habían plantado una ametralladora para disparar a los aviones republicanos que sobrevolaban el cuartel, «con la casualidad de que una bomba cayó encima e hizo una debacle. Una cantidad de muertos enorme. Yo, que era republicano, no me acerque allí para nada».

Espanto y desolación en el patio del cuartel, el 20 de julio de 1936. (Foto: ABC)

Espanto y desolación en el patio del cuartel, el 20 de julio de 1936. (Foto: ABC)

Poco días después del asedio, Morcillo pudo pasar al cuartel de infantería por uno de los portillos por los que el general Fanjul se había introducido de incógnito pocos días antes «rodeado de oficiales con bombas en la mano». «¡Ustedes no se pueden imaginar!», exclama. «Una vez dentro pude contar 72 manchas de sangre formadas como si hubieran cogido a toda la oficialidad y los hubieran matado». En otro momento, le metieron en la sala de justicia del cuartel, donde pudo ver «un montón de cadáveres». La escena, como luego recordarían los libros de historia, fue realmente dantesca, con un montón de cuerpos esparcidos por el patio.

Las investigaciones posteriores revelaron que, de los 150 oficiales que se sublevaron en el Cuartel de la Montaña, murieron 98, 14 fueron heridos y 12 detenidos, entre los que se encontraba el general Fanjul, fusilado poco después. Morcillo nunca más vio al oficial que le anunció la toma de Madrid.

Del cuartel al frente

«En el momento en el que acabó el episodio del Cuartel de Montaña tuve claro que quería intervenir en la guerra», relata. El mismo día, sin pasar por casa, se fue directamente al frente de Campamento, en la misma capital. Mi familia, pobrecita, con las noticias que tenía, estaba convencida de que me habían fusilado en el cuartel». Volvió a casa y el día 24 el Gobierno le movilizó, comenzando su periplo por la guerra y su temprano ascenso a oficial por sus conocimientos de «geometría, álgebra y trigonometría».

Pasó por El Escorial, Peguerinos, Guadarrama, Valdemorillo, Brunete, Teruel, Zaragoza… puede acordarse de todos y cada uno de los pueblos en los que combatió. «En la Casa de los Llanos tuvimos una batalla tan tremenda que toda la montaña parecía un volcán. Amargaba la respiración y se masticaba la saliva».

El pertenecía a Artillería y disparaba desde la segunda línea, sin saber a dónde iba su proyectil y sin saber si había matado a alguien o no. Él tan sólo era consciente de las malísimas condiciones del armamento que utilizaban («en muchas armas nos explotaron piezas y no podíamos repararlas») y de que iban perdiendo la guerra a medida que pasaban los meses.

Cuando supo que perdían la guerra, la tristeza que sintió fue enorme: «Tenía 80 individuos a mi alrededor y yo era el que tenía que darles aliento». Fue finalmente capturado y enviado a prisión más de un año: «No me arrepiento de nada de lo que hice en la guerra. Era el más pequeño y siempre me encontraba en los sitios más peligrosos».