75 años del comienzo de la Guerra Civil (18 de julio de 1936)

Julián Alberquilla (92 años). Soldado republicano

Juan Alberquilla

(Foto: Israel Viana)

«De los 30 amigos que salimos del pueblo, en la primera batalla solo quedamos 10. Y al final de la guerra sólo sobreviví yo»

ISRAEL VIANA

«De Galapagar salimos 30 jóvenes. Y en la primera batalla que tuvimos en Alcorcón sólo quedamos 10». Julián Alberquilla tenía 17 años cuando se fue voluntario a la guerra, un poco siguiendo a sus amigos («se marchaban todos y yo también me marché») y otro poco movido por sus convicciones («iba en contra de Franco, no lo podía ni ver. No quería yo la dictadura. Estábamos aquí tan tranquilos y de golpe y porrazo ¡pum! viene esto»).

Julián nunca había cogido un arma. La primera vez que disparó en su vida fue en la guerra, en la batalla de Alcorcón, en la que cayeron aquellos 20 de sus 30 amigos del pueblo. «En cuanto nos bajaron del camión, nos dieron armas y ya empezamos a disparar», recuerda.

Y aquello no fue más que el principio de un periplo que comenzó con apenas cuatro días de instrucción en El Campillo y que le llevó hasta las operaciones de La Granja, Segovia y finalmente al terrible Frente del Ebro, donde permaneció cuatro meses «aguantando»: «Fue pasando la guerra y cuando vino el Ebro allí ya se quedaron todos. Los que salimos hacia allí éramos ocho y me quedé yo solo. A unos los mataron y otros se ahogaron cuando la aviación tiró contra los puentes. Yo me libré».

«Llovían balas, cañonazos, de todo…»

Aquel frente fue una de las peores épocas de la vida de Julián, sin duda el momento de la guerra que más miedo pasó: «No recuerdo nada bueno. Allí estábamos envueltos en polvo. Llovían balas, cañonazos, de todo… no sé cómo pude salir vivo de allí»; «¡no se podía dormir con el ruido que había! Allí no se paraba ni de día ni de noche. Era un sin cesar»; «salíamos con bombas de mano todas las noches. Nos acercábamos despacito, sin hacer ruido y nos liábamos a tirar bombas hasta que nos quedábamos solos»; «te obligaban a ir para adelante y para adelante, a morir antes»; «desde que te levantabas hasta que te acostabas no había nada más que tiros y cañonazos. Fue la peor batalla de toda la guerra, porque en otros sitios a lo mejor estabas un día de combate y se pasaba. En el Ebro no paraban ni los pájaros».

Julián, a sus 92 años, tiene mil anécdotas sobre aquellos cuatro meses de 1938, en los que reconoce que él tampoco fue ningún santo: «En una ocasión estaba mirando las trincheras y vi que bajaban tres mulos con tres acemileros a las cocinas de los franquistas, que estaban en un barranco. “¡Anda, que me voy a enfangar yo con vosotros!”, pensé y me lié a tiros con ellos. Salieron corriendo hasta meterse en unos avellanos. Me lié y no quedó ni hoja. Si yo he sido muy malo».

En aquel infierno, tan sólo una vez pensó en desertar, cuando comenzó a ver morir a sus amigos, a muchos de los cuales vio «destrozados por la artillería». Pero «ya estaba enrolado en la milicia y no podía. Si me hubiera venido, habrían ido a por mí y otra vez para allá». No sé imaginaba Julián que no regresaría a casa hasta casi siete años después, desde que se marchó a la guerra sin decir nada a sus padres («cogí, me alisté y vinieron a por nosotros»), hasta que cumplió con los tres años y medio de servicio militar que le obligaron a cumplir en el Ejército franquista después de la guerra, cuando fue hecho prisionero.

«Mi familia estaba de luto»

Su familia le dio por muerto hasta que pudo escribir una carta desde el campo de concentración de Santa Espina, en Valladolid, fue recluido, «cuando ya estaba con Franco»: «Mi familia estaba de luto. Allí no había ninguno vivo y mira por donde salí yo».

Cuando le hicieron prisionero y lo enviaron a Valladolid, un teniente le tomó declaración: «¿Y usted tan joven, cómo ha venido a la guerra?», le preguntó. Él respondió: «Pues mire usted, cosas que se hacen. Se marcharon todos mis amigos y yo también me marché». El teniente le informó entonces de que era responsable de un delito de rebelión militar, por el que le caerían 15 años de prisión. Para su suerte, le llamó unas horas después y le comunicó la decisión de que, «por ser tan joven y haber hecho poco daño, había sido perdonado».

«No me he arrepentido nunca de los que hice. Yo no quería que hubiese fascismo, yo quería que ganáramos nosotros, la República, pero no fue así, y hubo una Dictadura… y y luego me alegré, porque fue donde más dinero gané», concluye Alberquilla, con media risa en la cara.