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Campeones del mundo - Año 1

El Mundial desde los ojos de los sudafricanos

por Mahomed Saigg

Sin dinero para comprar entradas, los anfitriones no escatimaron en esfuerzos para acudir a los terrenos de juego

Por primera vez, un Mundial FIFA penetraba en terrenos africanos. La llegada de futbolistas como Casillas, Cristiano Ronaldo, Kaká, Messi y tantos otros que cobran sueldos millonarios en sus clubes contrastaba con la realidad de menos de 10 euros al día con los que sobreviven la mayoría de los sudafricanos. Se trata de gente que, durante la competición, cada amanecer se conformaba con olvidarse de la hora de la comida para ofrecer un saludo a sus ídolos del fútbol.

Por aquellos tiempos no había espacio para la tristeza ni las lamentaciones en África del Sur, sede del Mundial de 2010. Lo único que realmente preocupaba a los africanos -en especial, a los anfitriones- era encontrar una manera de poder participar de la gran fiesta del fútbol profesional. Sin dinero para comprar las entradas para los encuentros, conseguir asistir a un partido en los estadios era todo un desafío. Para muchos, una misión casi imposible.

La decisión del Comité Organizador del Mundial de ofertar localidades a precios más baratos para ciudadanos sudafricanos tampoco fue suficiente para solucionar el problema. Sólo ofrecía plazas para los peores sectores, donde no se tenía una buena visibilidad de los terrenos de juego. Además, la cantidad de este tipo de entradas fue insignificante ante la enorme demanda. Con todo eso, los aficionados tuvieron que sudar la camisa para evitar un nuevo "apartheid" en el país de Nelson Mandela.

La única salida, al parecer, era conseguir un trabajo en los estadios durante el tiempo que duraban los partidos. Una misión harto difícil, ya que la mayoría de los puestos disponibles eran para ejercer funciones de manera voluntaria. Y renunciar a un trabajo remunerado a cambio de otro donde no se cobraría nada, suponía la falta de comida en casa.

Pero para muchos, ese fue el precio que tuvieron que pagar para alcanzar el sueño de asistir al Mundial, y el único al que –vistas las circunstancias- tendrían acceso si estaban dispuestos a afrontar un sacrificio económico. "Me dolía pensar que estaba tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos de realizar mi sueño de acudir a un partido en el Mundial. Por eso no tuve dudas a la hora de renunciar a mi trabajo para estar aquí, disfrutando todo esto. Si no hubiera sido así, jamás habría tenido dinero para adquirir una localidad aunque dejara a mi familia sin comer durante un mes", comentaba aquellos días Moses Matshebele, de 27 años.

El joven, que vivía en Soweto, el más grande y violento gueto de Johannesburgo, trabajó como acomodador en las gradas del estadio Soccer City. Desde allí pudo asistir a la ceremonia de apertura del Mundial y al estreno de la selección de su país en la competición ante el equipo de México.

Igual que Matshebele, la sudafricana Nomhle Hlehle, de 28 años, era la viva estampa de la felicidad en las gradas del mismo Soccer City. "Fueron muchos años esperando la llegada de este momento. Es algo que tiene un significado muy especial para nuestro pueblo", justificaba Hlehle, que, tras haber renunciado a su trabajo para poder actuar de manera voluntaria en el Mundial, tuvo que contar con la ayuda de los vecinos para dar de comer a sus hijos. "Ellos sabían que esto era muy importante para mí, por eso me ayudaron", contó la joven en la época.

Alguien que también estaba orgulloso de estar allí era Sipho Nkosi, de 35 años. En una situación un poco mejor que sus compatriotas, él trabajaba vendiendo helados en los estadios. "Cobro una comisión de 0,10 euros por cada helado que vendo. Es poco, pero soy inmensamente feliz. Si a ese valor añado lo que me hubiera costado la entrada, te puedo garantizar que es más de lo que a ti te pagan por estar aquí y de lo que hasta ahora he cobrado en todos los trabajos que he hecho en mi vida”, bromeó con el periodista.

Y los que no lograron conseguir un trabajo en los estadios no se dieron por derrotados. A su manera, encontraron una forma de echar un vistazo aunque fuera en los entrenamientos de las selecciones. "Como no tenemos dinero para ir al estadio, y no nos dejan entrar para asistir a los entrenamientos, aprovechamos este montón de tierra y basura para desde intentar ver un poco lo que pasa en el terreno de juego", explicaban los jóvenes sudafricanos Fulufhelo Branson, de 14 años, y su amigo Kangwise Movelei, de 16 años.

Pasado un año del Mundial conquistado por España, ya no hay más futbolistas famosos ni grandes partidos que ver en África del Sur. Pero, el orgullo por haber vencido la desconfianza sobre su capacidad de celebrar un evento de tamaña importancia se puede notar fácilmente en cada uno de los sudafricanos.

Con un incremento del 23% en la cantidad de turistas que ahora visitan el país, los comerciantes locales siguen disfrutando de los efectos del Mundial. Como dato curioso para quienes quieran conocer este maravilloso país: todavía quedan Zacumes –mascota del Mundial- por vender , así como las ensordecedoras vuvuzelas que utilizaron para que todo el mundo les oyera.

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