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Campeones del mundo - Año 1

Una espada agujerea a Honduras

por JOSÉ MANUEL CUÉLLAR | Johannesburgo - 22/06/2010

Del Bosque cambió el equipo. Rueda también. Daba igual. Aunque hubieran dado mil vueltas de molino, aunque mil mentes hubieran discurrido buscando planes malévolos para confundir al contrario o simplemente para mejorar lo expuesto, hubiera dado igual. Hay tanta diferencia entre ambos que jugando en rombo, piramidal, círculo o formación tortuga, el camino siempre habría acabado siendo el mismo: una autovía de único sentido hacia el portal de Valladares. Al igual que ante Suiza, España llevó todo el peso, el balón, el terreno, el espacio, las ocasiones. Honduras puso un 4-1-4-1 intentando nivelar los números en la zona ancha, para ver si podía cortar los flujos. Ni con tres tenazas ni con veinte que hubiera puesto. No se trataba de eso, sino de calidad y, también de necesidad y motivación.

Poco antes de salir, alguien oyó a Morientes decir en la grada: «A los hondureños les puede caer una pana. Estos están rabiosos perdidos». Era así, un aluvión rojo cayó sobre los catrachos que, aún esperándolo, no tuvieron más remedio que refugiarse bajo el paraguas de Palacios, un valladar que tapa casi todo, casi...

Si algo frenó la avalancha roja fue su propia ansiedad. Ansioso Navas por poner el balón en el centro, ansioso Torres por el disparo mortal, ansioso Xavi por el último pase. Sólo Villa marcó los tiempos en cada instante, en cada momento. Villa tiene peligro antes incluso de salir al campo. No le gusta perder y en esa perilla que tiene en plan duelista se le adivina la red que tiene en el entrecejo. Te puede fallar un partido o medio, pero es difícil que lo haga dos veces seguidas.

Por él vino todo, cada diagonal que lanzó desde la izquierda fue una puñalada en el costado hondureño, abriendo canales, haciendo sangre. Se le adivinaba ávido de abrir brecha, pero no ciegamente, sino con la frialdad del cazador furtivo. Mendoza vivió un calvario por aquel lado hasta que en el 17 se cayó con todo el equipo en lo que probablemente sea el gol del Mundial. Se fue Villa con el aguanís de dos, un nuevo recorte y banana al lado contrario. Un golazo impresionante que abrió la lata hondureña.

Ocasión tras ocasión

Fue caer uno y pudieron caer tres más si Torres no hubiera estado con la taquicardia esa que presenta en cada partido hasta que el gol propio no le tranquiliza. España manejó todos los resortes del medio campo, entró por derecha con Ramos más que por Navas, por izquierda con Villa y sin Capdevila y por el centro con la constante amenaza de Xavi y las llegadas temibles de Alonso, que estuvo en todo de forma compulsiva y acertada. Las consignas de Rueda para la continuación fue adelantar diez metros las líneas. Suficiente para España. La autovía ya fue el Cañón del Colorado y a Xavi se le abrieron los ojos como platos pues veía huecos por todos lados.

Les pillaron tres veces y a la cuarta Villa vio la portería ancha como Canaletas. El segundo y a casa permitiéndose incluso el dudoso lujo de fallar un penalti. Vía libre.

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