El mundo post 11-S es más seguro pero da más miedo

No es probable otro atentado de esa magnitud, pero sí de las dimensiones del 11-M

Anna Grau*

En la novela «El hombre del salto» de Don Delillo (Seix Barral, 2007) uno de los personajes hace una reflexión tremenda sobre la caída de las Torres Gemelas. Subraya este personaje la enorme diferencia de temperamento y de destino que separa a una persona que ve caer la primera Torre y a esa misma persona viendo caer la segunda. El segundo desplome, escribe Don Delillo, se produce en un mundo mucho menos inocente, mucho más envejecido. Un mundo que ya sabe que aquella barbaridad puede suceder.

El mundo post 11-S es efectivamente un mundo más viejo. Es un mundo más sabio y más seguro donde la mayoría de expertos coinciden en que no cabe esperar que Al Qaida vuelva a cometer un atentado de semejante magnitud. Atrás quedó la histeria que echó a hervir internet cuando en Estados Unidos se desató una verdadera industria del miedo, atizada por apocalípticos y agoreros que afirmaban que era cuestión de tiempo que Osama Bin Laden detonara una bomba atómica en Washington, Nueva York, Chicago o San Francisco.

Diez años después Osama Bin Laden está muerto, acaba de caer asimismo el número dos de Al Qaida y la situación del núcleo duro de esta organización terrorista resultará familiar a los españoles, pues recuerda a la de ETA. El firme acoso de EEUU y de sus aliados, aún con discrepancias y sobresaltos, ha minado la capacidad operativa de estos yihadistas de diseño que un día parecieron campar por sus respetos pero que ahora se lo tienen que pensar mucho antes de dar un paso en falso. Hasta el mito de que Estados Unidos estaba socavado de células islamistas durmientes se tambalea ante la evidencia de que llevan diez años sin actuar. Y significativamente tampoco pasó nada al día siguiente de la muerte de Bin Laden en Pakistán.

Hoy en día el peligro no viene tanto de la propia Al Qaida, como de los yihadistas espontáneos o «lobos solitarios» que surgen por sí mismos en cada país –en cualquier país- al calor de la mitología terrorista. Gentes a las que basta un lejano ejemplo, una remota inspiración y una muy tenue conexión con los verdaderos islamistas para dar el paso hacia la violencia suicida. En una medida insuficiente para otro 11-S, pero quizás no para otro 11-M.

Más prevenidos, más asustados

Este tipo de ataque es mucho más peligroso porque es mucho más difícil de prever; el «lobo solitario» no se reúne ni se coordina con nadie y no se le ve venir hasta que actúa. A menudo el único indicio ha sido cierto lenguaje desaforado en ciertos foros de Internet (pero si eso fuese motivo de detención, habría que detener a millones), y a veces ni siquiera eso. Véase si no el caso del autor de la matanza de Noruega, muy crítico con la multiculturalidad, pero plenamente multicultural él mismo en sus métodos asesinos.

Y es que desde el 11-S vivimos en un estado de alerta antiterrorista que constituye un arma de doble filo. Estamos mucho más prevenidos pero también mucho más asustados. Se multiplican las víctimas vicarias o secundarias del terrorismo. Los medios de comunicación e Internet dan una información tan inmediata y hasta sofocante de los actos de terror que se amplifican pavorosamente sus efectos. Hay espectadores del 11-S por televisión que han sido clínicamente diagnosticados de estrés post-traumático. Por la misma regla de tres hay un constante flujo de contenidos en red dando constantemente ideas a nuevos terroristas potenciales. Y así se realimenta el ciclo.

Desde un punto de vista operativo las democracias occidentales (y más países musulmanes de los que parece, incluidos algunos inmersos en plena primavera árabe) han reaccionado incrementando de forma importante la cooperación y el intercambio de información antiterrorista con Estados Unidos. España ha mantenido líneas abiertas con Washington sobre estos asuntos incluso en los momentos más ominosos de la relación bilateral, cuando las tropas españolas salieron de Irak sin previo aviso o cuando José Luis Rodríguez Zapatero animó desde Túnez a otros medios de la coalición internacional a desertar.

Por decirlo en román paladino, todo el mundo es consciente hoy de lo que vale un peine, y de que nadie puede salir a patrullar solo, sin amigos de confianza que le guarden las espaldas. Y aún así, cuidado, porque si algo puso de manifiesto el 11-S, y de manera sangrante, es la insuficiencia, por no decir franca incompetencia, de algunos de los supuestos primeros servicios secretos del planeta. La CIA y en menor medida el FBI hicieron frente al 11-S un ridículo tan completo –y tan angustioso- como el que habían hecho en su día ante Pearl Harbor o el asesinato del presidente Kennedy.

Los americanos, divididos en torno al 11-S

Desde entonces se han pedido muchas explicaciones y se han tomado decisiones drásticas para subsanar carencias, unas más afortunadas que otras. La policía de Nueva York decidió dotarse de su propia unidad de espionaje. Las distintas agencias de inteligencia fueron urgidas a compartir mucha más información entre sí que hasta entonces (cosa que siguen haciendo con toda la desgana del mundo).

Las memorias del exvicepresidente Dick Cheney, que salen estos días, contienen un desafiante alegato a favor de los polémicos programas de detención extraordinaria y métodos endurecidos de interrogatorio (para muchos, tortura), cuestionados no sólo por los defensores de los derechos civiles sino incluso por expertos en seguridad. Que sostienen que con estos extremos se hizo más mal que bien a la lucha antiterrorista y a la seguridad del mundo. Mientras Bush y sus lugartenientes siguen insistiendo en que no se arrepienten, porque creen con toda su alma que así salvaron vidas americanas.

Un reciente sondeo del prestigioso Pew Research Center muestra que el público norteamericano está unido en la conmemoración de la tragedia, pero dividido en la opinión sobre sus causas y sus efectos. En septiembre de 2011, inmediatamente después de los atentados, un 55 por ciento rechazaba la idea de que estos hubieran podido ser causados por malas actuaciones de Estados Unidos, como sí creía un 33 por ciento. A día de hoy el margen se ha estrechado al 45 contra el 43 por ciento. También hay un 43 por ciento de estadounidenses que creen que sus gobiernos merecen crédito por haberles protegido de otro ataque similar, mientras un 35 por ciento opina que simplemente ha habido suerte.

*ANNA GRAU ha sido corresponsal de ABC en Nueva York.

  • Marines de la CBIRF inspeccionan materiales ante el Capitolio de los EE.UU. ante la posible presencia de ántrax. (AP)

    Marines de la CBIRF inspeccionan materiales ante el Capitolio de los EE.UU. ante la posible presencia de ántrax. (AP)

  • Detenidos en la Base Naval de Guantánamo, en Cuba. (REUTERS)

    Detenidos en la Base Naval de Guantánamo, en Cuba. (REUTERS)

  • Una soldado norteamericana observa desde el exterior a los prisioneros talibanes. (REUTERS)

    Una soldado norteamericana observa desde el exterior a los prisioneros talibanes. (REUTERS)

  • Un detenido es trasladado dentro de la Base Naval de Guantánamo. (AP)

    Un detenido es trasladado dentro de la Base Naval de Guantánamo. (AP)

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