Poesía y magisterio
Pere Gimferrer, Guillermo Carnero y Pablo García Baena , en la mesa redonda que ayer se celebró en la Sala Orive - VALERIO MERINO
COSMOPOÉTICA

Poesía y magisterio

Pere Gimferrer y Guillermo Carnero reconocen la huella de Ricardo Molina y Pablo García Baena en su obra por su afán en la perfección formal y el culto al lenguaje

CÓRDOBA Actualizado: Guardar
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Un día grande para Córdoba, porque estaban en la misma mesa tres de los mejores poetas españoles vivos. El cordobés José Luis Rey no podía contener la emoción al abrir la mesa que compartía con Pablo García Baena, Guillermo Carnero y Pere Gimferrer, la primera de estudio de los Novísimos.

Como en todo principio, y más en arte, hay unos maestros que enseñan, y José Luis Rey señaló precisamente a García Baena y a los autores de la revista «Cántico» como una de las influencias más decisivas. Los mismos autores lo reconocieron ante una sala llena que mostró una vez más el éxito de convocatoria de la cita cultural cordobesa.

Así, Gimferrer ensalzó a Pablo García Baena, de quien había comprado un libro minutos antes, pero también a Ricardo Molina, muerto prematuramente, con quien se había carteado. «Guillermo Carnero y yo los teníamos en cuenta sin duda», contó. En particular, un libro, «Antiguo muchacho», de Pablo García Baena. Pero Gimferrer «había tenido conocido a Ricardo Molina y a su poesía», y con él tuvo contacto epistolar. «Cuando murió Ricardo, que era muy pronto, yo todavía no había leído a Pablo García Baena», dijo, para después contar cómo conoció al autor cordobés y lo mostró a otro gran poeta de la época, Jaime Gil de Biedma.

¿Cayeron en el olvido? El poeta catalán lo matiza: «Se dispersaron, se fueron de Córdoba, pero siempre fueron un caso especial». Todo a pesar de que, como se destacó, «los poetas de Cántico no habían querido ser maestros de nadie, pero los unían más las afinidades, el culto al lenguaje».

Pablo García Baena hizo un recorrido por la vida de la revista y luego por aquellos Novísimos a los que había tratado, como Molina Foix, Luis Alberto de Cuenca, Antonio Colinas y sobre todo Luis Antonio de Villena, que llegaría a ser prologuista de sus «Poesías completas».

El vínculo entre Cántico y Guillermo Carnero era quizás el más evidente, porque fue él, en su calidad de crítico y estudioso, quien en 1975 reivindicó a unos autores que permanecían olvidados e infravalorados. «Estábamos buscando un discurso que estuviera libre de la referencia a lo contemporáneo y a lo cotidiano», recordó, y ese esteticismo lo encontraron en «Cántico», para liberarse del existencialismo imperante entonces y de los «tópicos» basados en la repetición de Miguel de Unamuno y Antonio Machado. «Tenían una actitud autopunitiva», que en el fondo era un desprecio al lector. Frente a ello, su genealogía era Góngora, Rubén Darío, Cernuda y García Baena.

¿El encuentro entre maestro y discípulos? Sí, pero también entre tres generaciones poéticas, porque José Luis Rey, autor todavía joven y ya galardonado con premios como el Loewe, reconoció su admiración por ambas y la influencia que le han dejado.