La república, el experimento dos veces fallido
La mirada de Alfonso: Aunque ha sido la imagen de la Puerta del Sol la que pasó a la historia, el fotógrafo retrató las multitudes en 1931 en puntos como la calle de Alcalá - aLFONSO
El Rey abdica

La república, el experimento dos veces fallido

Los dos intentos fracasaron en dar solución a los problemas de una España mayoritariamente monárquica

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Decía Ortega que los problemas seculares de España no responden únicamente al absentismo o a la soberbia de las clases conservadoras, sino también a la curiosa miopía de los eternos progresistas, que hacen confundir la nación con unas concentraciones de entusiastas. En la España contemporánea, la historia de las luchas revolucionarias hechas en nombre del pueblo ha dejado tras de sí una vergonzosa crónica de estrepitosos fracasos; de excesos que han acabado haciendo antipática la palabra libertad; de intransigencia fanática y torpe, capaz de sacrificar la seguridad de lo ganado a la histeria de las realizaciones imaginarias.

Aun con todo el talante progresista de la Constitución de Cádiz, hay que reconocer que, convertida por algunos en la promesa de la suprema felicidad, llegó a transformarse en un obstáculo para el reformismo político y en una razón para el divorcio entre los liberales y el pueblo. Porque este, al fin, era algo bastante menos abstracto que esa «opinión pública» de cuya identidad dudaba Larra cuando preguntaba: «¿Será el público el que en las épocas tumultuosas quema, asesina o arrastra, o el que en tiempos pacíficos sufre y adula? Y esa opinión pública tan respetable, ¿será acaso la misma que tantas veces suele estar en contradicción hasta con las leyes y con la justicia?».

La primera, irreal

Precisamente, el gran error de los republicanos de 1871 fue vivir de espaldas completamente a la realidad. El refresco intelectual que Figueras, Pi i Margall, Salmerón o Castelar llevaron a las Cortes quedó rápidamente enterrado por la pataleta cantonalista que los intransigentes desataron en las provincias y la furia popular, milagrera y alucinante, que se infantilizó con presagios igualitarios en las horas de máxima turbulencia. Cinco tipos de República, una Constitución nonata, una guerra colonial, dos guerras civiles y una danza carnavalesca de ¡viva Cartagena! fueron demasiado para llenar once meses. Al final, los políticos responsables no pudieron más. Emilio Castelar llegó a decir en un discurso en las Cortes: «Aquí todo el mundo prefiere su secta a su Patria… De ahí una guerra que yo he calificado muchas veces de animal, guerra que se declaran aquí unos partidos a otros, intolerantes todos, intransigentes todos.»

Dramática II República

No menos dramática fue la historia de la Segunda República, que sobrevino sin apenas herida, ni apenas dolores, y acabó despeñándose en los horrores de la más incivil de nuestras guerras civiles.

Por mucho que los nostálgicos de la primavera de 1931 se empeñen en imponer su versión de los hechos, los historiadores sabemos que la ruina de la Segunda República no se debió únicamente a la soberbia de las clases conservadoras ni a la conspiración de la derecha. A derrumbar la promesa del 14 de abril también contribuyeron la incompetencia de los llamados republicanos históricos y la ceguera sectaria de los republicanos de izquierdas. La actitud normal entre los socialistas no fue la moderada de Prieto o Fernando de los Ríos, sino la intransigente de Largo Caballero, principal artífice de la revolución de octubre de 1934. ¡Y qué decir de los anarquistas!, cuya impaciencia empujó a la CNT por el camino de la insurrección permanente.

Nadie como Julio Camba puso en evidencia las contradicciones, los delirios y los desengaños de aquel régimen de 1931: «Imagínense ustedes un caserón viejo, destartalado, lleno de telarañas. Esto era España antes de la República».

Según el genial periodista, el agotamiento que generó el sistema de la Restauración puso a todos de acuerdo en la necesidad de acometer reformas, pero el resultado estuvo muy lejos de resultar exitoso: «La República nos dejó sin República, como si dijéramos. Nos quitó la gran ilusión republicana, y esto es, en resumen, todo lo que ha hecho».

Animada por el espíritu de revancha y el extremismo, e hipotecada a los intereses de nacionalistas y de otros grupos que no perseguían más que su propio beneficio, la República no se mostró como un proyecto constructivo e integrador. Lo dijo Valle-Inclán durante una conferencia en Madrid, en la que sentenció: «No es verdad que España sea republicana. No es verdad que España haya votado a la República. Y se equivocan los que quieren halagar a los nuevos políticos llamándoles representantes del pueblo republicano. Las elecciones de abril no fueron a favor de la República. Fueron únicamente una sanción ética dirigida contra don Alfonso XIII».

Recordemos aquí aquel chascarrillo contado por un diputado, sobre la forma en que se jaleaba en un pueblo de Aragón el advenimiento de la República. Varios paisanos corrían por las calles gritando «¡Viva la República! ¡Abajo los Borbones!», cuando de pronto se asomó una viejecilla a una ventana y preguntó: «¿Quiénes son los Borbones?». A lo que contestó uno de los manifestantes: «¡Otra que Dios! ¡Los Borbones son la Guardia Civil!»

Sin embargo, la memoria de la República en España no está asociada a los penosos errores y gravísimas faltas de sus prohombres ni a las ocurrencias peregrinas y a la picaresca folclórica. Por desgracia, su recuerdo permanece teñido de colores románticos. Hoy los grupos de izquierda revolucionaria y los antisistema del 15-M se muestran en la Puerta del Sol con una nostalgia casi gráfica, que pretende reproducir, tal cual las han visto en fotos y en documentales, las escenas del 14 de abril de 1931.

Y no son pocos los socialistas y sindicalistas a los que les parece el súmmum del progresismo suspirar por la Segunda República o el federalismo de 1871, cuando resulta difícil encontrar un solo español que consiga explicar las novedades prácticas que el sistema federal introduciría respecto del Estado de las Autonomías. Esta pose, magnificada con la addicación del Rey Juan Carlos, distrae de la seriedad de la vida y la historia, y evoca la mordaz reflexión de Karl Marx: «Todos los grandes hechos de la historia acontecen, por así decirlo, dos veces: una vez como tragedia, y la otra, como lamentable farsa».