De gratitud y buena fe en España
El Rey recibe en audiencia a la Fundación Víctimas del Terrorismo - POOL
El Rey abdica

De gratitud y buena fe en España

El nuevo Rey tendrá que afrontar una transición no menos amenazada por totalitarismos y violencia

Por Hermann Tertsch
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El Rey Juan Carlos I ha abdicado. Se cierra un capítulo extraordinario en la larga historia de España. Han sido 39 años de Monarquía Parlamentaria en la que los españoles han vivido unidos, en paz y en libertad. Algo extraordinario. Libres y sin matarse entre ellos. Nunca había sucedido. Y nada predeterminaba entonces, en aquella precariedad de noviembre de 1975, que así fuera. Demasiados miedos, angustias y sobre todo odios internos había acumulado el pueblo español durante todo el siglo XX, por no mencionar el XIX, para que nadie pudiera atreverse a garantizar que el célebre «cainismo» no iba a rebrotar. Que los españoles no volverían a los ajustes de cuentas, a la goyesca riña a garrotazos.

El Rey recién llegado supo sentir mejor que nadie la necesidad y el espíritu, pero también las posibilidades del momento. Cierto que tuvo el Monarca mucha suerte. Como todos nosotros. Por una vez suerte española en una encrucijada histórica en ese siglo pasado jalonado de maldiciones. Porque el joven Rey supo rodearse de quienes solo tenían buena fe y mejor consejo para la Monarquía y su gran proyecto de reconciliación nacional en una democracia. Mucho se ha escrito, con motivo de la muerte del otro gran protagonista, Adolfo Suárez, sobre aquellos años sorprendentes de los españoles en permanente esfuerzo por entenderse los unos a los otros. Porque siempre hubo ambiciones, tensiones y traiciones. Pero quienes vivimos aquella época lejana sabemos que sí se produjo entonces un insólito tsunami de buena fe en España. El director de orquesta que se esforzaba por coordinar las corrientes, limar desconfianzas, hacer olvidar afrentas, mitigar enconos y, sobre todo, impedir que odios pasados volvieran a dinamitar presente y futuro, fue siempre su Majestad, el Rey.

Corrupción y separatismo

Casi cuarenta años después, España es otra en muchos sentidos. En demasiados. Hace tiempo ya surgieron los terribles efectos de nuestros pecados originales en aquella transición política. Dos son los peores: la peste de la corrupción y el cólera del separatismo. Los nacionalismos habían recibido un trato de especial deferencia como ciertas fuerzas de izquierda y los sindicatos, en un esfuerzo del Estado por lavar una mala conciencia de los políticos procedentes del anterior régimen. Y la mala conciencia de la dictadura se convirtió en el germen de las principales enfermedades que habrían de asaltar a nuestra democracia. La ley electoral y el papel de partido nacionalista bisagra impusieron un ritmo de transferencias a las autonomías y vaciado del Estado central que nos ha traído adonde estamos. La buena fe de la transición tuvo como respuesta de los nacionalismos una deslealtad furiosa por causar daño a España. Las advertencias fueron desoídas y ridiculizadas. Hoy ya nadie duda de que España, su unidad, está abiertamente amenazada en una deriva suicida de los nacionalismos por la independencia y una pasividad continuada del Estado central, hoy prácticamente ausente en ciertas regiones españolas. La abierta complicidad del pasado Gobierno socialista con todos los sectores nacionalistas, desde ETA hasta CiU pasando por ERC, dinamitó los últimos anclajes de respeto a la legalidad del Estado nacional. Cataluña se comporta ya como un Estado independiente para todo menos para financiarse.

«Una nueva generación reclama con justa causa el papel protagonista», ha dicho el Rey. Ahora ya tiene su hijo ese protagonismo. Felipe VI se tendrá que enfrentar, nada más llegar al trono, con el desafío separatista catalán. Y probablemente con otro en el País Vasco, si no se pone freno a este delirio. El desafío separatista es ya también un acoso contra la legalidad y democracia de todo el Estado. A ellos se une ahora como amenaza la radicalización de la izquierda en toda España que el hundimiento del PSOE trae consigo. Veremos cómo puede Felipe VI relanzar el espíritu de una nueva transición para que todos los españoles vuelvan a sentirse protegidos por la Constitución española y la vigencia de las leyes haya sido restablecida en todo el territorio.

Una nueva transición

Toda la ayuda que tiene procede de unos partidos faltos de liderazgo, debilitados y mediocres. Acosados por fuerzas radicales, embrutecidas y nutridas de unas generaciones crecidas en el culto a la transgresión y sin respeto a España ni a las instituciones. Así las cosas, el nuevo Rey tendrá que afrontar una transición no menos amenazada por totalitarismos y violencia que la de su padre. Su ventaja respecto al punto de partida de Juan Carlos en 1975 está en que el marco legal previo existe. Su desventaja está en que la España de la buena fe de la transición y la reconciliación no existe. Ha tenido demasiados enemigos. Y no suficientes defensores. Solo cabe desearle mucha suerte y que cuando acabe su reinado pueda gozar de la profunda e inamovible gratitud que profesamos a su padre quienes bien sabemos que hay hombres, muy imperfectos, que pueden ser bendición de la historia.