El Rey se apoyó en el pacto PP-PSOE y en la lealtad de Rubalcaba para su abdicación
Don Juan Carlos con Alfredo Pérez Rubalcaba en diciembre de 2011 - pool

El Rey se apoyó en el pacto PP-PSOE y en la lealtad de Rubalcaba para su abdicación

Solo el 80% de votos de PP y PSOE ofrecen garantías; las futuras Cortes son una incógnita

MAYTE ALCARAZ
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Era «el momento». Ni ayer, con las elecciones europeas prestas a convertirse en un referéndum impostado sobre la Corona; ni mañana, con Rubalcaba fuera del segundo despacho más poderoso de la política española. Una cosa es la decisión personal, intransferible, del Rey para decidir el fin de un trayecto que bien vale una vida, y otra cuándo ese tránsito vital debe trasladarse a los libros de Historia. Y para este último paso «el momento» era el 2 de junio de 2014. El Rey y su hijo cuentan hoy con un presidente del Gobierno y un líder de la oposición -a punto de marcharse- que todavía garantizan un pacto político sólido forjado sobre el 80% de la representación del Congreso de los Diputados.

Ayer, ministros de Rajoy y fuentes del entorno de Rubalcaba, argumentaban lo mismo: nadie puede asegurar que las Cortes que salgan de las próximas generales atiendan a la necesaria estabilidad para abordar una sucesión monárquica, delicada siempre, pero de imprevisibles consecuencias en una coyuntura tan radicalizada como la actual. Aunque desde Zarzuela se trataba de situar el acontecimiento histórico en un ámbito institucional, el análisis político no dejaba lugar a dudas: visto lo visto el 25 de mayo, con el bipartidismo en un anoréxico 49% y con una peligrosa atomización de la izquierda, era difícil prever el color, la solvencia y la voluntad del futuro Parlamento para acometer un proceso que otros países europeos -Bélgica, Holanda o Luxemburgo son recientes ejemplos- han vivido con normalidad institucional. Lejos de la incógnita de España que, como dijo Unamuno, bien haría en «sentir el pensamiento y pensar el sentimiento».

El Gobierno no podía dejar nada a la improvisación. ABC ha sabido que el Rey y Rajoy manejaron dos opciones: la primera pasaba por anunciar la renuncia real antes de las elecciones europeas. El sentido común, revela un alto cargo de Moncloa, «desaconsejó una salida que solo hubiera dado alas a los grupos en cuyo ADN está acabar con la Corona». Era de libro: esas formaciones, cada vez más emergentes en las urnas, hubieran convertido los comicios en un referéndum sobre la legitimidad de la Monarquía. El Rey quedaría así como válvula de escape para el descontento por la crisis y el descrédito de las instituciones. Pero ni PP ni PSOE podían consentirlo. Descartada esta hipótesis, la otra obligaba a no retrasar demasiado la fecha: el castigo al bipartidismo había colocado en el despeñadero a Rubalcaba. Y con él, a una de las figuras clave de esta noticia histórica.

De la confianza del Rey

El todavía líder del PSOE es, junto a Felipe González, uno de los socialistas más cercanos a Don Juan Carlos. Los despachos eran frecuentes; también las llamadas y, sobre todo, la confianza. Y alguna muestra ha dado de ello Rubalcaba. Frío sábado de noviembre de 2013. Hace poco más de un año que el Rey ha pedido disculpas por Botswana. El jefe del PSOE sofoca como puede una iniciativa en la Conferencia Política de su partido, alentada por Odón Elorza y Pere Navarro, para pedir la abdicación del Rey. La situación la salva el exvicepresidente con una enmienda que presenta el fiel Jáuregui en la que los socialistas solo reclaman que «la Monarquía responda con ejemplaridad a sus funciones». Es el penúltimo servicio de Rubalcaba a la Monarquía. Cómo a la Monarquía: a la estabilidad de España.

La última la comparte con el presidente Rajoy al sellar como una tumba sus labios durante 60 largos días en los que fueron depositarios de la decisión más trascendente de lo que va del siglo XXI. Don Juan Carlos les dijo a ambos: me voy. No por su salud maltrecha, ahora encauzada; ni por la imputación de su hija y el seguro procesamiento de su yerno; ni por el rácano último CIS, fechado en los días de la confidencia... El Rey se va porque toca. Políticamente, claro.

Por eso ayer Rubalcaba salió en tromba a acallar a sectores de Izquierda Socialista y de sus propias Juventudes que pidieron volver a la tradición republicana del partido. Reclamó una reacción prudente, de perfil institucional, a la marcha del Monarca. Y por eso, en Zarzuela y en Moncloa no se contemplaba más alternativa que la suma de los 110 diputados que encabeza el hoy secretario general en funciones para «normalizar el proceso». En otras palabras: aunque no es necesario desde el punto de vista jurídico, el respaldo socialista «refuerza extraordinariamente la llegada de Felipe VI». Como es sabido, la renuncia del jefe del Estado es condición necesaria pero no suficiente para materializar la abdicación. Hace falta el refrendo de las Cortes. Y cuanto mayor apoyo, «mejor entrada para el nuevo Rey», como sentenció ayer un miembro de la cúpula popular.

Acuerdo para el aforamiento

Aunque la discreción ha hecho pivotar el trabajo preparatorio en Soraya Sáenz de Santamaría y Rafael Spottorno, lo cierto es que los socialistas no han sido ajenos al protocolo que se seguirá. Hoy, una brevísima ley orgánica de aceptación. Y «en cuanto se pueda pero sin contaminar la entronización de Felipe VI», el nuevo estatuto de Don Juan Carlos con un posible aforamiento (además de una reforma constitucional para erradicar la prevalencia en la sucesión a la Corona del hombre sobre la mujer). Para ello, todavía se cuenta con la complicidad de Rubalcaba. Si no es él, no se duda de Susana Díaz o Carme Chacón. Eduardo Madina despierta más dudas.