El Rey Don Juan Carlos, el Príncipe Felipe y la Infanta Leonor en verano de 2012
El Rey Don Juan Carlos, el Príncipe Felipe y la Infanta Leonor en verano de 2012 - casa real
Don Juan Carlos Abdica

Los Príncipes de Asturias: diez años de amor y un bache ya superado

Una década después de su boda, Don Felipe y Doña Letizia ofrecen la imagen de un matrimonio unido

Actualizado:

El Príncipe llevaba ya muchos años anunciando que había abierto el abanico y que la mujer a la que elegiría como esposa no tenía por qué ser una Princesa. Don Felipe quería conciliar las razones del corazón con las del Estado, y la España de principios del siglo XXI le respaldaba.

Las Familias Reales europeas aún se encontraban bajo el «shock» provocado por Diana de Gales. Aparentemente, ella cumplía todos los requisitos para convertirse en una buena Reina consorte de Inglaterra, pero había terminado echando un pulso a la Monarquía británica. Aquella boda sin amor, que destapó infidelidades y acabó en divorcio, había sido tremendamente dañina para la Institución.

Cumplidos ya los treinta años, Don Felipe se sentía presionado por un entorno que le pedía que se casara y garantizara con su descendencia la continuidad de una Institución que había costado muchos esfuerzos restaurar. Pero al Príncipe le resultaba realmente difícil establecer una relación con una chica sin que se desencadenara un debate mediático sobre si era o no la persona adecuada. Le ocurrió con Eva Sannum, una joven que fue descalificada por haber posado como modelo en ropa interior y por su pronunciado escote en la boda de los Príncipes de Noruega. La presión acabó con esa relación, aunque el Príncipe siempre sostuvo que la ruptura se debió «a razones estrictamente personales». «La relación no ha prosperado, y punto», anuncó él mismo a la prensa.

«Encuentro casual»

Diez meses después de la ruptura, en octubre de 2002 Don Felipe se fijó en una presentadora del telediario de Televisión Española a la que conoció en casa de su amigo Pedro Erquicia. «Fue un encuentro casual y no tuvo ninguna consecuencia, pero en la primavera tomamos más contacto y aquello fructificó», explicó el Príncipe. Esta vez, Don Felipe puso todo su empeño en mantener esa relación en secreto: no daría la oportunidad de que se abriera un debate mediático sobre la idoneidad de aquella chica, cuya «rectitud y ejemplaridad en el trabajo» le habían impresionado y desde que la conoció en persona «mucho más».

No dispusieron de muchos meses para conocerse, pero al Príncipe, profundamente enamorado, no le cabía la menor duda de que Letizia Ortiz reunía los requisitos que llevaba años buscando. También ella se sumó entusiasmada a aquel proyecto de vida al servicio de España que él le proponía. Con esa decisión asumía la responsabilidad de ocupar un lugar en la Historia y en el futuro de su país.

Al día siguiente de que se produjeran las primeras filtraciones sobre este noviazgo, la Casa del Rey precipitó el anunció del compromiso matrimonial. La boda se presentó como un hecho consumado sin tiempo para el debate. La prometida del Príncipe no respondía al perfil esperado -estaba divorciada y había crecido en un ambiente muy alejado de los valores de la Monarquía-, pero aún así, buena parte de España se sintió arrastrada por el entusiasmo que transmitía Don Felipe. «Aquí estamos, enamorados, comprometidos, convencidos e ilusionados y, por supuesto, entregados al servicio de España y de los españoles», anunciaba el Príncipe lleno de emoción en su primera comparecencia acompañado de Doña Letizia.

ABC fue el único diario que publicó en portada que Doña Letizia estaba divorciada, y los sectores monárquicos más tradicionales, sorprendidos por la elección, respondieron con un silencio leal. La mayor parte de la opinión pública recibió a la prometida del Príncipe con los brazos abiertos.

Aquella chica inteligente, con los pies en la tierra y con personalidad, llena de chispa y de vida puso todo su empeño en convertirse en la Princesa de Asturias que esperaban los españoles. Estudió inglés, aprendió a controlarse, a ocupar un segundo lugar y a colocarse donde le correspondía por protocolo, intentó poner freno a su espontaneidad y aconsejó al Príncipe sobre cómo debía leer en público. A su lado, Don Felipe se hizo más cercano; se le veía feliz y relajado.

Doña Letizia comenzó a vestirse, a peinarse y a maquillarse como ella consideraba que debía hacerlo una Princesa. Aprendió a llevar diadema, banda o peineta con mantilla y llevó al extremo el cuidado de su imagen. Pero, reacia desde el principio a aceptar consejos, empezó muy pronto a suscitar unas críticas que le costaba encajar y que muchas veces eran injustas.

Al año de la boda se anunció el esperado embarazo y vino al mundo la Infanta Leonor. Con la llegada de Sofía se reforzó la continuidad de la Dinastía. «Dos bendiciones del Cielo», decía ella. Pero su vida no ha sido el cuento de hadas que parecía. También ha habido muchas decepciones y momentos enormemente dolorosos, como la muerte de su hermana Érika, que la dejó para siempre una cicatriz de tristeza. Y traiciones, algunas de sus propios familiares, que intentaron sacar provecho mercadeando con su intimidad, precisamente lo que ella defiende con más firmeza.

A pesar de sus esfuerzos y del apoyo del Príncipe -que siempre se ha mantenido a su lado y ha valorado su criterio-, Doña Letizia ha vivido etapas complicadas. No le ha sido fácil encajar en una Institución y en una familia tan diferentes a lo que ella había conocido. A veces transmite una sensación de desencanto. «Esto sólo se aguanta por amor», ha comentado en alguna ocasión.

La etapa más difícil la vivió el pasado verano, cuando se sintió excesivamente presionada y se refugió en su propio espacio. La Princesa abandonó sola la isla de Mallorca, donde pasaba unos días de vacaciones, y sin ninguna razón que lo justificara.

Etapa superada

Aquella etapa quedó superada tras el verano y, desde septiembre, los Príncipes comparten la vida, solos y con sus hijas. Acuden juntos al cine, salen a cenar o a almorzar, hacen excursiones, van a museos, viajan, invitan amigos a su casa y acuden a las de ellos. Transmiten la idea de un matrimonio unido.

Don Felipe llega al décimo aniversario en su mejor momento. Desde septiembre que se disparó su popularidad tras defender en Buenos Aires la candidatura olímpica de Madrid, ha batido varias veces sus propios techos, según los sondeos internos de Zarzuela. En los últimos meses Doña Letizia ha subido, pero no tanto como el Rey.

El tirón del Príncipe hizo subir la valoración de toda la Familia Real, mientras que la declaración de la Infanta Doña Cristina en el Juzgado hizo bajar a todos. Desde hace tiempo, el Príncipe y la Reina son los más valorados. Unas décimas por debajo les sigue el Rey y, pocas décimas detrás, la Princesa.

Quienes conocen a Doña Letizia saben que es una mujer con mucho carácter y espontánea a la que le gusta opinar, exponer su criterio y debatir hasta el extremo. Aunque en el terreno personal, ella toma muchas decisiones; en las cuestiones institucionales es el Príncipe quien manda. A veces es divertida e ingeniosa, pero otras no consigue disimular su contrariedad y no siempre logra morderse la lengua. El Príncipe sabe que son las dos caras inseparables de la misma moneda.