debate sucesorio

Alfredo Pérez Rubalcaba, el imprescindible

El nieto del carnicero de Solares que soñaba con correr en unas olimpiadas es el hombre clave de ZP en sus horas más bajas. Brillante, mordaz y táctico, le espanta volar, se relaja con Maná y chatea con tasqueros asturianos

ZURIÑE ORTIZ DE LATIERRO
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La tía Cuchi espera su visita desde hace días. Le llamó el 28 de julio para felicitarle por su 59 cumpleaños y él le prometió que pasaría por Solares, como tantas otras vacaciones. Pero el final del verano pasado fue tan intenso que no ha podido escaparse a Cantabria.

Lo mismo tuvo que excusar a Zapatero por faltar a la cita minera de Rodiezmo, que terciar sin rubor en la primarias madrileñas del partido socialista a favor de Trinidad Jiménez y su amigo más íntimo, Jaime Lissavetzky. De paso, ha encauzado la negociación presupuestaria con el PNV y dejado muy claro a España y a ETA que la política antiterrorista del Gobierno no va a cambiar ni una coma tras el último e «insuficiente» comunicado de la banda asesina. Una vez más, Alfredo Pérez Rubalcaba es el hombre imprescindible del presidente del país en sus momentos más bajos, como ya lo fue para Felipe González cuando cargó con el fardo de responder por los juicios del GAL. O como cuando hizo frente a una crisis como la del 11-M y movilizó a los votantes tras la masacre, logrando la victoria de Zapatero y convirtiéndose en un demonio conspirador y oscuro para el PP.

Pero para Elisa Rubalcaba, la tía Cuchi, y el resto de su familia materna, ha sido un verano más. «Siempre está pendiente del móvil, las 24 horas del día. Es una víctima del trabajo, es su vocación», responde casi antes de preguntar un primo suyo. Cuando de niño chutaba el balón en los jardines del balneario de Solares y miraba con cierto repelús los animales que correteaban por la casa donde nació -la del carnicero Jandro, su abuelo, no la casona del XVII que exhibe el escudo de armas de los Rubalcaba- también era rápido. En las carreras con los amigos y nadando en la playa. En contra de lo que uno pueda imaginar por su mirada, su devota tía defiende que «no era pillo. No era nada travieso. Era un niño muy cariñoso y muy muy bueno. ¡Oye, y lo sigue siendo!». Por eso de las dudas.

Quizás en esos veraneos entre vacas y gallinas mamó las primeras clases de alquimia. No la referente a la transmutación de la materia, sino a la del trato humano. Su padre, un piloto de Iberia que hizo la guerra en el bando nacional, pasaba las tardes de agosto en el patio del suegro, un carnicero no menos sabio y republicano. Ese crío observador, estudioso y religioso, que luego se doctoró en Químicas con el Premio Extraordinario y ha terminado siendo uno de los políticos más influyentes de la historia de la democracia en España, aprendió en esas tardes de Solares que uno se puede asomar a la realidad desde arriba, pero también desde abajo para entender lo más pequeño. Quizás por ello, este hombre brillante y complejo, superviviente de todas las catástrofes de su partido, chatea en invierno con algunos tasqueros de Asturias. No se molesten en preguntar a Mariví o Pepe del Chiqui (Celorio) -un hijo suyo es ahijado de Rubalcaba- o a María de la cafetería Acuario (Posada) cuitas del ministro mejor valorado por sus votantes y por los de enfrente. «Es de casa». Ni siquiera se atreven a confirmar que sus problemas de estómago apenas le permiten beber un culín de sidra. No sueltan prenda. Tampoco Marujina, del estanco de Nueva: «Él mismo viene a por los puros y si no le manda a un amigo. Yo le veo estupendo, correcto. ¿Qué puros? Ay, nena, eso no te lo puedo contar».

A todos ellos y muchos más les conoce casi desde hace 25 años, cuando empezó a veranear en distintos enclaves del precioso municipio asturiano de Llanes. Los últimos 20, en la aldea de Bricias, en una casa de pueblo, entre modestísima y cochambrosa, que Alfredo y su mujer alquilan a una paisana. El tercer ministro más rico, por detrás de Cristina Garmendia y Miguel Sebastián, disfruta de un patrimonio de 1,2 millones de euros, de los que 109.608 corresponden al valor catastral de sus inmuebles, entre los que no figura el impresionante chalé que se asoma a Toranda, su playa, en contra de la versión extendida por la zona. Pertenece a un conocido catedrático.

Devora novela negra

Él sólo necesita el mar para nadar sus interminables largos junto a Lissavetzky y una butaca para deleitarse con una de esas novelas negras que le atrapan y transportan a entornos brutales y sórdidos, donde deben desenvolverse detectives sensatos como Philip Marlowe. Como él. Amigos y detractores coinciden que tiene mucho de sabueso. «Es un buen espía. Lo hace de una manera natural. Sabe escuchar. Sonsaca y esconde lo que quiere esconder, pero con mucha profesionalidad. Es un mago social. Vive muy bien en la tribu, funciona como mediador. Conoce muy bien todos los trucos», le psicoanaliza un ex presidente autonómico.

Una de sus últimas lecturas le ha llevado a los suburbios de Nueva York, a San Diego, a los desiertos mexicanos y al río colombiano de Putumayo, sin coger el avión que tanto detesta y descarta en cuanto el viento arrecia más de lo que sus nervios de acero aguantan. Don Winslow narra en 'El poder del perro' una historia sangrienta con narcos mexicanos y nacionalistas irlandeses. También le ha enganchado el nuevo caso que el brigada Bevilacqua y la sargento Chamorro investigan en 'La estrategia del agua', de Lorenzo Silva. Se lo ha devorado y recomendado a sus colaboradores, que sufren en sus horarios la absoluta dedicación a la política del hombre que da la cara y el discurso en las horas más difíciles del Gabinete Zapatero.

Casado y sin hijos, pero con importantes compromisos familiares, a punto estuvo de decirle que no al presidente cuando le pidió que tomara las riendas de Interior para encabezar la negociación con los terroristas. Tres de los cuatro hermanos de su esposa murieron por distintas enfermedades en un breve espacio de tiempo dejando a cinco chavales medio huérfanos, en los que quizás Rubalcaba vea a los hijos que nunca tuvo. Era abril de 2006, ETA acababa de anunciar la tregua que ocho meses después dinamitaría en la T-4, y él sabía por los duros años con González que cuanto más imprescindible se hace uno para los demás, tanto más se obliga a prescindir de esa vida íntima que preserva de los focos. Pero «Alfredo es ante todo un hombre de partido, de lealtades y fidelidades», repiten altos cargos socialistas y de otras formaciones, y se mudó al Ministerio del Interior.

Es muy difícil verle en un acto público del brazo de su esposa, Pilar Goya Laza. Se conocieron en la Complutense, se doctoraron y se hicieron íntimos de otra pareja de químicos, Lissavetzky y su mujer. Pilar dirige el Instituto de Química Médica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En Vitoria, donde nació y vivió sus primeros años con los abuelos maternos (sus padres tuvieron que desplazarse a Estados Unidos), algunos familiares aún recuerdan las preguntas de esa niña, despierta como pocas, cuando apenas sabía hablar. «Un día, en la playa, le dijo a su abuela '¿por qué dices las palabras y se van?'. Fíjate si era lista que cuando se marcharon a Madrid y estudió en el instituto británico fue la primera española en ser premiada», ilustra una de sus tías. Pilar pertenece a una familia conocida de ingenieros, industriales y confiteros, los de las trufas Goya. Les gusta reunirse, pero el ministro suele fallar. No le van los fastos, salvo los convocados por el Real Madrid. «Es un madridista exacerbado. Este asunto es de los pocos que no se pueden discutir con él. Aunque él diga lo contrario, es imposible», confiesa un buen amigo suyo. De su fobia al Barça, tampoco reconocida, sabe más el presidente del Gobierno, culé, con el que suele sufrir los derbis en La Moncloa.

Cine clásico con los sobrinos

El resto de sus aficiones son tan populares como el mus. «No es mal jugador, pero es peor de lo que él cree», certifica un compañero de tapete. O el cine clásico, que le gusta ver en casa con los sobrinos para luego comentar la interpretación de Humphrey Bogart o las aventuras de John Wayne. También consume grandes gestas deportivas. Para un hombre que entre sus aspiraciones de adolescente nunca figuró la de ser ministro, sino la de correr la competición reina en un estadio olímpico -en la universidad fue campeón nacional de los 100 metros libres-, es fácil emocionarse con las hazañas, como cuando se coronó Martín Fiz mejor maratoniano del mundo en 1995. O cuando el lanzador de peso Manolo Martínez obtuvo diplomas olímpicos en Sidney y Atenas. La lista de sus héroes incluye a mujeres con garra como Edurne Pasabán, reina de los 'ochomiles'.

Maestro de la estrategia y la táctica, con eficacia goleadora, parece como si la velocidad de sus piernas se hubiera trasladado con los años a su cabeza. «Ahora es un velocista de mente. Inteligente, rápido y con una capacidad para adaptarse a diferentes equipos que se ve en muy pocos. Es un político en estado puro. Un socialdemócrata que busca la igualdad siempre pegada a la libertad. Y no es ortodoxo ni sectario, sino que interpreta y moderniza los principios del socialismo», describe un compañero de bancada parlamentaria. Los de enfrente ven a un hombre rápido, sí, que ha sabido hacerse imprescindible. También a un ser oscuro y conspirador; a un cerebro en la sombra capaz de irrumpir en la jornada de reflexión sin sonrojo o de mover los hilos mediáticos con recetas inconfesables, superando los niveles intoxicadores atribuidos en su momento a Guerra.

Pero si algo ha aprendido en la vida el nieto del carnicero de Solares es a relativizar halagos y pullazos. Se enchufa una balada de Maná, un aria de Juan Diego Flórez o un recopilatorio de Los Secretos y se fuma un buen habano. Fijo que un duro detective, como Philip Marlowe, cínico, frío y a la vez tierno y romántico, siente más cosquillas en el estómago con el piropazo de Maribel Verdú que con los halagos políticos: «A mí, el que me pone es Rubalcaba».