M. | Vídeo: Los años que ETA dominaba la Parte Vieja de San Sebastián

Un «nido» de ETA en San Sebastián

Víctimas de la banda relatan a ABC cómo ha cambiado la Parte Vieja tras el fin de la violencia terrorista

San SebastiánActualizado:

Durante sus cinco décadas de actividad criminal, ETA vertió en San Sebastián la sangre de cerca de un centenar de personas. Uno de los nombres que la banda puso bajo la diana fue el de Gregorio Ordóñez, quien finalmente sería asesinado el 23 de enero de 1995 en el bar La Cepa. El entonces teniente de alcalde del Ayuntamiento donostiarra no llegó a ver el rostro de su verdugo, posteriormente identificado como Valentín Lasarte, que le descerrajó un tiro por la espalda antes de huir a la carrera por las arterias de la Parte Vieja. Un enclave que terroristas y simpatizantes tomaron por la fuerza en los años de plomo y que aún hoy alberga vestigios de esa oscura etapa de la ciudad.

Los carteles y pintadas en favor de los presos de ETA y de organizaciones vinculadas a la izquierda radical crecen en número y tamaño conforme se accede al núcleo duro de la Parte Vieja. Una de las calles más conflictivas durante la década de los 80 y los 90 fue la de Juan de Bilbao, donde perviven una «herriko taberna» y varios locales de naturaleza proetarra. «Cuando quemaban autobuses en el Boulevard o hacían manifestaciones venían aquí a refugiarse», explica Jorge Mota, delegado de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) en el País Vasco, que apunta que en este tipo de establecimientos se escondían también armas como cócteles molotov.

Bien lo sabe Albino Alfredo Machado, que en su juventud trabajó en un restaurante próximo a esta calle. El cocinero, víctima en 1996 de una bomba lapa que le mutiló parte de un pie, afirma que el clima de «crispación» que imperaba en el casco histórico donostiarra llevó a muchos hosteleros y comerciantes a la ruina. Él mismo tenía problemas para acudir a su puesto de trabajo, pues la Policía Nacional sellaba con regularidad los accesos al barrio: «Lo primero que te miraban eran las manos y cómo ibas vestido -destaca-. Algunas veces te dejaban entrar, otras tenía que venir a buscarme mi jefe». En alguna ocasión llegó a «cobrar», asevera, por verse envuelto en altercados entre proetarras y policías.

Aunque la Parte Vieja sigue siendo un «nido» de radicales, Mota pone de relieve que el miedo a caminar por sus calles ha desaparecido. Explica el delegado de la AVT que la ciudadanía ha ganado «libertad de movimiento», pues no existe preocupación de sufrir un atentado. A ello ha contribuido enormemente el regreso de las patrullas de la Ertzaintza, cuyos agentes acostumbraban a vigilar el barrio vestidos de paisano durante los años de plomo.

La sensación de convivencia, sin embargo, es ilusoria: «Cuando les rascas un poco sacan la agresividad», asevera Mota, quien recuerda que los vecinos de San Sebastián «no pueden defender públicamente la libertad de España o pedir que los presos cumplan condena en cárceles de fuera del País Vasco» sin recibir amenazas o insultos de los custodios del nacionalismo radical. Solo las Fuerzas de Seguridad, subraya, impidieron que los proetarras fueran más allá de las palabras en actos de protesta como el que la AVT celebró el año pasado en Alsasua. «Eso es algo que no ha cambiado», coincide Machado, que incide en la imposibilidad de reivindicar la españolidad en la capital de Guipúzcoa.

«No eres mi abuela»

La de finales del siglo XX fue una etapa difícil para la mayoría de los vecinos de San Sebastián, la ciudad más castigada por la tiranía de ETA. A menudo, la pérdida de un familiar a manos de los terroristas constituía para sus allegados apenas el inicio de un largo calvario. El propio Mota, hermano del funcionario de prisiones asesinado Ángel Jesús Mota, conoció la crudeza de la sociedad de la mano de la que fue su cuñada, que tras el atentado cortó toda relación con su familia política.

«En el momento en que murió mi hermano nos prohibió acercarnos a ella y a sus dos hijos, con los que hasta la fecha no tenemos el más mínimo trato -explica-. Mis padres no han podido ver crecer a sus nietos, que eran lo único que les quedaba de Ángel Jesús». El detonante de este súbito alejamiento pudo ser ideológico, pues con el tiempo descubrió que una de las hermanas de su cuñada pertenecía a Herri Batasuna. «No dábamos crédito, tener que encontrarme con una persona de tan poco corazón me genera aún mucho más dolor», lamenta.

Los intentos que ha realizado la familia para contactar con los hijos de Ángel Jesús resultaron infructuosos. Su propia abuela, madre del fallecido, se acercó hasta el instituto en el que estudiaba uno ellos para tratar de hablar con él. La respuesta del joven fue demoledora: «Tú no eres mi abuela, tú eres una fascista».

«¿Qué le habrán explicado? ¿Cómo le habrán vendido la historia?», se pregunta un perplejo Machado, que lamenta que para una parte de la sociedad vasca «los asesinos se han terminado convirtiendo en víctimas». El problema, apunta, hay que buscarlo en los colegios y los institutos, que siguen sin explicar a los alumnos lo acontecido en el territorio: «En el País Vasco hay gente joven que sabe de todo sobre la Guerra Civil pero que desconoce que hace diez años aquí se estaba matando», denuncia el excocinero, que augura que ciertas corrientes políticas «no quieren que se sepa la verdad».

Un clima asfixiante

El clima de violencia de la Parte Vieja se tornó aún más asfixiante a raíz de la muerte de Gregorio Ordóñez. Para los políticos de las formaciones constitucionalistas, este enclave de San Sebastián quedó totalmente prohibido: «No nos dejaban ir, nuestros propios escoltas nos decían que no fuéramos por determinados sitios», explica María San Gil, expresidenta del PP vasco e íntima colaboradora del exteniente de alcalde de San Sebastián, que reconoce que padeció un shock postraumático tras presenciar el asesinato de su jefe y amigo.

«Fue muy duro, es algo difícil de digerir», explica la dirigente donostiarra, que hace hincapié en que los etarras acabaron con la vida de Ordóñez a sabiendas de que era «una amenaza para su proyecto político». «Decía que con los terroristas no había nada que negociar salvo el color de los barrotes», recuerda San Gil, que reconoce sentirse frustrada ante el hecho de que los radicales finalmente hayan logrado acceder a las instituciones «como si fueran demócratas de pleno derecho».

Cuando Jaime Mayor Oreja relevó a Ordóñez como aspirante a la alcaldía de la capital donostiarra, María San Gil tenía dos opciones: «O me iba a mi casa a llorar o daba el paso a la primera línea». No tardó en decidirse, subraya la también exparlamentaria vasca, convencida de que era necesario «reaccionar» para que a la banda terrorista «no le saliera todo gratis». «Tampoco sabíamos lo que nos venía. La escolta, la falta de libertad, el miedo, las amenazas -recuerda-. Yo he llegado a estar en mi casa dando el biberón a mi hija mientras 40 personas me gritaban y me amenazaban desde la calle».

Apenas hace un año y medio que San Gil camina por la calle sin escolta, algo que al principio, confiesa, le dio «mucho miedo». Pero a cambio, dice, ha recuperado la felicidad: «He venido en autobús, he vuelto a conducir, puedo hacer lo que quiera sin pensarlo en la víspera -afirma-. Hasta ir a comprar el pan de repente me parece un lujo».