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ABC de Sevilla


EL DELETREO DE LA GLORIA

EL DELETREO DE LA GLORIA

JESÚS LILLO Quiso interrumpir su gira norteamericana para desplazarse a Madrid, retratarse junto al «Guernica» de Picasso e interpretar «People Have The Power». Venía Patti Smith a celebrar la letra de un himno subversivo y feliz, escrito en 1988, que habla de revolución y de darle la vuelta al mundo. Aunque lo intentó, no consiguió la poetisa de Chicago pronunciar correctamente el nombre de la estación de Atocha, argumento de su enésimo réquiem, estribillo de un memorial a domicilio con el que la autora de «Piss Factory» reivindicó en Madrid ese esquivo y terrenal más allá de la muerte que rara vez se manifiesta como en el domingo que en España siguió al 11-M. Fue su hermoso concierto en el Festimad, de principio a fin, un mitin. Sin pancartas, sin pegatinas; todo dicha y sentimiento. Porque no provocan rechazo las ideas y manifiestos de una mujer que se envuelve, orgullosa, en la bandera de su país y que, de la mano de Susan Sontag, cuestiona el orden mundial con el sosiego de un poema y la foto de un pie desnudo y en blanco y negro. Sin estridencias. Discreta y pacífica homilia de la papisa del punk. Sacudido por las tracas propagandísticas que prende en campaña nuestro fallero mundillo de la cultura, el público encuentra reposo y comulga en la liturgia que oficia Patti, la viuda que lloró en un conmovedor disco a Fred «Sonic» Smith, la musa que iluminó el primer estudio fotográfico de Mapplethorpe, la cantante que compuso canciones junto a Springsteen, la alumna de William Burroughs, la amante de Sam Shepard, la precursora del estallido que cambió la estampa del rock a mediados de la década de los setenta... La autora de «Wave» concilia credibilidad y discrepancia porque no mancha su raída chaqueta con adhesivos de temporada. Prefiere tocarse el corazón y hurgar en el de su público. Así no duele. La apreturas de la programación de un festival le impidieron desplegar su obra con generosidad. Poco más de una hora para repasar piezas clásicas y exponer su reciente «Trampin´», alegato antibélico que fluye por el enorme cauce creativo provocado en Estados Unidos por los atentados del 11-S y adaptado en Madrid a las hechuras de la matanza de la red de Cercanías del pasado marzo. Abrió su recital con una frágil lectura espiritual -voz y piano, con sentidos aleluyas añadidos- de la canción que da título al álbum, y de inmediato soltó «People Have The Power». La banda con la que ha crecido y envejecido esta mujer de casi sesenta años blindó de forma impecable el discurso de Patti Smith, que gateó por el suelo, cantó con los ojos cerrados, estrechó las manos del público, escupió como un futbolista, deambuló sobre el escenario con los brazos en cruz y le echó un pulso a las jóvenes bandas que competían con ella en el recinto de Móstoles. Ganó Patti. La más anciana, la más fuerte. De «Horses», su venerado disco de debut, interpretó la sísmica «Free Money», y de «Radio Ethiopia», otra pieza de museo, rescató «Pissing in a River». Dejó en casa su colección de mantras de largo metraje, pero recitó los versos de «Gandhi». Y se despidió con la «Gloria» de Van Morrison, un clásico que en la garganta de Smith y los arreglos de su grupo se convierte en magistral lección de historia del rock, un ejercicio de estilo, aún por superar, que desde hace ya tres décadas sirve para retorcer y transformar una hechicera pieza de «rhythm and blues» en un agresivo tornado de punk. Quizá resulte más fácil darle la vuelta a una canción que cambiar el mundo con un simple estribillo, pero ahí sigue Patti, deletreando las letras de su particular gloria, rezando por los muertos y predicando un fabuloso más allá./ Comentar