La victoria se escribe con claxon

Madrid fue una fiesta hasta el amanecer, con botellones en todas las plazas y miles de litros de cerveza consumidos

MADRID. Actualizado: Guardar
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El pueblo de Madrid ya sabe lo que es salir a la calle en la década de la crisis por un motivo en el que no hay dudas: la victoria de su selección. Su fervor fue tal, que no paró de festejarla, desde el minuto 1 de la victoria. Quien sufrió, casi en primera persona, la victoria fue la estatua de Colón. Fue el primer momento de la catarsis colectiva: centenares de personas se lanzaron sobre el monumento situado ahora en el centro de la plaza, derribando vallas y todo obstáculo que le impidiese acercarse al centro.

Ese momento estuvo lleno del sonido de los petardos, de las tracas, de los fuegos artificiales que replicando a los inalcanzables del Soccer City, surcaban los cielos, desde Vallecas a Aravaca, de San Sebastián de los Reyes a Móstoles, donde se rendía tributo a Casillas, el capitán indiscutible. Madrid era una fiesta donde el sonido de los claxones reinaba en una noche donde no hubo silencio y donde el botellón y el sonido de las bocinas fueron los protagonista absolutos.

La diosa Cibeles miraba a las masas que esta vez no vestían de blanco, sino de rojo. A las 23.30 horas, la Policía Local hacía lo que todos pedían a gritos, cortar el tráfico. Fue el momento en el que la fiesta tomó con mayúsculas el centro. Sol era un hervidero imposible de alcanzar, peor incluso que en la Nochevieja más popular. Callao se masificaba a pasos agigantados y hacía imposible circular por la Gran Vía. La Puerta de Alcalá veía como sus vanos eran tomados por centenares de personas que querían tomar un espacio al que es imposible de acceder. La fiesta era tal que masas de jóvenes comenzaron a visitar las sombras boscosas de El Retiro, convertido por una noche en espacio de masificado botellón que nadie pudo evitar porque, sencillamente, las puertas no estaban cerradas. Mientras, familias enteras dirigían sus vehículos hacia el inaccesible centro, aparcando donde podían con tal de poder participar en la fiesta y revolucionando la noche madrileña con el constante e insistente sonido de sus bocinas.

Quien hizo negocio durante toda la noche fueron los vendedores de alcohol barato, que aparecían por todos los lados vendiendo desde latas de cerveza calentorra, a botellines de minifrigorífico de hotel a precios prohibitivos. La cerveza triunfó una noche más, con decenas de miles de litros consumidos, seguidos por los infalibles calimochos y todo tipo de combinados comprados horas antes en los comercios.