Crítica

El Piraña: un modelo en boga

Su cocina está asesorada por el gallego Carlos Núñez, veterano cocinero que fue chef ejecutivo del grupo Vips

MadridActualizado:

Restaurantes sin complicaciones. Sitios «divertidos», con un punto de informalidad en los detalles y una cocina sin complicaciones que se orienta principalmente hacia la tradición a precios razonables. Un modelo de negocio que, a pesar de la variedad de la oferta, sigue siendo mayoritario en Madrid. Por ahí van también los tiros de esta casa de curioso nombre abierta en la confluencia de la Castellana con López de Hoyos y que cuenta además con una terraza en el bulevar de la gran arteria madrileña. Siguiendo también las tendencias que se imponen, el local, luminoso pese a ser un semisótano, cuenta con una pequeña barra junto a la entrada, rodeada de mesas altas, para esas comidas rápidas o para un picoteo más ligero. Y más tendencias, en este caso de las que no nos gustan: mesas desnudas, sin manteles, con un simple bajoplato de papel.

La cocina de El Piraña está asesorada por el gallego Carlos Núñez, veterano cocinero que fue chef ejecutivo del grupo Vips en los tiempos de aquel ambicioso proyecto que fue el Teatriz y que ha orientado en los últimos años a otros restaurantes como Atlantik Corner. Núñez ha diseñado una carta breve, apenas una veintena de platos sin complicaciones, pensados para contentar a todo tipo de público. Desde bonito en escabeche con una crema suave de marmitaco hasta una hamburguesa de ternera con queso de pría ahumado. Platos que cumplen su papel sin que ninguno de ellos llame especialmente la atención. Debería evitarse, eso sí, una cierta repetición en las preparaciones y en las guarniciones. Probamos, para empezar, un tartar de tomate con aguacate que lleva el adorno de unos berberechos y unos trocitos de centolla (12 €), una elaboración fresca, adecuada para estos calurosos días estivales. Le falta algo de sabor a una ensaladilla rusa con encurtidos, ventresca de bonito y unas piparras demasiado grandes (10), y resulta muy correcto el steak tartar (16), que llega a preparado desde la cocina pero bien aliñado. No le ayuda nada un pan de cristal, que de tal sólo tiene el nombre.

No podía faltar un plato de atún rojo (23). En este caso vale la pena. Hecho vuelta y vuelta en la plancha, casi crudo, y acompañado con un puré de coliflor ahumada. Elegimos luego dos carnes. Mollejas de cordero (18) glaseadas con verduras «de temporada» (un latiguillo este que debería evitarse en las cartas, mal estamos si las verduras no son «de temporada»), y lagarto de ibérico (16) glaseado con verduras y patatitas. Demasiado parecidas ambas elaboraciones, con ese glaseado como denominador común. Sosotas las mollejas, faltas de intensidad, todo lo contrario que el lagarto, una pieza sabrosa y bien tratada.

En los postres (todos a 4,75), muy flojo el «frangipane» (crema de almendras) con amaretto, culis de mango y helado de yogur, cada cosa por su sitio. Bastante mejor la crema de mascarpone con frutos rojos y, de nuevo, helado de yogur. La carta de vinos está aún en proceso de ajuste. Por el momento, escasa en blancos y con mucho clasicismo en los tintos, aunque con precios muy ajustados como ese Abadía Retuerta 2011 por tan sólo 29 euros.

Lo mejor: Tartar de tomate y lagarto de ibérico.

Precio medio: 40 €.

Calificación: 6.