«Vine a ver a mi amante, no a matar»

Los acusados de asesinar al capo Leónidas Vargas niegan cualquier relación con el crimen

MADRID Actualizado: Guardar
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«Vine a Madrid para matar a un hombre que no había visto nunca». Así arrancaba Antonio Muñoz Molina su novela «Beltenebros» y ese es el frío proceder que el fiscal atribuye a Jonathan Andrés Ortiz. Se le acusa de volar desde Canarias a Madrid con el encargo de asesinar a Leónidas Vargas, el capo colombiano de la droga que murió tiroteado en enero de 2009 en su habitación del Hospital Doce de Octubre. Ortiz lo negó ayer durante el juicio que se celebra por este crimen en la Sección Tercera de la Audiencia Provincial. Declaró ante el plenario que no vino a matar a nadie, que sólo voló para encontrarse con su amante, con Yuli Carolina Oliveros, también encausada.

El proceso que se sigue por la muerte de Vargas se deslizó ayer por inesperados derroteros de alcoba cuando el presunto autor material de los disparos que fulminaron al capo justificó su fulgurante viaje a Madrid en las fechas en las que se produjo el crimen esgrimiendo la relación que, a espaldas de su mujer, ayer presente en la sala, mantenía con Oliveros. Ortiz negó que en aquel encuentro él u Oliveros participaran en ningún compló para acabar con el que fuera temido capo del cártel del Caquetá.

Con su señora delante

Pese a que su abogada solicitó que su esposa abandonara la sala, el presidente del tribunal denegó tal petición por tratarse de un juicio público, y Ortiz, a quien la Policía y la Fiscalía creen capaz de disparar cinco balazos letales a sangre fría, tuvo que explicarse con su esposa presente. Contó que su señora le controlaba las «tarjetas, el dinero, todo» y que por eso fue Oliveros la que le pagó el pasaje a Madrid, así como todos sus gastos durante la estancia. Lo que no pudo explicar es por qué, si no tenía dinero para volar del archipiélago a Madrid, pudo viajar poco después a Colombia.

Antes que Ortiz había declarado la mujer con la que mantenía una relación extraconyugal, a la que se acusa de convencerlo para, a cambio de dinero, ser el ejecutor de Vargas. Oliveros rompió a llorar cuando el fiscal la interrogó sobre las horas exactas en las que estuvo junto al supuesto pistolero y dijo que no podía aportar datos precisos, porque no los recordaba.

A la pregunta de si Ortiz es un asesino despiadado o si, como dijo su abogado anteayer, «su único problema es que le gustan mucho las mujeres», serán los miembros del jurado los que tengan que contestar. Para ello, ayer escucharon las declaraciones de todos los demás acusados, que negaron cualquier participación en la muerte de Leónidas Vargas.

Abrió el turno de declaraciones Jonathan Montoya, a quien se acusa de guiar al pistolero hasta la habitación en la que estaba Vargas y entregarle la pistola con que se ejecutó el crimen; todo ello a cambio del módico precio de 300 euros. Montoya dijo que aquel día estaba en el hospital porque había ido a visitar a un amigo accidentado y estrenó una tesis a la que se aferraron después sus compañeros de banquillo, la de que la Policía lo presionó, amenazándolo con delatarlo al clan de Vargas para que lo liquidaran si no colaboraba con la investigación; todo, según esta versión al más puro estilo «Miami Vice». A este argumento, digno del más retorcido guión de Tarantino, recurrió también el rumano Andrei Alexandru, acusado de encubrimiento por deshacerse del arma homicida. Alexandru sostiene ahora que se inventó que hubiese arrojado la pistola al río Guadarrama por las presiones de los agentes.

También declaró José Jonathan Fajardo, presunto cerebro del crimen. Solo contestó a su abogado y dijo que no tuvo nada que ver. Hoy, más.