UNA Y MEDIA

LA «TEOLOGÍA» DEL CUERPO

JESÚS HIGUERAS
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No es frecuente encontrarnos en las páginas evangélicas a Jesús enojado, pero no olvidemos que la ira es la expresión humana ante las injusticias, una ira que podemos encauzar y orientar hacia el bien. Jesucristo no «perdió los papeles» ante los mercaderes del templo de Jerusalén, pero quiso mostrar su disgusto por la terrible injusticia de haber convertido la casa de oración en un mercado en el que casi todo el mundo buscaba su propio interés. Es significativo que en este mismo pasaje el Señor compara el templo con su propio cuerpo, porque realmente la humanidad de Cristo es el espacio en el que mora su divinidad. También el cuerpo del cristiano es templo de Dios, pues desde el día de nuestro bautismo el Señor decidió morar en nosotros, para ser nuestro compañero de camino en el viaje de la vida. Esta realidad se nos olvida con frecuencia y podemos caer en el mismo error que Jesús condenó: comerciar con nuestra dimensión corporal, faltando al respeto a nuestro propio cuerpo o al cuerpo de los demás. Son tiempos en el que el culto a la corporalidad se ha convertido para muchos en obsesión y negocio, de modo que muchas personas viven tan solo para cuidar su salud corporal mientras que otras muchas la destruyen con las drogas, el alcohol y otras adicciones. Frente a este mercado de la corporalidad es urgente recuperar la «teología del cuerpo» que tan bellamente explicó Juan Pablo II y en la que se nos invita a considerar la armonía original con la que Dios creó al ser humano, alma y cuerpo, a imagen de Dios. Es necesario vivir el equilibrio entre la dimensión corporal y la espiritual, sin exagerar una ni otra, pues Dios nos quiso así y no es bueno para el hombre descuidar o corromper su propia identidad, malogrando el plan que el Creador quiso para sus criaturas.