«¡Quiero morirme. Dejadme en paz!»
Los agentes de la Policía Nacional que salvaron la vida a la mujer, en la sede de la Jefatura Superior - VICTOR LERENA

«¡Quiero morirme. Dejadme en paz!»

Dos policías evitan que una mujer, que había ingerido pastillas y alcohol, se asestara una cuchillada en el corazón

M. J. ÁLVAREZ
MADRID Actualizado:

Con su actuación salvaron una vida. Evitaron que una mujer, que había ingerido pastillas y alcohol, se clavara un cuchillo en el corazón y acabara con su vida. No se sienten héroes: «Es nuestro trabajo. Nos gusta ayudar a la gente. No somos funcionarios con pistolas», explican, rotundos, estos dos agentes del Grupo de Atención al Ciudadano (GAC) del Cuerpo Nacional de Policía. Sin embargo, su rápida intervención, unida a sus dotes psicológicas y a su profesionalidad a la hora de actuar en situaciones tan extremas y difíciles como ésta, hicieron posible que María —nombre ficticio— se haya recuperado de sus lesiones en el hospital.

El día de autos, a las 13.40, entró una llamada a la sala del 091. Un hombre alertaba, nervioso, de que su ex mujer le había llamado por teléfono para avisarle: «Me voy a cortar las venas. He bebido y me he tomado un montón de pastillas». De inmediato, acudieron al domicilio, situado en la calle del Jazmín, en el distrito de Ciudad Lineal, dos agentes de la Policía Nacional: Óscar e Iván, ambos de 25 años, pertenecientes a la Brigada de Seguridad Ciudadana de la comisaría de San Blas. A pesar de su juventud, no era la primera vez que se enfrentaban a un intento de suicidio.

Todo ensangrentado

En la calle les esperaba el ex marido de María, de 51 años, presa de una gran preocupación. La pareja de agentes tocó el timbre. Nadie respondía. Insistieron, mientras se identificaban. «Ábrenos. Queremos ayudarte. Sabemos que tienes problemas y que se pueden resolver», repetían. Una voz desgarrada tronó, al fin: «¡Quiero morirme! ¡Dejadme en paz!». «Estamos aquí para ayudarte. No nos obligues a echar la puerta abajo», replicaban ellos. «¡No pienso abrir. Sólo quiero morir tranquila. Dejadme!», espetaba ella. El tira y afloja duró 25 minutos. Óscar e Iván escucharon un cerrojo seguido de pasos que se alejaban.

«Empujamos y vimos sangre por suelo, paredes y muebles. Ni rastro de ella». Las escandalosas manchas conducían a la cocina. Allí, con el brazo izquierdo apoyado en el fregadero y un cuchillo de cocina de 12 centímetros de hoja, estaba María, sangrando abundantemente por las heridas que ya se había hecho en el antebrazo, mientras seguía cortándose su maltrecha y castigada muñeca.

«¡Dejadme sola! ¡Lo único que quiero es morirme tranquila!», gritaba la alterada mujer. «Sólo nos separaba metro y medio. La situación no era fácil por su estado mental y porque tenía un arma en la mano y estaba en un espacio minúsculo. No sabíamos cómo podría reaccionar si nos acercábamos», relatan estos «ángeles de la guarda». «Todo tiene solución. Suelta el cuchillo. No hace falta llegar a estos extremos. Deja de agredirte», volvían ellos a la carga.

«Se puso de medio lado, movió el arma y pensamos que igual se giraba y nos atacaba, pero lo dirigió hacia su corazón y lo empuñó con intención de clavárselo». Fue como una señal, una reacción instintiva. Iván se abalanzó sobre María y la sujetó por los brazos, mientras Óscar la agarraba del cuello. «Forcejeamos. Ella seguía queriéndose hacer daño, y nosotros quitarle el puñal, hasta que lo conseguimos». Iván avisó a Emergencias. Llegó una UVI. El ex marido, que seguía los hechos desde el exterior, respiró aliviado. Había perdido mucha sangre y la herida más grave la tenía en la muñeca. Gracias a estos héroes, María salvó su vida.