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Cervantes

En la semana en que Cervantes suele ser el protagonista, dicen las crónicas que el fútbol ganó a la Noche de los Libros

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Poco más y al glorioso manco de Lepanto se le habría tenido que buscar en las librerías de lance de tan cargada venía su semana. Ya no era la lucha contra el turco sino el fratricida enfrentamiento entre dos escuadras lo que comenzó opacando su aniversario y su premio. Las nubes de tormenta que vaticinaban los colegas deportivos se rebolicaban en la meseta cargadas de amenazas. En la hectárea verde del centro de Madrid se dejaba crecer la hierba, quizás para escucharla mejor, y los parlamentos de los cabecillas contendientes querían ser dagas contra la moral del adversario. En la semana en que Cervantes suele ser el protagonista, dicen las crónicas que el fútbol ganó a la Noche de los Libros sobre la que se habían desparramado los escritores con los bolígrafos afilados y las dedicatorias en carne viva. Aseguran que el resultado del encuentro convirtió en páramo el Foro, tan bullanguero de por sí, y el alegato de un Mourinho desnortado cayó como agua helada sobre la afición. Menos mal que antes había hablado la Matute, como tan reiteradamente la mentó la ministra Sinde, con un hermoso discurso de veinte minutos —el tiempo que se le debería dedicar a los discursos— reivindicando el poder de la invención. Ana María Matute, tan cerúlea y algodonosa, tan frágil, parecía un hada de cuento que estuviera desentrañando su magia para elevarse sobre las escuadras del balompié, sobre las explicaciones como espadas, sobre las obscenas cifras del desempleo o sobre las deliberaciones en las Salesas. Tantos momentos históricos a punto estuvieron de arrumbar a Miguel de Cervantes de Alcalá a los más sórdidos galpones de viejo y a su Quijote a la lista de las novelas policíacas, como debió de entender una viajera del Metro que confesaba a su amiga su negativa a leer el Quijote «porque se lo había destripado la ganadora de este año». Ana María Matute, en efecto, había admitido que lloró con la muerte del hidalgo caballero. O sea, que desveló el final. Imperdonable.