Una gitana intenta vender romero a dos turistas en la calle de Preciados
Una gitana intenta vender romero a dos turistas en la calle de Preciados - Guillermo Navarro

Las víctimas de los carteristas: «Me rajaron el bolso en el vagón para robarme»

Los afectados de estos rateros relatan a ABC cómo, sin darse cuenta, les han desvalijado, pese a la gran vigilancia de los agentes y las miles de cámaras

MADRIDActualizado:

Tras el trabajo, Carmen coge todas las tardes el Cercanías en la estación de Nuevos Ministerios. «Vuelvo muy cansada, así que aprovecho el trayecto para echar una cabezada», cuenta la mujer frente a la estación de Gran Vía. Hace tres semanas, recuerda, se subió al vagón sobre las 20.00 horas. «Una mujer estaba intentando rajarme uno de los laterales del bolso con un cúter para robarme. La señora que tenía sentada delante se dio cuenta y la espantó», relata. Aunque la ratera no consiguió hacerse con ninguna de sus pertenencias, a Carmen se le metió el miedo en el cuerpo: «Desde ese día estoy alerta. Nunca me duermo».

En la línea 1 del suburbano, llegando a la estación de Atocha, Pilar levantó su brazo izquierzo para estirarse. «Cuando quise mirar la hora en el reloj, no lo tenía», cuenta, aún extrañada sobre cómo se produjo el suceso.

Inmersos en los móviles, la rutina y las prisas, muchos usuarios de Metro descuidan sus bolsos. Con las distracciones, los carteristas consiguen sus preciados botines. «¡Quiere robar las mochilas!», escuchó Isabel, vigilante de seguridad del suburbano, el pasado sábado en Chueca. «Era un hombre calvo que vestía camiseta azul clara y pantalones vaqueros», explica la vigilante. Alertado por los gritos de los viajeros, el hombre huyó despavorido. «Cuando salí para retenerle ya no estaba», asegura la trabajadora.

El Metro, a pesar de las miles de cámaras de seguridad y los policías infiltrados, es uno de sus lugares preferidos. «Siempre ha sido así, pero más estos días por el turismo», dice Julián, taquillero de la estación de Sol desde hace 12 años. «Se aprovechan de que la gente abre sus bolsos y carteras cuando compra los billetes», explica. Por este motivo las máquinas de venta son uno de los lugares más controlados. Acerca de los ladrones, dice que suelen ser « tres mujeres rumanas que actúan en grupo: dos jóvenes que se dedican a robar y una tercera, en la retaguardia, que las avisa de cualquier incidente».

El miércoles pasado a Arnaldo le robaron en el suburbano. «No me di cuenta», exclama: «Eché en falta la cartera cuando fui a guardar el abono. Tuvo que ser en la aglomeración que se forma al pasar los tornos».

Mafias infantiles

Este no es el único sitio donde se producen los hurtos. En la calle y los comercios también se sufren. En el periodo estival, los carteristas hacen su agosto y se aprovechan de los descuidos de los transeúntes, en su mayoría turistas que recorren las calles de Centro cargados con maletas y planos de la ciudad. «Dos mujeres, supongo que árabes por la vestimenta, intentaron abrirme el bolso al salir de Primark. Fue mi marido quien las vio», detalla Paloma que, desde ese momento, siempre lleva el bolso colocado hacia delante: «Mejor prevenir».

No solo mayores de edad realizan los hurtos. Las mafias rumanas se aprovechan de que los niños no pueden ser imputados para obligarles a delinquir. Los menores ejercen su «trabajo» al inicio de la calle de la Montera, según el relato de Jorge, trabajador de una ONG, y, con una destreza pasmosa, consiguen móviles y carteras. Precisamente, un teléfono fue el objeto que Juan Carlos vio cómo un joven robaba en Sol, al lado de la Mallorquina. «Se lo arrebató sin que el dueño pudiese hacer nada. Por suerte, un policía estaba al lado y lo detuvo».