Los tres alcaldes de Madrid soplan las velas de la Gran Vía

SARA MEDIALDEA | MADRID
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La Gran Vía es un río inagotable de personas y de coches, una marea continua entre la que ABC ha puesto a pasear a los tres alcaldes madrileños vivos de la etapa democrática: Juan Barranco, José María Álvarez del Manzano y Alberto Ruiz-Gallardón. Desde distintas posiciones ideológicas y personales, su mirada sobre la calle centenaria aporta matices muy distintos, pero con una base común: la Gran Vía transformó la ciudad.

«La plaza de España era el sitio típico de encuentro con mis amigos», evoca Álvarez del Manzano (Sevilla, 1937), vecino entonces de la calle Ferraz. «Mi padre era abogado del Estado, y con mi madre y mis hermanos le íbamos a buscar al trabajo: bajábamos paseando por la Gran Vía y yo me quedaba pegado a los escaparates de la pastelería Alcoceba».

Para Juan Barranco (Santiago de Calatrava, Jaén, 1947) su recuerdo está en la planta baja del edificio de la Unión y el Fénix, donde «cuando yo tenía 14 años, había una cafetería, El Dólar, una de las más elegantes de Madrid».

Recuerdos de infancia y cine

«Arriba, en el edificio Metrópolis, antes había un ave fénix», explica Alberto Ruiz-Gallardón (Madrid, 1958). El actual alcalde es «de los pocos madrileños que vive aún en la casa donde nació», muy cerca de esta calle. «Y entre mis primeros recuerdos de la Gran Vía están los cines: cuando éramos niños, equivalía a asomarse a ese mundo fantástico que solamente conocíamos a través de ellos».

Los cines han sido, durante muchos años, seña de identidad de la Gran Vía. Llegó a haber 13 abiertos; ahora sólo quedan tres. «Hacía tiempo que no pasaba por aquí —relata Álvarez del Manzano—, y cuando he visto que el Avenida ahora es un gran almacén... Era un cine fantástico. Y también da mucha pena ver tapiado el Palacio de la Música». Se congratula de que, en este último caso, exista un proyecto para rehabilitarlo.

El mismo lamento de Juan Barranco, «vecino, cuando niño, de la calle Villa, cerca de Capitanía general. El Palacio de la Música fue el primer cine al que fui. Y ahora casi todos los han cerrado. Allí, donde ahora hay un DIA, estaba antes el Infantas».

Y aunque muchos simplemente han sido sustituidos por tiendas de ropa o comida rápida, algunos han cambiado su uso, convirtiéndose en teatros. «Eso no me da ninguna pena —indica Ruiz-Gallardón—: creo que es muy bueno que se mantenga esa actividad artística. Durante la España de la posguerra y muchas décadas después estuvo vinculada al mundo del cine. Hoy, afortunadamente, da un salto y en lugar de productos enlatados, hay una creación viva, los musicales».

«Las ciudades no pueden ser parques temáticos»

Insiste en la idea: las calles «no pueden quedar como parques temáticos o museos, tienen que ir acordes con la realidad». Hoy en día, la Gran Vía «forma parte del paisaje de tal forma —afirma Ruiz-Gallardón— que sería absolutamente inconcebible para nosotros imaginarnos Madrid sin ella». Es un símbolo y un escaparate: «Si dices que has estado en la Quinta Avenida, todo el mundo sabe que has estado en Nueva York, y si dices que has estado en la Gran Vía, todo el mundo sabe que has estado en Madrid», en palabras de Álvarez del Manzano.

Una calle «mezcla de lo mejor y lo peor de la ciudad: lo más florido de la intelectualidad, pero también lo más canalla», advierte Barranco. Y es algo que se puede constatar con sólo callejear por sus traseras, jardines de flores a medio vender. «Una de las cosas que se me quedaron por hacer cuando era alcalde fue una gran operación con todas esas calles, Desengaño, Barco, etcétera, el esponjamiento de la ciudad». Su idea era ambiciosa: «Con intervención pública y privada, queríamos derribar manzanas enteras y crear espacios públicos».

El nacimiento de esta nueva calle marcó un antes y un después para la ciudad: en eso coinciden los tres alcaldes: «La decisión de romper una estructura de la ciudad fue fantástica», a juicio de Álvarez del Manzano, que recuerda a otro urbanista incomprendido: José I, el rey invasor: «Con el denostado “Pepe Botella”, a Madrid le nacieron plazas como las de la Paja o la de Santiago, que esponjaron la ciudad. Pero claro, necesitábamos algo más, y eso fue la Gran Vía». A partir de ella, «Madrid empieza a ser una gran ciudad».

De hecho, recuerda Barranco que durante «muchísimas décadas, esta calle ha sido el eje fundamental de la capital». Fue un cambio físico, sí, pero «también fue mucho más», apunta Alberto Ruiz-Gallardón: «No se trataba sólo de unir Argüelles con el barrio de Salamanca, sino de hacer una apuesta por la modernidad, no quedarse encerrado en sí mismo».

Cien años después de ponerla en marcha, la Gran Vía «no ha cambiado mucho físicamente, pero sí en sus contenidos: donde había cafeterías, ahora hay bancos», dice Barranco. Volviendo al presente, Alberto Ruiz-Gallardón saca pecho ante las peatonalizaciones de la plaza de Callao, Fuencarral o la Red de San Luis: «La respuesta ha sido tan absolutamente fabulosa que creo que nos tiene que marcar muy clara la pauta a seguir».

Pero además, abrir paso al peatón puede tener una segunda función: «Una operación urbanística como prolongar la vía peatonal de Fuencarral por la calle Montera ha conseguido mucho más que la presencia policial, las cámaras de videovigilancia o cualquier otro método disuasorio». Hablamos de prostitución, algo que —reconoce Barranco— «todos los alcaldes hemos intentado erradicar, y no hay manera». Ruiz-Gallardón pretende conseguirlo con el continuo paso de transeúntes. Aunque confiesa que «no es fácil; en Montera hay una inversión inmobiliaria muy importante por parte de los proxenetas, son dueños de pisos allí que valen muchos millones de euros, y es donde explotan a las chicas».

Cuesta imaginar el futuro de la Gran Vía, aunque algunos proyectos arquitectónicos, como el de Miguel de Oriol, apunten a túneles para los vehículos y jardines en superficie. «Yo no puedo hablar contra los túneles —confiesa Álvarez del Manzano—, porque he hecho muchos como alcalde». El de Oriol, lo ve «como un proyecto de futuro. Es complicado, aunque una idea muy bonita; algo así hicimos en la plaza de Oriente, también con Oriol». La Gran Vía «es muy necesaria para el tráfico de Madrid; si no se hace bien, se podría producir un colapso en la ciudad».

El sueño de una Gran Vía peatonal

Juan Barranco también ha visto con interés el proyecto imaginado por Oriol: «Me llamó la atención, me pareció muy rompedor. Este tipo de cosas, que a la gente en principio le puede parecer una locura, creo que como mínimo hay que estudiarlas». Además, «abren debates sobre la ciudad, que es una de las carencias que se tienen ahora. Sólo hay que ver lo que se ha hecho en la Puerta del Sol, con esos quioscos horrorosos. Cuando yo puse farolas modernas allí, ¡la que se organizó!».

Ruiz-Gallardón no ve en esa dirección el futuro de la Gran Vía: «Creo que va a mantener esa condición de eje este-oeste de la ciudad. Lo que sí es cierto es que cada vez en el centro se verán menos coches particulares, y casi exclusivamente transporte público». Volverán los vecinos a Gran Vía?

¿Sería posible hoy una operación así, abrir otra Gran Vía? «Habría que tener —dice, pragmático, Álvarez del Manzano— la decisión política y el dinero. Pero hacer sobre lo que ya está hecho, es complicado». Más dudas se le plantean a Juan Barranco, porque «la historia, el caché que tiene... no se coge un plano y se hace». Ruiz-Gallardón lo ve «completamente imposible. Entre otras cosas, porque hoy tenemos un criterio de conservación del patrimonio histórico que nos haría vetar cualquier posibilidad de destruir calles, casas, iglesias, plazas...aquellos que tuvieron el valor y la valentía de enfrentarse a la opinión pública y a la opinión publicada para hacer esta fabulosa arteria de Madrid creo que merecen nuestro homenaje».