El suboficial

Suboficial y poco caballero, porque, de entrada, tutea. Tutea no con el tuteo falangista del igualitarismo, sino con el tuteo zarzuelero propio de quienes dialogan en chulo y salen a los escenarios de

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Suboficial y poco caballero, porque, de entrada, tutea. Tutea no con el tuteo falangista del igualitarismo, sino con el tuteo zarzuelero propio de quienes dialogan en chulo y salen a los escenarios de las revistas por horas. Cazadora marrón, pantalón de pinza, una carpeta en una mano, y en la otra, un «walki». En la mañana del miércoles merodeaba por las afueras del hotel Intercontinental, donde se encontraban estacionados los vehículos oficiales de los asistentes al desayuno de Chaves, el caudillo andaluz con cara de escudo del Barça. «¿Quién es ese tipo?», preguntaban desde un coche. «¡Es un suboficial!», respondían desde otro coche. ¡Dios, un suboficial en España! Suboficial ¿de qué? ¿De la Guardia Civil? No, porque la Guardia Civil conserva el respeto del «usteo». ¿Del Centro de Inteligencia? No, porque en el desayuno no estaba Pizarro, el empresario. El domingo, en la plaza de Aranda de Duero, los mulilleros acompañaban el arrastre de los toros con una ruidajera tremenda a base de hacer restallar las trallas en el albero. «¿Por qué tienen que hacer eso?», preguntó, anonadada, una señora de Comillas. «Porque son españoles con gorra y llevan tralla, señora», la tranquilicé. El suboficial madrileño no tenía gorra, pero llevaba en la mano la tralla de las denuncias que te comen los euros de la cuenta y los puntos del carné. Con su lista de matrículas anotadas en la mano, el suboficial se dirigió a un conductor mirando por encima del vehículo: «¡Largo de aquí o te denuncio!», le dijo. «¿Podría mirarme a los ojos cuando me habla?», replicó el conductor. «¡A los ojos... y a las orejas, si quieres, pero largo de aquí!» ¿De qué academia o de qué educación para la ciudadanía salen estos tipos acostumbrados a mirar al prójimo como si el prójimo estuviera cometiendo el delito de existir? En Francia, Sarkozy propone una «revolución cultural» para cambiar la Administración pública. En Madrid, Gallardón todavía no ha propuesto nada para cambiar un modelo policial concebido para recaudar -débil con los fuertes y fuerte con los débiles- y que haría babear de gula a Wiggum, el hombre duro de los Simpson.