PROTOCOLO CONTRA LA CONTAMINACIÓN

«Silencio, emergencia»: Botella juzga la actuación de Carmena con la alerta por contaminación

La exalcaldesa de Madrid es la responsable del protocolo contra la polución puesto en marcha los últimos días en la capital

POR ANA BOTELLA
MadridActualizado:

En los últimos días, y debido sobre todo a la situación atmosférica, Madrid ha alcanzado los mayores niveles de concentración de dióxido de nitrógeno registrados desde hace muchos meses. Un rango de temperaturas extremo y una falta prolongada de ventilación natural han hecho que el flujo habitual de tráfico hacia nuestra ciudad y dentro de ella haya generado estos niveles, que podrían llegar a constituir un riesgo para la salud de no adoptarse medidas para evitar que sigan aumentando. Precisamente previendo una situación similar, a principios de este año aprobamos el Protocolo de Actuación ante episodios de alta contaminación por NO2. Un procedimiento de emergencia diseñado para situaciones de emergencia, con un objetivo claro: procurar, por todos los medios, no alcanzar los niveles de alerta sanitaria que marca la legislación europea.

Partíamos de la experiencia de una actuación continuada por la calidad del aire que ha hecho que Madrid tenga, en su media anual, la menor contaminación que se conoce desde que ésta empezó a medirse. De la convicción de que el medio ambiente, la planificación de la movilidad, la gestión del tráfico y la política de transporte público deben ir de la mano para conseguir verdaderos avances en la lucha contra las emisiones contaminantes. Del valiosísimo bagaje de decenas de técnicos municipales con larga trayectoria en esas materias, asistidos por la colaboración experta de científicos de dentro y fuera de nuestra ciudad. Y, por supuesto, de la seguridad en que no hay mejor política que la de la prevención y –en este caso- la disuasión del uso del coche en un contexto atmosférico adverso que es razonablemente previsible.

Ahora; un protocolo, por elaborado que sea, es eminentemente práctico. Y en este caso, cuando por un bien mayor (la protección de la salud) se interfiere en el modo en que los ciudadanos se mueven de manera cotidiana, conviene que el primer paso sea informarles. Decirles lo que ocurre. Pedirles su colaboración. Explicarles que lo que pretenden estas medidas excepcionales es que se use menos el coche (y no multarles ni hacerles circular sin sentido en busca de aparcamientos privados). Ofrecerles alternativas de transporte sostenible. Y cuanto antes, mejor. Porque de nada sirve el mejor protocolo posible si cuando después de una semana sin cambios en el anticiclón que se sabe que puede provocar el pico de contaminación no existe una sola palabra de aviso por parte de la autoridad municipal. Y menos aún valen las medidas que se deben adoptar, diseñadas como un procedimiento gradual y progresivo, si la primera de ellas –la limitación de velocidad en M-30 y accesos- se traslada con nocturnidad y la segunda –la restricción del aparcamiento en superficie para no residentes- llega incluso a negarse públicamente por quien tiene la máxima responsabilidad de tomarla… sólo unas horas antes de hacerlo.

La clave de una actuación responsable que apela a la mayor colaboración cívica es que el ciudadano conozca la realidad y pueda colaborar plenamente para evitar males mayores. Pero cuando de entrada se cercena la actuación integrada de movilidad sostenible, separando de facto las competencias de movilidad y medio ambiente –pregunten quién dirige qué a día de hoy-, a continuación se sustituye a capricho a los funcionarios encargados de gestionarla en sus diferentes dimensiones y finalmente se opta por grandes anuncios de futuros protocolos pero se hace el silencio cuando toca actuar aquí y ahora, el resultado acaba siendo contraproducente.

Madrid, por mucho que ahora haya quien insista en lo contrario, no ha nacido ayer. La nuestra es una ciudad que ha sabido funcionar incluso en las peores circunstancias. Que ha resistido inclemencias meteorológicas, manifestaciones multitudinarias, graves accidentes y hasta el embate del terrorismo. Que bajo ninguna de esas situaciones de excepción se ha visto sumida en el caos ni ha hecho sentir a sus vecinos que estaban presos de la falta de alternativas para desplazarse. Una ciudad en la que, en definitiva, salir de casa cada día no estaba condicionado por el factor sorpresa incorporado como novedad a las decisiones de la autoridad municipal. Lamentablemente, algo ha cambiado. Y es una paradoja gris –gris y oscura- que haya sido precisamente cuando los nuevos apóstoles de la transparencia y la participación tenían en su mano el reto de apelar a una gran participación a través de la transparencia informativa. Los madrileños sólo se han sentido parte afectada de una situación en la que se trataba de hacerles cooperar para proteger su salud. Algo tan grave que debe llevar a la reflexión que tan en boga está hoy en los pasillos del Palacio de Cibeles. Acaso podrían comenzar reflexionando, después de esta experiencia, con una sencilla idea: Emergencia no debería ser sinónimo de improvisación. Y menos aún, de silencio.